Lunes 20.04.2009
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En su mirada se acumula el recuerdo de miles de millas marinas de océanos amigos, y en ocasiones enemigos, surcadas a lo largo de treinta años. Enrique Davila González acaba de pisar tierra después de su última marea capitaneando el Argos Pereira, un gran buque congelador de Armadora Pereira que cada año se dirige a las Malvinas para capturar calamar.
Enrique se confiesa un marinero "tardío" porque quiso escapar, y al final no fue posible, de la atadura a la mar que vivió en las carnes de su padre. Sin vocación inicial, aunque con muchas expectativas personales, con esos tardíos 20 años que él mismo define, se embarcó por primera vez en un pesquero de altura en el que faenó en aguas de Boston capturando calamar para después dirigirse a Senegal donde se pescaba gamba. Sus ansias por mejorar su situación dentro de la armadora y por mejorar sus recursos lo llevaron a estudiar en firme a los 28 años, después de casarse, para ser capitán de mar y pasar de la cubierta o de los parques de trabajo hasta la sala de mando del buque. "Una vez que vi que mi futuro iba a ser el de la mar, el de la pesca, me decidí a estudiar porque no es lo mismo estar de marinero que de capitán", resume Enrique antes de explicar que una vez que "te metes" en el mundo de la mar, por muy duro y sacrificado que es, no lo abandonas".
Testigo en tres décadas de los cambios tan vertiginosos que ha sufrido la pesca mundial, y de forma especial para armadores y pescadores que hacen treinta años faenaban sin más límite que el de su propia iniciativa en todos los océanos del mundo. Enrique recuerda que hasta no hace tan poco tiempo las mareas duraban hasta seis meses al año con un único mes de transición en tierra para poder ver a sus familias y comprobar casi año a año cómo crecían sus dos hijos. "Ahora escuchamos que los parlamentarios se quejan de que pasan días fuera de su casa para su trabajo en el Congreso; entonces, ¿qué diremos la gente de la mar que pasamos meses y meses embarcados lejos de la familia?". Es precisamente el alejamiento de sus seres queridos y las estancias tan prolongadas en los barcos la vertiente más negativa de una "profesión digna, como otra cualquiera, aunque muy dura".
En la rampa de salida hacia su jubilación y con cincuenta y un años, asegura que la "mar es la vida" a la que se ha acostumbrado, a pesar de haber vivido momentos de gran angustia en medio de las tempestades de los océanos.
En su inventario vital como capitán figura haber estado al mando del Estay, apresado hace 13 años por las autoridades canadienses. "Fue un episodio desagradable por lo injusto, aunque lo que más me impactó fue el eco mediático que alcanzó el tema porque hasta entonces se había apresado a muchos barcos, pero creo que coincidió con un momento político determinando que propició un eco grandísimo de un hecho que en sí tuvo mucha importancia. Ese caladero desde entonces es el más problemático y el peor por la extrema vigilancia". Tras recordar que fueron apresados mientras faenaban de forma totalmente legal y fuera de las aguas jurisdiccionales, Davila asegura que ni a estas alturas, "ni años atrás", de su vida ha vuelto a acordarse.
Desde 1995 Davila no ha vuelto a Canadá dirigiendo la proa de su barco hacia aguas de Malvinas.
Sin encontrarle ningún tipo de "romanticismo" al trabajo en la mar, por mucha literatura que haya generado, Enrique ha sido testigo en 30 años del cambio no solo de la vida a bordo, propiciada por la incorporación de barcos modernos como el que capitanea ahora con televisión e Internet y mejores camarotes y zonas de convivencia, además de la rebaja de tarifas en algo tan vital como el hilo que les mantiene en contacto con sus familias, el teléfono. Convertidos los pesqueros en una mini-ONU, la convivencia entre españoles, senegaleses y peruanos que conforman la tripulación actual, "funciona estupendamente, sin problemas, a pesar de las enormes diferencias de tipo cultural entre ellos".
