Martes 17.06.2008
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Sergio Salabarría nunca se imaginó haciendo su vida fuera de Cuba, donde su sueldo como especialista le permitía "vivir bien y algo más". Allí su formación en tecnología del calzado aquilatada en Checoslovaquia le llevó a controlar la cadena de producción de una empresa en la que el contacto con los trabajadores le permitió añadir currículum en reparación de suelas. Es esa la que hoy, desde la zapatería que ha bautizado reivindicativamente Betún Negro, pone en práctica con unos zapatos destripados para que su dueño pueda seguir caminando con el par con el que se siente más a gusto. La crisis agudiza el ingenio, y de eso sabe mucho después de haber comido un "filete vegetal" de hoja de banana después de la caída del muro, pero también desarrolla una relación fetichista con zapatos y otros objetos de los que le cuesta separarse hasta rozar el exceso economicista. Hasta el novísimo taller de Sergio llegó una hamaca que salió bien remendada y en sus manos se mueve un pequeño monedero al que hay que cambiarle la cremallera aunque "la dueña tiene otro igual".
Sergio se quedó en Santiago en 1999 para formar una familia y dejando en la provincia cubana de Villaclara a otra a la que aún no ha vuelto a ver. Su otra faceta, la de trovador, lo trajo hasta aquí donde se ha "adaptado al medio" sin perder su propio vocabulario para llamar al más pequeño de la casa "compay". Con Beatriz ha tenido dos hijos y en Cuba queda otra de dieciocho años a la que envía medicinas para una enfermedad que la ha hecho dependiente desde los cinco meses. En el más gris y húmedo de los días compostelanos que se venden como aspirinas para frenar los ataques de buen humor, Sergio confiesa que "el agua me cae mal" pero aquí están sus dos hijos y su mujer, con la que comparte actuaciones en Trío son Tres, el grupo de música en el que suenan el bolero y el chachachá, aunque haya que irse hasta Valdeorras al cerrar Betún Negro, un local amplio que ha recuperado la luz que se cegaba en la barra del antiguo bar Xavestre.
Hasta Santa Clara, la capital de la provincia cubana de Villaclara, llegaron los restos del Che Guevara desde Bolivia para descansar en el mausoleo que se ha convertido en uno de los principales reclamos turísticos. Sergio conoce bien la historia de su país aunque sambea para huir de la política y contonea para poner adjetivos al último triunfo del electo Barack Obama. "No es escepticismo" importado de la retranca gallega es "la realidad" aquí y allí para alguien que ha visto como le ponían todas las trabas "por ser extranjero" cuando fue a solicitar un crédito a la entidad bancaria de la que era cliente y, a pesar de haber superado los cursos para nuevos emprendedores, siendo el primero de la clase. Quizá por eso se distancia del We can con un "me da igual". Porque le gusta que haya "esperanza después de ocho años de burradas" y le falta fe en los presidentes norteamericanos que "nunca se atreverán a decir que quitarán el bloqueo porque perderían las elecciones". Es la lluvia fina que deja caer Sergio después de haber repasado la historia en la que "los peores momentos de Cuba han sido con los presidentes demócratas". Para que algo así pueda ocurrir en España "algún negro millonario tendría que meterse en política", pero lo que pasa es que aquí "no hay un negro rico".Sergio deja la esperanza para los demás, mientras él deja que "las cosas caminen" sin que nunca se sepa hasta donde te van a llevar. En su camino queda poca ilusión más allá de la de sacar adelante ese negocio con el que ha recuperado un antiguo oficio aunque no le deja tiempo para tertulias y en el que aplica técnicas imposibles ya para otros zapateros.
Sergio confía en el boca a boca para convertir este nuevo viaje en una senda con futuro porque "ahora están unos hijos en los que pensar". Aunque en el otro lado se hayan quedado padres y hermanos a los que no ha podido dar el último adiós. Se quedaron en Cuba, en el país fuera del que Sergio no había pensado vivir hasta que conoció a Beatriz y se embarcó en sus conciertos y abrió Betún Negro. Al viejo bar le ha abierto grandes ventanales para buscar la luz que niega el invierno gallego y a San Pancracio lo ha puesto de espaldas, de capita roja recién lustrada y avituallado de perejil, como manda la tradición de quien arranca en el negocio sin que los vaivenes de la política le solucionen el cocido.
