Viernes 25.05.2012
| Actualizado 22.59
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Siempre tendré clavada la espina de haberme perdido la final de los 100 m. de los Juegos Olímpicos de Seúl. Se dice que ha sido la final más hermosa y emocionante de la historia del atletismo. No importa que al ganador lo descalificaran dos días después por dopaje. No importa que hace unos meses Usaín Bolt nos haya dejado boquiabiertos con su record. La final de Seúl fue un relámpago luminoso encendido por la rivalidad de Ben Jonson y Carl Lewis, que llegaron a la meta batiendo los dos el record del mundo, separados ambos por la mirada desolada del americano. En Pekín hubo asombro; pero le faltó la chispa de la emoción de Seúl.
Cuando sucedió lo de Seúl yo estaba en Aguiño pasando unos días de vacaciones y no recuerdo qué fue lo que me impidió ver la final, pero no me lo perdonaré nunca porque aunque la vi repetida en numerosas ocasiones, ya no era lo mismo; en las repeticiones se pierde toda la frescura al conocer de antemano los resultados. De todo esto me acordé el domingo en que Nadal ganó el Open de Australia. Fue un desastre porque estuve en casa toda la mañana y tenía la televisión para mi sólo. Inconscientemente trasladé el partido a las tres de la tarde y me puse a preparar un trabajo sobre las ruinas históricas. Cuando la pasión de la búsqueda quedó colmada me di cuenta de que los partidos de Australia se retransmitían en directo desde primeras horas de la mañana. Ya era tarde.
Pude imaginarme la final porque ví el partido de Nadal y Verdasco, inolvidable. Pero lo que no puedo imaginarme, por mucho que la haya visto después, es la ceremonia de la entrega de los trofeos, anegada por la emoción del derrumbe emocional de Féderer. Cuando un atleta, un deportista, llora al terminar una prueba; tanto si gana como si pierde, se me pone un nudo en la garganta. Cuando Lewis perdió aquella carrera la sorpresa dominó cualquier otro sentimiento. Cuando Féderer lloró estaba dominado por la confirmación de su impotencia.
Son momentos únicos e irrepetibles del deporte. Después de tantos años de afición inquebrantable, de tantos campeonatos del Mundo, de tantos Juegos Olímpicos, de tantos Tour, de tantos torneos grandes o pequeños de tantos deportes, uno no deja de lamentar haberse perdido esos segundos de Seúl o esos pocos minutos de Melbourne de los que se hablará siempre. Entonces reconstruye en un rincón de su memoria esos acontecimientos consolado por el recuerdo de los que sí ha vivido y sabiendo que más pronto o más tarde tendrá la oportunidad de vivir otros nuevos, siempre distintos, emoción en estado puro.
