Lunes 08.03.2010
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Cada vez somos más urbanitas y, aunque vivir en el campo ya no es lo que era, pues cada vez hay más servicios y comodidades y los pueblos están más cerca entre sí, lo cierto es que la urbe tira.
Pero las ciudades (y las villas) dan de sí lo que dan. Y los planes urbanísticos se diseñan ya con expansiones calculadas al milímetro. Los núcleos urbanos abultan cada vez más en los mapas y los concellos intentan abrir paso como pueden a sus planes de humanización (léase peatonalización y poco más) para los que lo suelen tener complicado.
En general, las variantes son una buena (a veces la única) alternativa para descongestionar localidades ahogadas por la presión industrial, turística y urbanística. Es preciso apostar por articular conexiones interurbanas que reducen distancias y tiempos; que contribuyen a una mayor calidad de vida para los vecinos y a una mayor competitividad de las empresas.
El problema es que, para la planificación de este tipo de infraestructuras, las administraciones suelen actuar lentas... y con rodeos.
Incluso la desaparecida vía rápida del Barbanza o lo que empieza a ser ya la autovía son un buen ejemplo de la importancia de las variantes. Dicha autovía no es sino la gran variante del Barbanza, al conectar, sin atravesar, seis densos municipios. Basta con escucharnos a nosotros mismos cuando la cortan y volvemos al siglo pasado.
