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Piragüista y campeón olímpico

David Cal: “Había prometido dos oros en Pekín y a la gente le supo a poco lo que conseguí”

06.02.2010  “Tienes que estar convencido de que vas a ganar. Que quedas segundo, pues mala suerte y a seguir con ello”

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POR ENRIQUE BEOTAS

David Cal, piragüista y campeón olímpico
David Cal, piragüista y campeón olímpico

La polémica es tan vieja que se me antoja perfecta para este primer sábado de febrero. Mientras observo la envidiable forma de una pareja que ha sobrepasado con creces la edad en que Elena Salgado pretende jubilarnos para salvar el "corralito" de Zapatero, pienso en los prodigios del deporte español. A saber:

Hay quien asegura que el primer español que ganó una medalla olímpica fue el asturiano Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, quien, por si no fuera suficiente su largo apellido, era también Marqués de Villaviciosa, senador y primo de Santa Maravillas de Jesús. Casi nada… Aquello fue en la belle París. En un ya lejano 1900 en que todavía el deporte se mezclaba con los versos de Apollinaire, las cocottes siempre ingeniosas, las primaveras dulces y los últimos tragos de vinagre y absenta. La medalla que conquistó el señor marqués fue de plata, en una disciplina olímpica tan extravagante como el tiro a pichón. Pero la cosa no está tan clara, no se crean… Según las eruditas investigaciones del historiador Bill Mallon, el de Villaviciosa no ganó una medalla olímpica… Lo que parece incontestable es que dos bravos pelotaris, el bilbaíno José de Amézola y Aspizúa y el madrileño Francisco Villota Baquiola, sí lograron las primeras medallas olímpicas del deporte español que, para más INRI, fueron de Oro…

Según cuenta Mallon, Amézola y Villota debían enfrentarse a un par de vasco-franceses: Durquetty y Etchegaray. Ante la innegable calidad de los españoles y conscientes de que nada tenían que hacer ante aquellos titanes patrios, los gabachos se negaron a aparecer. Lo normal, vaya… Hay que tener en cuenta que esos juegos tuvieron lugar dentro de la Exposición Universal, por lo que fueron un caos considerable. Tuvo que ser Mallon el que, muchos años después, según unos criterios con los que no les voy aburrir, estableciera quién o quiénes fueron los primeros medallistas españoles. Tras diversas investigaciones, como las del español Fernando Arrechea, el COI dio por buenas las tesis de Mallon en 2004 y desposeyó a Pidal de su medalla de Plata –para oprobio de los pichones caídos en acto de servicio– y reconoció las dos medallas de Oro a aquellos pelotaris que jamás conocieron su condición de medallistas olímpicos; para que luego digan que ser campeón en el país de la envidia es fácil…

He quedado con David Cal, tres medallas de Plata, una de Oro y, entre otros muchos logros más, Campeón del Mundo en Duisburg. Mi encuentro con el más completo deportista español de nuestro tiempo es en ese paraíso de música, salud, descanso, poesía, agua y lencería que es el Balneario de Mondariz. Mi amigo Kiko, que es maestro de másteres de empresa, oficia impecable como el excelente anfitrión que sabe ser… David viste como si se tratase de un domingo entre amigos: vaqueros, camisa de cuadros y bandolera. Destila estoicismo, educación y buenas maneras…

"Según vas mejorando y cumpliendo metas, sueñas con ser uno de los mejores del mundo. Por eso, como todo deportista, intento mejorar, aunque mi sueño está cumplido".

– ¿Se acabaron las metas?

– En absoluto. Ahora hay que repetirlo más veces, eso es lo verdaderamente importante.

Gracias a David Cal, el gallego discreto con brazos de Polifemo y humildad de Ulises, Vilariño, O Hío, Cangas de Morrazo y el deporte español brillan con neones de luz eterna junto al telescopio de don Ramón María de Aller Ulloa. Me lo ha reconocido Alejandro Blanco, gallego de la Sexta Provincia y presidente del Comité Olímpico Español, ese que habla siempre con verdad a Gallardón, incluso cuando el alcalde de impuesto, multa, granito y zanja, sueña con cantos y sirenas. Alejandro define a David como un Goliath del deporte, con talla de diamante en la vida y apellido de estoicismo galaico. La verdad, no es para menos. Y eso que vive agazapado tras sus ojos azules de mar, escudado en una sonrisa tímida, dispensando cierta complacencia, aunque aparentemente quebradiza. Me cuenta que las cámaras de televisión le sacan de su tarea, de lo fundamental. Me lo dice con esa cara de niño aplicado que todos vimos cuando fue abanderado de España en los Juegos Olímpicos de Pekín. Y es que este chico callado, de profundos silencios, evidencia un control en lo interior y en lo exterior absoluto:

"El deportista profesional renuncia a cosas tan simples como acostarse tarde o ir de fiesta. En momentos en que la gente está de vacaciones, tengo que entrenar, como en navidades o en verano. Y, además, debo cuidar mi alimentación."

– Alejandro Blanco dice que eres muy grande...

– Tengo una gran relación con él, me aprecia mucho. No sé si soy tan grande pero… sí sé que soy un buen deportista.

– ¿Cómo te dio por el piragüismo?

– Fue poco a poco. Comencé varios deportes que me gustaban, pero me quedé con el piragüismo, que es lo que más me llena. Hay que tener en cuenta que siempre estuve muy vinculado con el mar.

– ¿Tu primer encuentro con la piragüa?

– Tenía ocho años. Un amigo y yo decidimos probar. Poco a poco fui entrenando, progresando, notaba que cada vez era mejor y me proponía nuevos y mayores objetivos... Llegó un momento en el que, sin habérmelo propuesto, ya estaba luchando por una medalla olímpica.

– Lo más duro es un deporte individual…

– Según para qué…

– Para la medalla…

– El deporte en equipo no es que sea más fácil, tiene la ventaja de que, si tienes un mal día, puede haber un compañero que haga el trabajo que tú no estás sabiendo resolver.

– ¿Y cuando el deportista individual tiene un día malo?

– Se ve y todo sale a relucir. Yo he tenido días malos en competición, de poder ganar y no hacerlo. En lo mío, cuando no estás al cien por cien, no ganas.

– Jodida soledad...

– No creas. Tiene también una parte buena.

– A saber…

– Dependes de ti mismo, para bien o para mal. Si tu compañero no entrena y se cuida como tú, merman las posibilidades de todos. Es la otra cara de la moneda.

– ¿Te gusta la soledad del entrenamiento?

– Es una sensación agradable. Depende de cada momento. Si estás remando en aguas tranquilas, sientes paz y tranquilidad, en cambio, cuando estás en aguas más bravas, sientes la energía y la fuerza...

– ¿Dónde prefieres practicar?

– En el día a día, en Pontevedra, en el río Lérez. Es un sitio excelente para entrenar. Bajar ese río resulta tan emocionante...

– ¿Cómo es el día a día de David Cal?

– Depende de la parte del año. Cuando estoy en temporada, me levanto temprano y comienzo a entrenar a las diez y media. Estoy hasta la una. A las cuatro y media vuelvo y suelo estar hasta las ocho y media o las nueve. Ceno, veo un poco la tele o leo un libro y me voy a la cama.

– ¿De dónde tanta autodisciplina?

– Hay gente que me ayuda, que me empuja a la disciplina: el entrenador, el médico, el fisio... Gentes que no aparecen en la foto. Buena parte del éxito es de ellos.

– ¿Y tu familia…?

– Siempre me ayudó. Jamás me obligaron a nada que no estuviese en mí. Para mi familia sólo tengo agradecimiento y admiración.

– Tu padre…

– Se parece mucho a mí. Es muy tranquilo, un hombre que no conoce el estrés.

– ¿Y tu madre?

– Es más inquieta, un poco hiperactiva. Su energía es envidiable. He aprendido tanto de su fuerza…

– ¿Amor y deporte son compatibles?

– El deporte te come tanto tiempo que resulta un poco complicado…

– ¿Cómo lo llevas?

– -De momento bien.

– ¿Lloras?

– Hace tiempo que no lloro, ni siquiera de emoción.

– Así que también controlas tus emociones...

– En realidad no es control, es saber no exteriorizarlas. Creo que no se me nota la tristeza ni la alegría.

– ¿Tanta exigencia es buena?

– Antes de Pekín había dicho en las entrevistas que mi objetivo era conseguir dos medallas de Oro. Nunca se debe decir algo así…

– ¿Y eso…?

– A la gente le supo a poco lo que conseguí. La exigencia declarada suele influir negativamente a la hora del juicio de los demás. Si no lo consigues al cien por cien, la gente piensa que has fracasado. Si logras el reto, le restan importancia y, si lo superas… piensan que has tenido suerte.

– Pero la exigencia es necesaria....

– Está claro. Si en esta vida no te marcas objetivos fuertes y metas altas, nunca llegas a nada. Si piensas en quedar tercero, posiblemente quedes cuarto o quinto. Y si piensas en ser el mejor, aunque no lo seas, estarás el segundo o el tercero, pero siempre entre los mejores.

– ¿Cómo te lo planteas?

– Tienes que estar convencido de que vas a ganar. Que quedas el segundo, pues mala suerte y a seguir con ello. A mejorar más, pero en el momento de salir no puedes dudar nunca.

– ¿Diste algo por perdido?

– Nunca. He visto tantos deportistas que en la competición van adelante… y siguen… y siguen… y quieren coger ventaja para que el otro no lo alcance; pero al final suelen desfondarse.

– Así que no hay que salir primero…

– Depende…

– ¿La inteligencia es lo importante?

– Un rival mío, Maxim Opalev, al que aprecio bastante, en los 500 metros era el mejor con diferencia, pero nunca había ganado unos Juegos. Tenía medallas de mundiales de sobra, pero la presión de los Juegos le podía demasiado…

– Hasta Pekín…

– En efecto, ganó en los 500 metros.

– ¿Cómo se te quedó el cuerpo…?

– Por una parte me jodió, porque yo quedé segundo, pero, por otra, me alegré. Demostró que era inteligente. ¿Sabes por qué?

– Cuenta...

– Apostó bien por la distancia y no hizo la de 1.000. Recuerdo que en Atenas salió primero, se fue… y se fue y, a falta de cien metros, pegó un reventón y quedó tercero. Aprendió de su error.

– ¿Los 1.000 es tu distancia?

– No de cara al espectador, pero sí para el deportista. Te da tiempo a desenvolverte, a cambiar de ritmos....

– ¿Y los 500?

– Es más explosiva, tiene menos margen de error. Va a desparecer del programa olímpico. En su lugar habrá que hacer 200 metros...

– ¡Menudo reto!

– Es una distancia muy divertida, son cuarenta segundos de competición. Ahí sí que no hay margen de error. Como cometas un fallo, estás fuera de carrera. Este año vamos a probar a hacer las dos distancias: 1.000 y 200. Vamos a intentarlo.

– ¿Hay equilibrio en la cima?

– ¿Y qué es la cima…?

– ¡Oye! Que quien pregunta soy yo…

– Es broma… Ya estuve en la cima, pegué un bajón y volví a subir. Los golpes son los que te ayudan a aprender.

– No siempre uno es el responsable de los errores...

– Mira, hace unos años me descalificaron, pero no por culpa mía, sino porque estaba mal balizado el campo de competición y la salida estaba mal colocada. A mí y a dos rivales nos colocaron en la calle que no nos tocaba. Llegué a la meta junto a los otros dos y nos descalificaron.

– ¿Tu conclusión?

– Me quedé pensando: "Pero si yo no he tenido la culpa..."

– ¿Y eso no te lleva a la decepción después de tanto esfuerzo...?

– Hay que pensar en la otra parte, en la positiva. Como en los Juegos de Atenas. Aquella vez, el favorito era un alemán, Andreas Dittmer. Quedó segundo y yo gané. Me vino a felicitar. Fue un gesto tan bonito que me sentí especialmente bien. Es un rival al que aprecio muchísimo.

– Y pensar que si fueras futbolista ocuparías todas las portadas...

– En esta vida hay que hacer lo que a uno le gusta. No pueden emplearse muchos años en algo que no llena. Son años perdidos. Sólo tenemos una vida y hay que aprovecharla. ¿Sabes una cosa…?

– Dímela…

– Que, con toda seguridad, no habría sido un buen futbolista…

– ¿Tu reto para Londres?

– Lograr dos Oros será complicado, tengo que trabajar muy duro.

– Has vuelto a decirlo, la gente no lo valorará si lo consigues.

– Ya veremos si se cumple el desafío inconfesable…

– Si lo consigues, ¿cómo lo celebrarás?

– Como se celebran en la vida todos los retos logrados, con alegría por una parte pero, al mismo tiempo, sintiéndome un poco vacío.

– ¿A quién llamas primero cuando ganas?

– A mi entrenador, que siempre está ahí. Luego a Fernando, mi médico. Ambos son personas con las que me gusta celebrar cada logro, los conozco desde los catorce años. Después llamo a mis padres, a mi novia y a mis hermanos...

– ¿La humildad es tu mayor virtud?

– Soy una persona normal y corriente que hace lo que le gusta y que se le da bien.

– ¿Se puede vivir del deporte?

– Si eres bueno, sí.

– ¿Y qué tal se vive del piragüismo?

– Soy feliz y cobro por ello...

– ¿Es tu mayor felicidad?

– No hay una sola felicidad en la vida. Cualquier momento de alegría es un momento bueno.

– Para mí que eres muy gallego...

– ¿Y qué es ser muy gallego, Beotas?

– Hacer esa pregunta...

– Entonces puede que sí lo sea...

– ¿Has pensado en lo que le dirás a tus hijos cuando vengan al mundo?

– Eso no hace falta ni pensarlo. Les diré que se dediquen a lo que les guste, que disfruten con ello.

David Cal baja la mirada al decir su última frase, es su manera de rubricar su indiscutible forma de decir siempre verdad. Me preocupa cómo voy a escribir y a describir tanta sencillez… Pienso que ya lo hizo Píndaro, hace muchos siglos, en sus versos:

 

"Feliz tú, que, tras un gran esfuerzo, / tienes el recuerdo de los elogios más bellos. / Entre cuarenta aurigas que han sucumbido en la arena, / tú, animosamente, has sabido conducir tu carro intacto / y desde estos juegos gloriosos / has llegado a la ciudad de tus padres".

Muy personal

¿Tu música?

El rock callejero.

Entrenar con música.

Distrae. Hay que concentrarse.

¿Para leer?

Libros de aventura.

Un deporte para ver…

El deporte me gusta practicarlo.

El lugar más bello del mundo conocido…

Las Islas Cíes.

¿Tu mito deportivo?

Los mitos no existen, sólo la admiración.

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