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villa y corte

La tribu de los gallegos de Madrid

22.11.2009  A los gallegos se nos transforma la mirada y las gaitas cantan entre los comensales // La gaita, la más hermosa ave cantora del país, que decía Cunqueiro, no es para espacios cerrados, pero allí no se nota //Noto en falta siempre algún ‘aturuxo’ que ponga calor de aldea y voz del pasado

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POR JOSÉ RAMÓN ÓNEGA

Estos días del dorado otoño, en los madriles, anda la tribu gallega de jolgorio y manteles. Los madrigallegos gustan de las xuntanzas para vencer la morriña que por estas fechas anida en el corazón. La primera fue en los salones de Melquíades Álvarez, en el Real Sitio de El Pardo, donde los Borbones cazaban el ciervo y la perdiz, y Franco soñaba con Galicia imaginando carballos en las encinas. En El Pardo saluda la sombra del General y se oye su voz atiplada y el sonsonete de "españoles?". Ahora, en el Real Sitio no hay más general que Melquíades, que tiene el secreto de la convocatoria y el milagro de los fogones.

Pues allí, cuando la berrea de los gamos, en la profundidad del bosque, estremece por su primitivismo, se juntan los gallegos convocados por Melquíades a la castaña. Algo tiene de mágico este rito, cuando allí llegan mil quinientos galaicos y dan cuenta de los manjares nutricios de la tierra lejana. Aparte de las castañas asadas, que abren el concierto, corre el marisco, el lacón, el chorizo, los grelos, la bica de Ourense, y los vinos, sangre del solar de Breogán.

A los gallegos se nos transforma la mirada y las gaitas cantan entre los comensales. La gaita, la más hermosa ave cantora del país, que decía Cunqueiro, no es para espacios cerrados pero allí no se nota. Noto en falta siempre algún aturuxo que ponga calor de aldea y voz del pasado. Pero el aturuxo ha desaparecido. Los mozos de ahora se dan al botellón, que me han dicho que en mi Lugo tienen el idílico parque de Rosalía hecho un vertedero y la prensa saca chistes de los patos empinando el ala con la botella en el pico.

 

Al magosto de El Pardo suele ir una personalidad gallega a predicar la excelencia de la castaña. Mi hermano Fernando fue varias veces, pero este año llegó el presidente Alberto Núñez Feijóo. Feijóo se metió al personal en el bolsillo. Su tesis principal fue la de que cualquiera puede llegar a presidente, aun naciendo en Os Peares, una aldea gallega. Feijóo tiene carisma y conecta con el paisanaje solo con abrir la boca.

A la prensa la tiene muerta de entusiasmo por su cercanía, su manera de exponer, su talante. No es botafumeiro, es verdad. Feijóo se deja caer por los centros de la beatiful, el Ritz, el Intercontinental, el Casino, y siembra los debates de esperanza. Va a los saraos del pueblo soberano y conquista a la tropa. Es un crac.

A Feijóo le dimos los gallegos la Castaña de Oro, condecoración que Melquiades creó para premiar la excelencia. Cuando Feijóo habla se abren las compuertas de la tierra, las exclusas de Os Peares, el viento solano de la Ribeira Sacra. Se escuchan los rezos de los monjes y se oye podar las viñas después de la grávida cosecha. Yo siempre por estas fechas oigo cantar el malvís como en los tiempos legendarios de los monjes que sembraron cenobios y maitines en estos parajes del Miño y Sil. La conducción del magosto la llevó la voz portentosa de Elías Rodríguez, que siempre que puede saca a colación los cómaros de Trabada, y leyó, impresionante, el conxuro de la queimada.

El embajador de Suiza en España, Jean Philippe Tissières, que yo invité al magosto con su encantadora esposa, disfrutó de aquel rito misterioso. Estaban viendo, pienso, las doradas montañas helvéticas y los 30.000 gallegos que aún hoy habitan el país suizo. Tissières, apasionado de Galicia y de la cultura celta, quiso que le acompañase al magosto de El Pardo, la representante del Comité Internacional de la Cruz Roja en Bruselas, Françoise Krill. No falla al magosto Álvarez del Manzano, que para muchos sigue siendo el alcalde, ni su mujer María Eulalia que, a mi lado, me hizo de la cena un delicado placer.

Otras convocatorias de la tribu gallega en Madrid son más fiestas del marisco. Una de ellas, al principio del otoño, es la de Ovidio Cadenas, que trabaja la morriña desde Alcobendas, ese satélite populoso de Madrid, con la cercanía de La Moraleja donde vive la clase alta. Ovidio está empeñado en galleguizar Madrid y quiere formar una quinta columna valiéndose del marisco, el pulpo y el apetito de los madrileños. Invita a sus saraos en la plaza de la Remonta a mi amiga la Presidenta del Distrito Municipal de Tetuán-Chamartín, Paloma García Romero, que acude con su marido el abogado gallego Verdes. Este año estuvo también el alcalde de Lalín, José Crespo, municipalista, senderista y motero, que apasionó la empanada de berberechos y el pulpo con referencias políticas.

 

Al lado estaba el pastor de los gallegos matritenses, Andrés Ramos, que eleva a categoría universal la doctrina del cardenal Rouco. A Andrés Ramos, lalinense también, le llamo yo Señor Obispo porque algún día lo será, salvo que se obnubile el entendimiento de Rouco. Andrés es el paño de lágrimas de la galleguidad madrileña, el amigo que nunca falla. El rito católico, en sus manos, en su voz, en su ademán, cobra la grandeza y solemnidad de los antiguos ritos eclesiales.

También anduvo en fase organizativa de eventos gastronómicos María Lage, gerente del Centro Gallego de Madrid. En la comunidad hay, al menos, otros diez centros que hacen galleguidad y patria gallega. Los gallegos se unen menos en sus tribus que fuera de ellas, donde fundan espacios de nombres enxebres y morriñas de origen. El que se ubica en el corazón de la villa, a dos pasos de la Puerta del Sol, en la calle Carretas, es el Centro Gallego histórico. En sus salas se aparece todavía la sombra del general Lobo Montero, que despachaba con Franco y hablaban de Meirás.

Lage organizó su fiesta del marisco y otras artesanías en los aledaños de la plaza de las Ventas, donde los toros rinden el rito ancestral de la fiesta, que los nacionalistas catalanes quieren cargarse porque ellos quieren ser nación, y a los gallegos, salvo en Pontevedra, nos coge a desmano. No sé quién me decía que los toros tienen su frontera en las naciones celtas. Parece evidente.

Don Manuel vino el jueves a la Casa de Galicia, a la presentación de "Manuel Fraga Iribarne y su tiempo", biografía escrita por el profesor de Universidad Manuel Penella Heller. Repasa las ideas y claves de la actividad política de Fraga, haciendo hincapié en la evolución de su pensamiento liberal conservador y su capacidad para adaptarse a las mareas políticas. Don Manuel recibió besos y abrazos de sus fieles y, al final, Raquel Rivera, joven e inspirada violinista ourensana, residente en Berlín, le ofreció varias composiciones que sonaron a tierra gallega, origen y destino. Hubo gallegos principales y varios ex ministros.

Por mi parte, destaqué el aspecto humano de Fraga y la importancia histórica de su "manda carallo en La Habana".

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