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El cirujano que llenó de dignidad las instituciones autonómicas de Galicia

Los primeros comicios gallegos llevaron a Albor al Pazo de Raxoi e iniciaron el fin de UCD, el partido en el poder que lideraba Suárez desde el comienzo de la Transición

En primer término, de izquierda a derecha, el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, el presidente de la Xunta, Fernández Albor, y el ministro de Justicia, Pío Cabanillas - FOTO: ECG
En primer término, de izquierda a derecha, el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, el presidente de la Xunta, Fernández Albor, y el ministro de Justicia, Pío Cabanillas - FOTO: ECG

XAVIER NAVAZA. SANTIAGO   | 13.07.2018 
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Cuando Fernández Albor tomó posesión el día 21 de enero de 1982 como presidente de la Xunta de Galicia y, al día siguiente, presentó oficial y públicamente a los componentes de su primer Gabinete, nada hacía presagiar que, en pocos años, allí anidaría y saldría a la luz una de las historias políticas más ensañadas de cuantas se habían vivido hasta entonces en la corta historia de la autonomía gallega.

Al contrario, si una idea se proyectaba sobre la opinión ciudadana, era la imagen de un Gobierno unido y con ganas de trabajar, capaz de hacer galleguismo y, sobre todo, en condiciones de restaurar la deteriorada imagen de una institución que había sido sometida a una intensa maniobra de desgaste que a punto estuvo de triturar la fe de los hombres y mujeres de Galicia en el autogobierno.

Fernández Albor se había postulado como una persona independiente, capaz de aglutinar a todos en el objetivo común de sacar a Galicia del marasmo en que la había dejado UCD, y estaba dispuesto a defender su independencia costara lo que costase.

De hecho, mientras pudo, defendió su posición con dignidad y en solitario. La primera ocasión le llegó en enero de 1982, pocos días después de su toma de posesión como presidente de la Xunta. Fiel a sus principios, rechazó la oferta que desde la dirección aliancista se le hizo para que asumiese las riendas del partido a escala regional. Estaba convencido por la idea de que el titular del Gobierno autonómico, al menos en una primera etapa, debía ser "el presidente de todos los gallegos", apartado de las intrigas que entonces menudeaban en la vida política del país.

EN LA ÓRBITA DEL GALLEGUISMO HISTÓRICO Aquella idea de independencia no era nueva y respondía a una vieja condición del galleguismo histórico, en ocasiones defendida públicamente por Ramón Piñeiro y por los intelectuales que giraban en la órbita del galleguismo histórico.

Piñeiro insistía desde hacía tiempo en la necesidad de trabajar para que la idea y los sentimientos del galleguismo fuesen asumidos por todas las formaciones políticas, incluidas las que -como UCD, el PSOE y la propia Alianza Popular- respondían a una disciplina estatal. Así fue como, siguiendo este principio, el propio Piñeiro, con Carlos Casares, Benxamín Casal y Alfredo Conde, se integraron como independientes en las candidaturas electorales que el PSOE presentó en octubre de 1981.

MANOLO BLANCO
Xerardo Fernández Albor recibe en la praza do Obradoiro al rey Juan Carlos I y al primer presidente socialista del Gobierno de España, Felipe González.
FOTO: MANOLO BLANCO

LA SIEGA DE LA YERBA EN RAXOI Pues bien, Fernández Albor quiso hacer lo mismo, pero en las filas aliancistas de Manuel Fraga en Galicia. Su decisión de mantenerse al margen de las escaramuzas partidarias fue muy elogiada por algunos y criticada, con resabios amargos, por otros, que aprovecharon para segar la yerba que crecía bajo sus pies. Y donde menos se comprendió su actitud de independencia fue en el seno del partido que le había arropado durante la campaña electoral.

Así, al principio, la imagen personal de Albor salió indemne de todas las escaramuzas y libre de los disparos con bala que unos y otros se dedicaban con esporádica fruición. Pero al final su imposible virginidad acabó por convertirle en el blanco de todos y, de modo especial, le situó en el centro de la diana que servía de objetivo a algunos de sus más próximos colaboradores.

El sábado 19 de diciembre de 1981, se había realizado la sesión constitutiva del Parlamento, para lo cual se habilitó en Xelmírez el mismo espacio que tres años atrás, en la primavera de 1978, había servido de escenario para poner en marcha el proceso autonómico. Finalizada la sesión inaugural, Albor se puso de inmediato manos a la obra para redactar el discurso de su primera investidura.

CALVO SOTELO Y LA BAVIERA GALAICA Aquellos folios constituyeron el embrión del debate original de la autonomía, ya en sede parlamentaria, tras el que -el día 8 de enero de 1982- Galicia eligió al primer presidente propio de su historia. Al día siguiente de las primeras elecciones autonómicas, celebradas el 20 de octubre de 1981, en Madrid no se hablaba de otra cosa que no fuese el resurgimiento del fraguismo desde la Baviera galaica y Leopoldo Calvo Sotelo, presidente del Gobierno central, desayunó sin apetito aquel día.

UN PIANO BLANCO EN LA MONCLOA Después de echarle un vistazo rápido a los periódicos, que en su práctica totalidad atribuían los resultados a una victoria personal de Manuel Fraga, Calvo Sotelo se detuvo unos minutos para dialogar lacónicamente con su piano lacado en blanco, a cuyo teclado apenas le arrancó poco más que unas notas inconexas que, sin embargo, le ayudaron a reflexionar. ¿Era el principio del fin?

Todo indicaba que no había la menor duda de que Unión de Centro Democrático, antes poderosa, había comenzado una imparable carrera hacia el abismo. Y a él le había tocado ir a la cabeza de aquella senda suicida.

UN PRUDENTE "XA TE CHAMAREI" Con raíces familiares en Ribadeo, Calvo Sotelo recordaría así cómo encajó la primera gran derrota de UCD: "Yo me opuse a la tesis de la mayoría natural lanzando a Fraga, que ya era ganador en los sondeos, un prudente y galaico anda por aí, que xa te chamarei. Perdimos por dos escaños". El presidente añadía: "Un enredo último de Meilán y de Franqueira había hecho fracasar dos meses antes la condidatura de José María Suárez Núñez, rector de la Universidad de Santiago, en un episodio más de la rivalidad entre Santiago y A Coruña. José María hubiera gobernado en Galicia con Fernández Albor como conselleiro de Sanidad".

CADA UNO POR SU LADO Fraga le ofreció su colaboración a Calvo Sotelo durante el ferragosto de 1981, insistiendo en que UCD y Alianza Popular podían entenderse en Galicia para ensayar la unidad en lucha contra el PSOE. No tuvo suerte y cada uno se fue por su lado. En cuanto a Xerardo Fernández Albor, el triunfador candidato de AP a la presidencia de la Xunta, todos los observadores de la época admiten que el honorable doctor compostelano supo cumplir con suma dignidad el papel secundario que hubo de representar en una campaña que discurrió sin tregua bajo el eslogan Galego coma ti, centrada en la figura de Fraga.

Lo más extraordinario es que, pocas semanas antes de la jornada electoral, la cúpula de AP aún no tenía un candidato a la presidencia de la Xunta.

LA CUMBRE DE LOS NOTABLES A mediados de 1981 muchos opinaban que Fraga y nadie más que él debía ser quien encabezase las listas, pero pocos se atrevían a decírselo porque entonces se consideraba que proponerle aquella candidatura era poco menos que un insulto para quien aspiraba a presidir el Gobierno español: un objetivo que más tarde o más temprano, en opinión de sus amigos, acabaría alcanzando.

A finales de junio de aquel mismo año, Fraga se reunió en Madrid con un grupo de notables de su partido en Galicia. El objetivo era sondearles, a ver si aportaban alguna idea sobre quién debía ser el mejor candidato de Alianza Popular a la Xunta de Galicia.

Unos y otros dieron varios nombres, sin convicción. Tampoco Fraga tenía a nadie en mente que le convenciese. Así que sólo uno de los asistentes a aquella reunión, Francisco Cacharro Pardo, se atrevió a decir en voz alta lo que todos rumiaban en silencio: "Yo creo, don Manuel, que el candidato ideal para ese puesto es usted".

LA XUNTA, PLATAFORMA EN EL RUEDO IBÉRICO Cacharro Pardo sostenía que a Fraga le sería mucho más fácil opositar después a la presidencia del Gobierno central, utilizando a la Xunta como plataforma de lanzamiento sobre el ruedo ibérico. A Fraga no le pareció mal la idea, en principio; pero enseguida la rechazó: quedaba mucho por hacer en AP, viendo cómo UCD se desmoronaba sin remedio y los socialistas cabalgaban eufóricos sobre la cresta de la ola.

Sin ninguna duda, su lugar estaba en Madrid, donde debía encargarse de reconducir los restos del naufragio centrista hacia un gran partido de centroderecha, capaz de enfrentarse a los socialistas en condiciones de igualdad y en cuanto las aguas se mostrasen algo más favorables al establecimiento de la alternativa conservadora.

El candidato aliancista Fernández Albor, con el peso que le otorgaba su pasada militancia en el galleguismo moderado, de origen democristiano, tuvo por aquellos días un gran acierto al asegurar que "el electorado de UCD y de AP es el mismo". Aquella frase actuó como un eficaz eslogan en la campaña y caló muy hondo en las fibras sensibles de buena parte de la sociedad gallega.

Incluso dirigentes socialistas como Alfonso Guerra, que de tarde en tarde se acercaban a Galicia para remover el ambiente a su manera, eran de la misma opinión: "En la UCD gallega", dijo Guerra en una ocasión nada más pisar el asfalto del aeropuerto de Lavacolla, "todos trabajan para Fraga".

EPICENTRO EN SANTIAGO La ausencia de partidos nacionalistas fuertes en Galicia, además, facilitó las cosas para que se pudiesen extrapolar a la política estatal muchos de los acontecimientos que tenían su epicentro en Compostela, acentuando la sensación de la presencia de Fraga en todo cuanto se hacía o deshacía en la Baviera galaica.

Las elecciones autonómicas gallegas de 1981 marcaron la pauta de lo que de inmediato iba a ser el rediseño en profundidad de la derecha española. La primera reacción de Albor, una vez concluidas las votaciones que le invistieron como presidente del Gabinete autonómico, desconcertó a los periodistas: "Es curioso, no siento alegría sino preocupación", confesó el ya flamante presidente aquel mismo día: "Uno no sabe, hasta que llega el momento, que puede llegar a sentir más tristeza que alegría. Es un momento de suma responsabilidad, y es terrible".

UN PRESIDENTE CORDIAL Sobre el carácter conciliador de su discurso, insistió una vez más en su propuesta: "En la campaña electoral no ataqué a nadie porque creo que no es bueno que nos ataquemos unos a otros. Ya llegará ese momento. Lo urgente, ahora, es potenciar la democracia y la autonomía en Galicia. Reforzar las instituciones. La gente aún no está muy convencida de todo esto y por eso me parece que debemos actuar con sentidiño".

Aún estaba muy reciente la experiencia centrista, que había situado las luchas intestinas de UCD en el primer plano de la vida política gallega y que a la postre acabó por dinamitar al partido en el poder en medio de una imparable escaramuza de barones provinciales enfrentados entre sí.

En consecuencia, el flamante primer presidente autonómico, para evitar una indeseable caída de las débiles y escasas instituciones regionales, consideró que debía situarse por encima de los intereses de partido e incluso por encima de las necesidades objetivas de la misma formación (Alianza Popular) que le había permitido llegar a donde estaba.

Por otra parte, AP aún se encontraba en pleno período de consolidación y su fragilidad interna era notable, en ocasiones zarandeada por pequeñas y no pocas batallas más o menos sordas que los distintos clanes locales y provinciales de centroderecha libraban entre si desde hacía tiempo.

"En este sentido es como he visto la votación de Ramón Piñeiro a mi favor, con quien, a pesar de que somos buenos amigos, no hablé previamente para preparar nada de nada", subrayó Albor. "Tanto por su parte como por parte de Benjamín Casal y Carlos Casares, que hicieron lo mismo, les estoy muy agradecido".

Y añadía: "Están en opciones políticas distintas a la mía, pero piensan en clave gallega, como yo, y consideran que lo más importante ahora es echarse a andar y poner en marcha las instituciones. Su voto en positivo me ha parecido precioso. Porque no me han votado a mí personalmente, sino al presidente de la Xunta de Galicia. Así es como se fortalece Galicia, con la unidad; porque si un presidente gallego va sin apoyos a Madrid, sin una representación fuerte, sus posibilidades siempre serán menos a la hora de negociar y de conseguir cosas para nuestra tierra. Ha sido una preciosidad".

"Nuestra tierra necesita, al menos al principio, un presidente al margen de las luchas partidarias", fue una de sus tesis principales el mismo día en que asumió el poder.

 

"Los catalanes tienen el llamado 'seny' a la hora de gobernar y nosotros disponemos del 'sentidiño', el sentido común más inteligente", era uno de sus lemas.

 

"El galleguismo es, en su esencia original, un sentimiento de carácter hondamente universal y donde mejor se proyecta es en la idea de los pueblos que integran Europa".