Martes 17.06.2008
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"Vaya decepción. Ya os lo avisé antes de que empezara la carrera. David necesita recorrido y hoy la prueba era más corta", explicaba en voz alta un vecino de David Cal que regenta uno de los locales más frecuentados.
"Conseguir dos medallas de plata en uno Juegos Olímpicos no es fácil. Tiene mucho mérito", le respondía un joven que había alargado la noche para ver en directo la final del piragüista cangués.
La segunda medalla de plata consecutiva para David Cal, hoy en la prueba de C-1 500, supo a poco entre sus vecinos. Cuando en los últimos metros se comprobó que el ruso Maxim Opalev era inacanzable, la decepción se apoderó del centenar de personas que se acercaron al salón de plenos del Ayuntamiento de Cangas.
"La clave va a estar en la salida. Si sale como ayer no tendrá opciones para conseguir la chapa de oro", aseguraba un ex piragüista que se encontraba camuflado entre el público. No le faltó razón. Pese al aliento desde las batucas, con gritos de "¡Dale chaval, dale!" o "¡Vamos campeón!", la salida de Cal no fue buena.
Sin embargo, el panorama mejoró tras su paso por los 250 metros y la euforia se apoderó de los asistentes. "Va bien, de menos a más. Hoy sí", decía una señora entre los gritos de "¡David, David, David!".
Pero de nuevo, como ya sucediera el día anterior en la final de los 1.000 metros, en los instantes decisivos el silencio se apoderó del salón. David estaba perdiendo metros con el ruso y la medalla de oro se volvía a escapar.
Cal se aseguraba el segundo puesto al remontar al ucraniano Cheban. Entonces, los aplausos ensordecieron el ambiente. Los más jóvenes lo celebraban, mientras los veteranos buscaban explicaciones cuando abandonaban el ayuntamiento. Pocos ya se acordaron de que, poco después, competía otro cangués: Carlos Pérez "Perucho" en la final del K-2 500.
Pero no todos se marcharon. El hostelero que había vaticinado que David no se colgaría la medalla de oro si confiaba en Carlos Pérez. "Te apuesto una cena a que el hijo de Perucho saca medalla", le decía a su compañero.
"Acepto la apuesta", le respondió. Poco más de media hora después, Carlos Pérez y Saúl Craviotto cruzaban la línea de meta en primera posición. Instantes después, la gente se echó a la calle para celebrarlo.
Una caravana de coches colapsó el centro del pueblo nada más acabar la ceremonia de entrega de medallas. Perucho ya tenía el oro con el que tanto había soñado y el hostelero ya pensaba a donde ir a cenar. Un broche de oro para unos Juegos Olímpicos con sabor cangués: una medalla de oro, dos de plata y otros dos diplomas olímpicos. Mejor, casi imposible.
