Lunes 20.04.2009
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Su bisabuelo fue curandero y su padre militar. Desde pequeño, el médico Carlos Piñeiro apostó por la vida como juego y aprendizaje. Y siempre pudo con él su instinto solidario: tremendamente curioso, volcado en los demás. Jugó en los castillos de Cartagena, batallando con sus amigos "con espadas y yelmos". Al lado de la catedral vivía su profesor, que tocaba el piano. Y un fuerte recuerdo de infancia marcó su compromiso social: "El hospital Novoa Santos, donde recibían tratamiento las personas con trastornos nerviosos". Todas esas vivencias han formado a un hombre bueno y cariñoso con los enfermos.
Peleó con los colectivos desfavorecidos de Ferrol, sobre todo en los años 80 de droga y desempleo. Permaneció al lado de las víctimas del amianto, cuando se desconocía socialmente el mal mortal. Y apoyó el nacimiento de Asfedro, cuando fallecían los toxicómanos. Sus inquietudes le vienen de lejos: "Me eduqué en una mezcla de culturas, y tuve la fortuna de que me seleccionaran en un grupo de niños con alto coeficiente intelectual". Aquellos pequeños alumnos visitaron minas, presenciaron disecciones: "Y ahora gran parte de nosotros somos médicos, nos marcó".
En su feliz infancia, pronto adquirió "una marcada conciencia social, una mentalidad abierta con la salud pública". Tiene 53 años y lleva casi treinta dedicado a la medicina social, como médico de familia en la zona de Ferrol o profesor en varias universidades. Y nunca abandonó el deporte, desde que entró con una beca deportiva en la Facultad de Medicina hasta que ahora entrena al equipo de balonmano de Ferrol.
Enfoca la salud desde la triple perspectiva: social, psíquica y biológica. Un ejemplo: "Si un niño nace al lado de una fábrica de uralita y juega con ese material, a los 30 años tendrá grandes riesgos de padecer una enfermedad pulmonar". Ha estudiado casos sangrantes en ese sentido. Una mujer de Narón contrajo una dolencia respiratoria al lavar los buzos de su marido, impregnados de amianto.
Sus pacientes responden con creces a su vocación, propia de los antiguos médicos rurales que se dejaban la piel en salvar vidas. "Cuando dejé el centro sanitario de Serantes, las familias realizaron una despedida masiva en un gesto de estrecha empatía", recuerda agradecido. En A Graña tuvo una escuela de envejecimiento activo, y en Narón prepara un programa de seguimiento cardiovascular durante diez años con sus pacientes. También trabaja en una historia sobre los médicos en Ferrol a finales del siglo XIX, "en la ciudad amurallada, con hacinamiento y tuberculosis". Es incansable.
Pero su corazón se agotó hace ya ocho años. El 15 de enero de 2000 sufrió un infarto de miocardio masivo. Lo afrontó con tanta serenidad que incluso se presentó voluntario para un experimento con células madre, que le fue denegado. "Aquella experiencia diferente me permitió ratificarme en todo lo que había aprendido, la gente se volcó conmigo y decidí tomarme la vida con más tranquilidad", reconoce. En su nueva etapa, conoció sus límites y afrontó su pasado. Su padre y su abuelo fallecieron de muerte súbita. Y Carlos Piñeiro, con sólo 45 años, empezó a salir a pasear. En su caminar, se encontró con pacientes como él: "También habían sufrido un infarto, pero no les habían enseñado un proceso de rehabilitación". En ese encuentro de palpitaciones dañadas, nació la Asociación de Amigos del Corazón.
Durante el año y medio que tardó en recuperarse, Carlos tuvo tiempo para desarrollar una estrategia y un grupo de apoyo. "La entidad brinda ahora ayuda psicológica y orientación en hábitos de vida, incluso presentamos un proyecto para un centro de actividad física con enfermos crónicos", anuncia orgulloso. En Narón, ya cuida el corazón de sus pacientes desde pequeños: "El 62% de las enfermedades cardíacas pueden evitarse con prevención". Enemigos a batir: el estrés, la sal, las grasas saturadas. Incluso su asociación lucha para que los restaurantes tengan menús cardiosaludables.
Con su enfermedad, "descubrí bruscamente que era vulnerable, mi hilo vital era muy frágil". Tras superar el temor, supo que podría con todo "sobre todo por mi mujer y mis dos hijos". El infartado suele tener un perfil ambicioso y autoexigente. Carlos reconoce que trabajaba demasiado, que se involucraba hasta la fatiga. Pero jamás perderá su pasión por la gente. Incluso trabaja en una trilogía novelesca sobre la medicina: la vida de un médico romano en el siglo IV, los avatares de un doctor contra la Inquisición, y las peripecias de un curandero en el siglo XIX. Todo un homenaje a su bisabuelo, que sabía de males y remedios.
