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Ex jugador de baloncesto y comentarista de televisión

Fernando Romay: “Estaba hasta las narices de escuchar que los altos somos más sosos”

13.12.2008 “En el Real Madrid me pusieron a entrenar con chavales de mi edad. Así se dieron cuenta de que yo era un zote”

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POR ENRIQUE BEOTAS

Fernando Romay, el que fuera pívot del Real Madrid hoy metido a comentarista deportivo
Fernando Romay, el que fuera pívot del Real Madrid hoy metido a comentarista deportivo

Fue tras un Real Madrid-Estudiantes jugado en la antigua cancha de la Ciudad Deportiva del club merengue, cuando todavía los directivos andaban en las lídes deportivas, lejos, muy lejos de la voracidad especulativa. Me estrenaba como aficionado a ese deporte de altura. De regreso a casa, no perdí un segundo para poner el televisor. No quería perderme la emoción de escuchar las declaraciones de mis héroes, esos a los que había seguido desde las gradas sin oportunidad de escuchar sus sagaces comentarios. Confieso que, desde ese día, mantengo sin despejar la duda de si los deportistas se obnubilan ante el micrófono, o es que sólo saben decir: "sí…", "no…" "tal vez…", "es posible" y "efectivamente…"

La incógnita viene persiguiéndome desde los dieciséis años… y miren que ha llovido desde entonces. Fueron épocas míticas en el baloncesto, épicas para el Real Madrid, inolvidables para los hinchas. Pero tras la euforia de cada uno de los partidos, venían las inevitables declaraciones de los jugadores… La decepción era monumental. ¿Cómo personajes del talento de Brabender, Luyk, Corbalán o Romay sólo sabían decir: "sí…" "no…" "tal vez…"? No quiero morir con esa duda atada a mi lápida. He decidido preguntárselo a ese pedazo de ser humano de la Sexta Provincia, un gallego de altura en cualquiera de las mediciones: Fernando Romay:

"Beotas, es muy fácil… Acabas de jugar el partido y llega uno de esos colegas tuyos, micrófono en ristre. Te aborda cuando todavía estas jadeante y con necesidad de llegar al vestuario… Entonces te pregunta: "Bueno, Romay, el partido ha sido vibrante, habéis derrochado coraje, estrategia y técnica pero… esa tercera personal que te señalaron a dos minutos del final dio al traste con tu continuidad en el partido… ¿apenado por ello…?" ¡Claro! Es que preguntáis de una manera que sólo puedes decir "sí" o "no", porque vosotros preguntáis y respondéis al mismo tiempo… sólo nos dejáis el papel de imbéciles…" .

La verdad es que hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que medir más de uno noventa significaba tener de apodo su apellido. De hecho, su popularidad tenía más que ver con su estatura (dos metros y trece centímetros) que con su juego eficaz. Este coruñés, asequible y bondadoso, cosecha del 59, acabó ganándonos a todos los aficionados.

"La naturaleza es muy sabia y te dota de la inconsciencia de la juventud, que hace que no te des cuenta de los problemas que te supone la propia juventud. A mí me pasaba con la altura"

– Pero a ella le debes ser quien eres.

– Es una de las cosas buenas que tiene el deporte para todos los que podríamos denominarnos como gente "exótica", es decir, los que nos salimos un poco de madre en alguna de las facetas. Siempre hay un deporte para cada individuo. Lo importante es saber escogerlo.

Aprendimos a valorar y a idolatrar a este pívot, aparentemente torpón pero robusto, rápido, limpio, inasequible, seguro y correoso. Un jugador que, gracias a la mejor arma de todas, su inteligencia, posee un palmarés que es envidia de toda Europa. Su esfuerzo y tesón hicieron el resto. Sólo hay que contemplarlo en aquella final de los Juegos Olímpicos del 84, tratando de conquistar la zona al estadounidense Pat Ewing, por entonces el mejor pívot del mundo y, tal vez, uno de los mejores de la historia. Mientras que Ewing, también llamado la Araña, era el poder de un físico intimidante, con un corte de pelo que amedrentaba a los rivales; este gallego, socarrón y simpático, usaba su cerebro sin darle importancia a su corte de niño estudioso. En aquella final, acabó imponiéndose en el marcador el modelo de Ewing, pero en nuestra memoria quedó él, esa sencilla y robusta tercera torre de Hércules a la que conocemos como Fernando Romay…

"La cuestión está en que, con esta cara y este cuerpo, solamente puedes hacer dos cosas: o te tomas la vida con buen humor o te pegas un tiro..."

Con el Real Madrid, su equipo de siempre, ganó siete Ligas, cinco Copas del Rey, dos Copas de Europa, tres Recopas, una Copa Korac, dos Intercontinentales y un Campeonato Mundial de Clubes. Con la selección española participó en los Juegos Olímpicos del 80, ganó la medalla de Plata en los del 84, jugó tres Mundobasket y cuatro Eurobasket y, todo ello, a pesar de habérselas tenido que ver con pívots como el por entonces jovencísimo Sabonis, el gigantesco Tkachenko, el casi perfecto Alexander Belostenny o el colosal Dino Meneghin. Romay ha probado el fútbol americano como tackle de los Panteras de Madrid, con quienes logró su primer título en este deporte. También ha hecho televisión, donde se ha posicionado como rostro y voz imprescindibles, incluso para aquellos que nunca lo vieron jugar.

"Comencé en esto del baloncesto cuando estaba estudiando en el colegio del Ángel, frente a la plaza de Lugo, en A Coruña. Un chaval que ya jugaba me dijo que fuera con él a probar..."

– ¿Cómo te convenció?

– Me dijo: "Tío: tú eres alto. ¿Por qué no vienes a jugar a baloncesto?". Entonces pensé que podía estar bien y me puse a entrenar con El Bosco de A Coruña. Me fue gustando cada vez más aunque, he de confesarlo, tuve algún que otro escarceo con el mundo del
atletismo.

– Vaya, todo un atleta...

– Los que entrenaban en el lanzamiento de disco dijeron: "Con esa envergadura tienes que lanzar el disco donde te dé la gana… Ven con nosotros". Pero al final, el baloncesto pudo conmigo.

– Y pegaste el salto al Real Madrid...

– Sin haberme afianzado como jugador de baloncesto en A Coruña, empezaron a llegar cantos de sirena de fuera. Una de esas llamadas fue la del Madrid. Vine hasta la capital y finalmente me cogieron. Todavía hoy sigo sin saber por qué…

– ¿Siempre vas de humilde por la vida?

– Así te forja el mundo. Ten en cuenta que, cuando llegué a Madrid, me pusieron a entrenar con el resto de chavales de mi edad… Ahí se dieron cuenta de que yo era un zote.

– ¿Un zote?

– Sí, un pelao, vamos, que dentro del abecedario del baloncesto todavía estaba en la a minúscula.

– ¿Me permites mejor lo de perseverante?

– Pues se acepta, porque todo fueron dificultades a superar.

– ¿Tu método?

– Paciencia, disciplina e ingenio. Me hicieron una prueba y vieron que no tenía ninguna anomalía para competir en baloncesto. A partir de ahí estuve unos cuantos meses sin poder entrenar por culpa de mi pie.
– ¿Algún defecto?

– Pues sí… Uno muy grande, tan grande como que no había zapatillas de mi número en el mercado.

– ¿Te las hicieron a medida?

– Me dejaban unas zapatillas de Walter Szczerbiak que, por entonces, era quien más pie calzaba. Le habían cortado la puntera…

Entre sus otras facetas, la solidaridad y la generosidad. Ha colaborado con diversas ONG dedicadas a la rehabilitación de drogodependientes. Se trata de un tipo fenomenal, que encara cualquier problema, se llame Sabonis o Proyecto Hombre. Confiesa que todo lo hace con la misma ilusión de un chaval.

"Bueno, en ese sentido hago lo que puedo. Intento hacerlo con cariño, sin esperar nada a cambio. No sé hasta qué punto eso le puede valer a la gente.

– Seguro que más que no hacer nada.

– Verás, una de las cosas que más me ha enternecido fue una vez que estábamos en playa América cenando con la gente de Proyecto Hombre tras una charla que les había dado. Una pareja al lado de mí me dijo: "Quiero que sepas que tu experiencia nos ha valido de mucho". Cuando te sientes útil… algo por dentro te dice: "Joder, qué bien"

– ¿Te curraste la vida como el baloncesto?

– Mi vida ha sido a base de trabajar, de intentar entrenar más… Es la manera de recordar la importancia de la humildad.

– ¿Y tu humanidad?

– Si algo puedo agradecerle a la vida es la cantidad de buenas gentes y de experiencias gratificantes que me ha tocado vivir. Aprendí de cada una de las cosas que he hecho.

– ¿Dónde forjaste tus valores?

– En mis padres. Ellos me trasmitieron la humildad, el espíritu de superación y el sacrificio. Fueron ejemplo con su palabra y con su forma de actuar. Tanto mi padre como mi madre trabajaron en el muro de A Coruña. A veces es muy duro lo que hay que hacer para vivir…

– ¿Tu arma contra el infortunio?

– Ser vitalista, paladear cada momento de la vida, sacar todos los sabores posibles a esto que nos toca pasar, tanto los dulces como los agrios. Todo te enseña.

– ¿Qué intentas trasmitir a tus hijos?

– La capacidad de esfuerzo, de superación, que sepan que no te viene nada dado. Lo que para nosotros fue utópico, a ellos les viene casi regalado. Tienen que saber que también les tocará esforzarse para podérselo dar a los demás.
– ¿Venciste la timidez...?

– Que conste que siempre he contado chistes…

– ¿Y con las chicas…?

– No les decía nada, ni entonces ni ahora. Una cosa es la timidez de puertas para fuera y otra cosa de puertas para adentro.

– A veces uno se lleva sorpresas.

– Hay mucha gente que puede parecer tímida, distante, incluso antipática… Luego, excavas un poco, y te percatas de que es un tipo apasionante… Bueno, conste que no es mi caso, ¡ojo...!

– Anda ya, Romay.

– Que no, Beotas... Lo que pasa es que tienes que evolucionar en esta vida. A mí me tocó desarrollar el desparpajo. Estaba hasta las narices de escuchar que los altos somos más sosos.

– ¿Y no es verdad…?

– Los altos tenemos una gracia y un tronío de la leche. Somos capaces hasta de bailar...

– ¿Tu lema vital?

– Siempre me he dicho: quédate con lo claro y no fastidies, que hay muy poca luz en lo oscuro y no se ve nada. La vida ofrece cantidad de cosas buenas.

– ¿Gigante y optimista?

– ¿Cómo no serlo? Tengo una familia maravillosa, unos hijos adorables, amigos que me enloquecen, gente a mi alrededor que me ofrece cosas estupendas, una entrevista contigo… No puedo pedir nada más.

– No andas mal de ironía…

– Con ironía se quita la maldad de cualquier comentario. Es lo que los gallegos llamamos la retranca. Nos sirve para decirnos cosas a la cara, pero con ironía, lo que da un sentimiento de buen rollo tremendo.

– Aplicaste el arma infalible…

– Ahora eres tú quien me descoloca…

– … ir a modiño.

– En esta vida es mucho más importante convencer que vencer. Puedes vencer arrollando, pero convencer sólo a modiño.

– ¿Y si además haces sonreír?

– Eso ya es la leche…

– ¿Lo que no toleras en la vida?

– La falta de educación. Querer destacar sobre los demás sólo por destacar… Ese típico bocazas que entra en un sitio lleno de gente y tiene que hacer la broma en voz alta para que le miren…

– ¿Por qué lloras?

– Por gratitud y también ante la injusticia.

– ¿Tu mejor momento deportivo?

– Cuando llegamos a Madrid con la medalla de Plata olímpica. Ese día mi hijo cumplía cuatro meses. Había nacido durante el preolímpico, mientras estábamos concentrados. Le pude colgar la medalla y decirle: "Valió la pena chaval... A veces el esfuerzo y el sacrificio fuera de la familia tiene sus compensaciones"

– ¿Y como comentarista?

– La otra medalla de plata, también con mi hijo, en Pekín, veinticuatro años después. Esa vez fue Marc Gasol quien le colgó a mi chico la medalla. La nuestra fue una Plata meritoria, pero la de esta selección ha sido una medalla de oro blanco. Hicieron una verdadera gesta.

– Inevitable preguntarte por Díaz Miguel…

– Antonio fue mi entrenador, mi amigo del alma. Tuvo dos hijas pequeñas que van aprendiendo a valorar lo grande que fue su padre en el baloncesto.

– ¿Aprendiendo a valorar…?

– El año pasado, en Mallorca, fuimos con los jugadores de la selección a una discoteca. Rudy Fernández coló a unas forofas. Una de ellas era la hija de Díaz Miguel...

– ¿Y qué pasó?

– Pues que Rudy dijo a sus compañeros: "Esta es la hija de Antonio Díaz Miguel". No lo dudaron: la sentaron con ellos y estuvieron homenajeándola. La niña, llorando, me decía: "Por primera vez empiezo a darme cuenta de lo que era mi padre en este mundo"

– De bien nacidos…

– Sólo jugadores de una categoría moral como estos son capaces de hacerlo. Detrás de cada uno de ellos hay una bellísima persona.

– ¿Te salieron los hijos deportistas?

– Me salieron deportivos, que es mucho mejor. Alguno incluso del Dépor…

– ¿Del Dépor siempre y por siempre…?

– Eso ni se pregunta.

– ¿Tu mito deportivo?

– Soy poco mitómano, pero de mi época: Clifford Luyk. Es un fuera de serie en todos los terrenos. Él me ayudó a forjarme.

– Aquel Real Madrid fue muy grande...

– Estar en ese equipo me marcó. Tenía grandísimos jugadores que se empleaban a fondo siempre. Grandísimas personas que me enseñaron a mantenerme en mi sitio y a formarme como persona. Fue un regalo de la vida.

– ¿Prefieres al deportista peleón o al técnico?

– Las dos cosas van unidas. No hay deportista sin ambos valores. Lo que ocurre es que están también esos que se han hecho a sí mismos, como Gervasio Deffer, un gimnasta con dos medallas de oro y una de plata. Cuando hablas con él, es el tío más humilde del mundo, un trabajador nato. Este tipo de deportistas merece mi mayor reconocimiento.

– ¿El valor más importante?

– La amistad, ser amigo de los amigos.

– ¿Generoso, honesto o esforzado?

– Viajero. Hay que viajar para conocer el mundo. Cuando conoces de verdad el mundo no hay otro camino que la generosidad, la honestidad y el esfuerzo. Estamos más conectados que nunca y más solos que nunca, quizá porque nos preocupamos mucho de ver y poco de conocer.

– ¿Tal vez inquieto?

– Pero inquieto inteligente…

– ¿Me lo explicas?

– Cuando iba con mis compañeros y llegábamos al aeropuerto de turno, todos compraban la prensa: Interviú, Playboy… revistas de baloncesto... Yo me compraba ¡Hola! o Semana, y me llamaban hortera. Pero es que en esta vida tienes que saber leer lo más sesudo y sacar lecciones de lo más banal. Ahí radica la inquietud inteligente.

– Redondeemos tu descripción: ¡gallego!

– A mí nadie me quita ser gallego, pese a que haya perdido el acento. Sigo llevando a Galicia muy dentro. Lo que ocurre es que hay que exportar Galicia, en vez de cerrarla. Me encantaría también que se viese el mundo celta que hay dentro de España y hacerlo llegar a todo el mundo. Por la timidez histórica que padecemos estamos dejando que España sea muy árabe y poco celta. Y eso no puede ser, leche.

Dicen que la bondad es propia de gente inteligente, pese a que la época, manchada por el cinismo, pretenda demostrar que ser bondadoso no es un buen negocio. Dicen que el inteligente es aquel que vive a gusto consigo mismo, sabiendo que, para alcanzar ese estado, necesita que aquellos que le rodean también lo estén. Mark Twain, que logró la felicidad ganándose la vida mientras contaba lo que había conocido, aseguró que la bondad es lo que el sordo escucha y el ciego mira.

Pues bien, Romay, ese gigante que un día se plantó en la zona del Real Madrid para ganar todos los títulos, es un ejemplo de que la bondad no sólo es posible, sino que nos hace ser mejores. De ahí que su humildad, unida al esfuerzo, haya hecho de él uno de esos tipos grandes que han pasado por el alero de la Sexta Provincia. La cuestión es, sencillamente,
de altura.

Muy personal

El libro.

‘La conjura de los necios’.

Tu música.

Los Secretos, Maná y la copla en general.

Un plato.

El caldo gallego que prepara mi madre…

Un paisaje.

Finisterre, la playa de Doniños y la sierra entre Jerez y Málaga.

Premio Príncipe de Asturias para un jugador.

Para Juan Antonio Corbalán: por saber estar, por saber hacer.

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