Martes 17.06.2008
Hemeroteca web
|
RSS
![]() |
| Un grupo de jóvenes atletas justo antes de comenzar la cuesta de Vite, por donde muchos dejaron de correr para caminar hacia Basquiños |
No sé si es que estoy enamorado de esta carrera, pero cada año (y cómo pasan de rápido) la veo más bonita. Su hermosura radica en su festividad. Por un día, las calles de la ciudad más bella son castigadas por las pisadas de miles de personas que pregonan a los cuatro vientos su amor por el atletismo popular.
Ya en la salida, miras hacia atrás, y sientes un nudo en el estómago. En la avenida Xoán XXIII no hay huecos. Se ven cabezas enganchadas a cuerpos. Suenan las palmas, cuando quedan cinco minutos. Los comentarios se suceden entre compañeros y amigos. ¿Cómo te has preparado? ¿En qué tiempo piensas que lo puedes hacer? ¿Cuál es la parte más dura?, preguntan los que no conocen la prueba y se estrenan en 2009.
La primera subida, la de Xoán XXIII, ya deja tocados a ciertos participantes. Luego se atraviesa Fontiñas, con buen tiempo. Tras varios días de lluvia, tuvo que llegar la Carreira Pedestre para que eclipsara a las nubes y diera la bienvenida al dios Sol. Por Concheiros sonaban los primeros aplausos, aunque los atletas iban concentrados en sus miradas. El resbaladizo suelo permitía pocas licencias a la falta de concentración. Los aficionados (una de las partes más importantes de esta prueba, siempre lo repito) machacaban sus palmas y alentaban con sus discursos a los miles de atletas. Esas palabras, esos aplausos, hacen correr. Se lo aseguro.
La zona del campus sur, siempre más vacía, termina con un caramelo: la bajada hacia Galeras. A partir de ahí, la mente de cada uno ya piensa en Vite, ese Tourmalet compostelano.
El aterrizaje en la zona vieja de Santiago es emotivo. A los aficionados y a las más de 170 pulsaciones de mi corazón, se unió lo resbaladizo de las piedras milenarias. Esas piedras por las que es un honor correr un día al año. Unas piedras que se han visto pisoteadas por atletas olímpicos y vecinos de la calle de al lado. Eso es lo extraordinario de esta carrera. Allí no hay nombres. Corres al lado de un campeón del Tour, pero los ganadores son todos los que participan y aterrizan, exhaustos, la mayoría, en la plaza del Obradoiro. Es un suspiro que ojalá durara toda la vida. Ya pensamos en el 2010.
Juntos en la salida, desperdigados en la cumbre de Xoán XXIII
Ignacio Seijo, Susito Cea, Manolo Gil, Tano, Víctor Tobío, Ricard, Enrique, Pedro, un servidor... (La gente de EL CORREO). Allí estábamos todos juntos, en la línea de salida, minutos antes de que Fernando Barrera diera el pistoletazo de salida. Echamos en falta a algunos del año pasado. Y también la puntualidad para hacer la foto. Cada año llegamos más tarde. Antes de partir para escuchar nuestras pisadas y el quejoso corazón, cada uno pintaba una carrera distinta. "Yo voy a ir tranquilo, que no me he preparado", decía Ricard. "Yo voy a intentar hacer menos tiempo que el año pasado", decía otro. Cada uno realiza la película a su anotojo. Algunos, como yo, demasiado competitivos, buscan arañar segundos al cronómetro (algo que no conseguí por cierto, sino que fue el crono quien me los hurtó a mí). Otros lo toman como una fiesta. Un momento de felicidad donde poder practicar su deporte favorito por Compostela. Cuando llegué a la plaza del Obradoiro sólo pude ver a Susito Cea, pero iba ciego a por agua. La necesitaba. Luego observé la llegada de Víctor. Cada año me satisface más formar parte del grupo de esta empresa. ¿Cuál será el año donde nos juntemos 30 y vayamos cantando todo el camino? .
