Viernes 25.05.2012
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En el año 1978 los redactores de EL CORREO GALLEGO trabajaban muy cerca de la rotativa. Era la época en la que el plomo prevalecía en los talleres ubicados en la que hoy es la sede central de un importante grupo periodístico. Pero aquel año no era uno cualquiera en el rotativo santiagués. El periódico cumplía sus primeros cien años de vida. Era una efemérides tan especial que merecía la pena pensar en un acto que hiciera honor a tal celebración.
Y la idea surgió. En un principio se pensó en organizar pruebas atléticas por categorías que tuviesen la salida y llegada en la Praza do Obradoiro, conocida por aquel entonces como plaza de España. Era lo que se venía haciendo. El atletismo se organizaba compitiendo según las edades establecidas federativamente y por sexos. Se pensó en hacer una competición como las de aquella época. Pero nació el pedestrismo.
Con el impulso del editor del rotativo compostelano, Feliciano Barrera, se decidió coger ese tren. Se pensó que lo que se imponía era realizar una única prueba en la que pudiesen intervenir al mismo tiempo jóvenes con los que ya no lo eran tanto y, además, personas de ambos sexos. Así nació en 1978 la carrera Pedestre de Santiago.
Era toda una novedad en Galicia. Y a su amparo fueron naciendo muchas más carreras de este tipo, pero la de Santiago marcó el paso. En su primera edición, que constituyó un rotundo éxito, se dieron cita 2.500 participantes. La idea original de Emilio Navaza había cuajado.
Aquel planteamiento de organizar una prueba dividida por categorías se transformó en una carrera única. La apuesta decidida de Feliciano Barrera por el deporte popular había tenido una gran repercusión que todavía ninguno de los organizadores se podían imaginar. Fue tal el éxito que se decidió dar continuidad a la idea.
Nadie podía pensar que aquella carrera se iba a seguir celebrando 31 años después. Lejos queda 1978, pero hay cosas que no sufren cambios. Ver como corren conjuntamente atletas curtidos con otros que no lo son, de diferentes edades, hombre y mujeres, veteranos y niños, despertó las ansias de los compostelanos por calzarse unas zapatillas y vestir de corto para practicar un deporte que no distingue entre condiciones sociales, sexos, ideologías ni poderes adquisitivos. Un deporte para todos, que asombró a los santiagueses.
