Martes 17.06.2008
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Ya se ha insistido desde esta periódica comparecencia que es el de las erratas campo abonado a la hora de suscitar el mayor número de críticas de parte de los lectores quienes difícilmente justifican, y con razón, un error mecanográfico, una imprecisión semántica o una precipitación de tipo sintáctico. Todo ello llevaría a concluir que acaso no quede otra opción, desde la terca experiencia en todo medio de comunicación y tiempo, que la de resignarse a lo irremediable.
Es el ojo avizor de nuestros lectores, convertidos en vigías leales y constantes como se testimonia cada semana en las cartas que remiten a este defensor, el que nos anima a proseguir en el empeño de la calidad.
Entre esas razonadas quejas los hay que, en un evidente y saludable ejercicio de inteligencia y en muestra del más genuino carácter que nos singulariza como pueblo, optan por la vía de la ironía a la hora de salir al quite del titular errado o de la frase equivocada.
Desde aquí nos felicitamos por esa indudable muestra de viveza e ingenio que suponen muchas de esas misivas, además de agradecer que la reprimenda lo sea desde la más benigna vía del humor que la que proviene de actitudes airadas o insultantes. A buen seguro que son, también, más convincentes y pedagógicas en el propósito de la enmienda.
Como ejemplos más recientes de esa actitud irónico-crítica, tres muestras pueden resultar absolutamente reveladoras.
Hablando de la polémica por los lindes municipales de Santiago y Oroso, en la parroquia de Barciela, el periodista quizás se propuso enfatizar la polémica respecto del fallo del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia, y aludió en su información a "mantener la frontera" que, como bien nos recordaron algunos lectores, es en su acepción geográfica "confín de un Estado". Lo que, aplicado a Santiago y Oroso, aún no parece del caso. Pues bien, mientras un lector aludía a que no existen fronteras, sino límites (en tanto que "línea real o imaginaria que separa dos terrenos, dos países, dos territorios" -RAE dixit-) entre municipios españoles, otro más irónico no reprimía su asombro: "Lo que nos faltaba por oír, que ya empiecen a crear fronteras donde no las hay. Al ritmo que llevan algunos, dentro de poco para ir de A Estrada a Santiago tendré que llevarme el pasaporte. ¡Mundo de lunáticos!".
Tampoco resultó muy afortunado el titular que pretendiendo dar cuenta de los ambiciosos proyectos de creación de suelo industrial en diversos polígonos del Barbanza, señalaba desde la cabecera que "se crearán 1,42 metros cuadrados de suelo productivo", lo que hizo exclamar a un asombrado lector "o sea, que el polígono va a tener la superficie de una maceta grande".
Evidentemente, muy raquítico propósito por más productivo que resultara el terreno para los esfuerzos y afanes de la Consellería de Vivenda e Solo que en la noticia reseñada había aludido, en efecto, a la cifra de 1,42. Pero en vez de metros lo hacía refiriéndose a millones de metros cuadrados.
Un último ejemplo lo constituye otro titular al que la falta de un entrecomillado o una cursiva en el verbo, que advirtiese de su sentido figurado, hacía cambiar nada menos que el curso de un río, el Cabrón, desde sus recovecos ordenses para hacerlo derivar hasta los figurados meandros del pazo del Hórreo, allí donde tienen sede y dominio los diputados del Parlamento Autonómico. "Los vertidos del río Cabrón llegan al Parlamento", rezaba el titular, matizado por un lector con el innegado deseo de que "oxalá que o título desta noticia fose certa", como sobreentendida convicción de que la atención de nuestros diputados tiene como prioridades aquellas denuncias que conocen de primera mano.
Descuido o precipitación inadmisibles
Evidentemente, no tiene este periódico vocación de cambiar el curso del Amazonas, ni siquiera del más modesto y maltratado Cabrón, como tampoco de establecer aduanas en la acogedora Barciela -que el corrector automático de Word se empeña en transformar en Varicela-, y mucho menos de propiciar el milagro de la producción industrial intensiva en una maceta. Sin embargo, todo ello cabría deducir a causa de las erratas aparecidas en el periódico, hijas de la precipitación o el descuido de quienes las redactaron, y que el probado sentido del humor de nuestros lectores convirtió en reconvención amigable, aún desde la crítica.
Sin embargo, por muy sanjobiana que sea la comprensión del lector, acaso derive en futura ira, si ve que su compasiva colleja no surte los propósitos deseados.
