Lunes 20.04.2009
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| INTERPRETACIÓN María Casal entiende su oficio como algo efímero que, sin embargo, permanece en la memoria. FOTO: Miguel Ángel Fernández |
El colegio madrileño de los Sagrados Corazones, situado en el aristocrático barrio de Salamanca, fue una verdadera fábrica de periodistas. De él salieron profesionales como Jorge Fernández (El Mundo), Javier Arenas (RNE), Alfredo Semprún (La Razón), Carlos Maribona (ABC), Javier González Ferrari (Onda Cero), Alfonso Nasarre (Cope) y un servidor. Aquél no era un colegio al uso, pues aquellos “curas”, sucesores del héroe de Molokai, demostraban un espíritu liberal impropio de la época. Es más, su cine-fórum mixto de los sábados por la mañana (chicos y chicas veíamos juntos el cine seleccionado por Fernando Méndez-Leite), era casi una provocación para aquel sistema educativo de los sesenta. De Godard a Ford, de Chaplin a Mankiewicz, de Berlanga a Truffaut, de Lelouch a Querejeta… Todo era fascinación por un arte que abría sus ventanas a un mundo de besos perdidos entre las butacas, papeles clandestinos con números de teléfono y miradas furtivas para citas cómplices… En aquel colegio, hoy convertido en un local de copas nocturnas para yuppies de Hermenegildo Zegna, paparazzis de teleobjetivo y futbolistas de Ferrari y Cartier, estudiaba también el hijo de uno de los actores más emblemáticos que Compostela ha dado al cine del blanco y negro, del Technicolor y del Eastmancolor. Antonio Casal, o home corrente da mirada tenra, el amigo de Bódalo, Rodero y Fernán Gómez, gustaba de llevar al colegio a sus hijos Antonio y María… Ellos siempre llegaban cuando la campana de la clase había sonado y es que, para el santiagués que triunfó en el Madrid de las bambalinas, el tiempo no existía cuando iba con ellos… A cada paso se paraba a saludar, a echar una palabra complaciente, a darle una moneda de dos cincuenta al indigente… Antonio sacaba pecho cuando llevaba a María de una mano y a Antoñito de la otra:
“Tardaba media hora en chegar da esquina á casa, falaba con todo o mundo. Gustáballe o fútbol, lía sen parar, facía moreas de encrucillados, falaba especialmente ben, tiña un gran vocabulario apesares de non ter estudos. Era moi gracioso, cariñoso… Cunha voz que facía tremer os cementos do edificio, nunca oín unha voz así”.
A María se la va el gallego a borbotones cuando recuerda a su padre:
“Era galego de raza, e xa se sabe o que din, o máis parvo é bacharel, aínda que adoraba Madrid. Dábanlle medo os avións, só colleu un na súa vida, para vir á miña Primeira Comuñón. Non chegou a montar nunca no Metro, dicía que se a os actores os vían alí, perdían o seu misterio, a súa maxia. Morreu sen coñecer o Museo do Prado, cada semana dicía: “Este domingo vou...”, aínda que si nos levou a meu irmán, a min e a moitos outros, a todos. E a dar de comer aos patos do Retiro, a montar en bicicletas alugadas e ao Rastro…”
¿Cómo era fuera de la escena?
Sobre todo, un hombre bueno. Es algo que a primera vista puede parecer poco importante, pero lo es y mucho. Siempre estaba de “tournée”, como se decía antes. Un poco preocupado, me imagino que por nosotros, y casi siempre melancólico. Las personas que aspiran a algo más tienen ese pequeño halo.
Antonio Casal, corazón de cuna compostelana y tierna mirada atlántica. El cómico imprescindible que Galicia dio al cine, al teatro y a la televisión… El padre que forjó orgulloso a su hija María en el sentimiento gallego heredado, aprendido y mamado en casa. Hoy he quedado con la niña del cine-fórum de los sábados, la actriz que sangra, lucha y pervive en el implacable mundo de las candilejas, la que recibió de labios de don Antonio a súa galeguidade, la que encarna el sentido de la dignidad que permanece imborrable en los acetatos de la buena memoria de filmoteca… Pienso en estos tiempos que ya apuntan perros, muy perros, y veo de nuevo a ese fantasma alimentado por el paro, cobijando noches de champán y cotillón, alboradas de aros y horcas, de leyenda desalmada de productor…
“Las cosas han cambiado muchísimo. Ahora se nos valora más como actores. Hoy en día, los jóvenes están muy preparados gracias a la televisión, que se ha convertido en una gran escuela”.
¿Actriz por genética?
En el teatro del colegio siempre me daban el papel masculino, porque era más grande y fuerte que mis compañeras. Salía con bigote a hacer de machote. Entonces imitaba la voz de mi padre.
Que no has contestado, gallega...
Pues claro que la genética influye. El ejemplo lo tienes en mi hermano. Trabaja en una multinacional y no se dedica a esto. Sin embargo, yo lo he usado como actor en dos cortos que he escrito y dirigido… ¡Es buenísimo! Un verdadero talento de la naturalidad... Todo un cómico.
Oye, “pivón…”
Beotas, que nos conocemos…
Es que me cuesta recrear la imagen de aquella niña feucha y gordita...
Tuve una racha muy mala cuando hice la Comunión. Por suerte, al comenzar la adolescencia se me pasó.
Nos apostábamos por las esquinas para verte…
No insistas… Veo que no te acuerdas bien, porque, aparte de ser fea y gordita, llevaba gafas. Es esa edad tan mala que tenemos las niñas en que no eres ni una cosa ni otra...
Pues bien que se cabreaba tu hermano cuando te tirábamos los tejos...
Eso ya fue con el cambio, pero yo ya os tenía “fichados”.
¿Pesa ser la hija de Antonio Casal?
Por un lado te ayuda mucho, porque la gente guarda un gran recuerdo de él. Por el otro, supone la inevitable comparación con un monstruo de la escena. Yo me siento tan parecida a él… La pena es que no pude pedirle consejo, porque empecé en esto cuando él ya había fallecido...
Jamás transó con la chapuza…
Hay quien, por eso, le tomó manía y nunca me contrató. Te hablo de individuos que fueron botones cuando él los conoció y que hoy son productores… Pero son cosas que pasan… Yo lo prefiero así, porque también actuó como él…
¿A tu madre le gustó que te hicieras actriz?
Yo no quería ser actriz. Había comenzado Derecho, pero, tras fallecer mi padre, llegó un momento en que había que traer un sueldo a casa…
¿Tu primera experiencia?
Un día, paseando con mi amiga, la hija de Helenio Herrera, nos paró un señor y nos preguntó si queríamos salir en el video de una canción de Pepe Domingo Castaño…
¿Y…?
Nos pareció divertido… Nos citaron a los pocos días en la Casa de Campo. Nuestro papel fue asomar por detrás de los árboles haciendo los coros de Mariquilla bonita. Nos regalaron un perfume por nuestro trabajo...
Pero eso no era llevar un sueldo a casa…
Ay, no seas tan impaciente…
¿Saltaste al estrellato por aquel cameo?
Gracias a aquello me propusieron que hiciera las pruebas para ser azafata del Un, dos, tres. Y ahí empezó todo…
Ésa sí fue una buena escuela...
Con Chicho, en hora y media aprendías lo que es la disciplina. Hay que reconocer que tenía una vista increíble. De ese programa salimos más de treinta actrices…
¿No te estigmatizó el papel de secretaria maciza?
Y no me arrepiento, aunque sé que algunas cosas me van a quedar por hacer… La verdad, me hubiera gustado escribir y dirigir… Pero es complicado... Y para una mujer mucho más.
¿Escribir y dirigir es la clave?
Por supuesto. Cuando alguien se pone a pensar y da con las ideas, es a quien hay que pagar verdaderamente… Hasta que no nos demos cuenta de eso, todos seremos peones.
¿En qué género te hallas más cómoda?
Mi medio es la televisión, esa mezcla entre cine y teatro. Ni tiene el gesto pequeño del cine, ni ese otro grande del teatro. Es como el pan de cada día, que, si no te lo comes a tiempo, se queda duro. Para mí, la televisión es muy especial…
Hiciste también revista…
Es que no canto mal. Es otra de las cosas que heredé de mi padre. Él cantaba saetas estupendamente y bordaba la zarzuela…
¿Te preocupa el encasillamiento?
Mejor encasillarte por el papel hecho que por el que nunca hiciste. Mi padre decía que el actor se quema en casa cuando está sin trabajar. Ésta es una profesión que, si desaparece mañana, no pasa nada.
Eso no lo entiendo…
Pues que la profesión de actor no es como la de neurocirujano, que sin ellos la gente se muere…
Es María Casal, la hija del actor de la mirada de posguerra. Aquél que destacó en películas tan estupendas -¡y extrañas!- como Viaje sin destino o La torre de los siete jorobados. Ella ha sabido seguir el ejemplo. Dice que fue por necesidad, y yo me la creo… También sé que talento y vocación estaban dentro de ella, latentes… Ha consagrado su vida a la interpretación, aunque con un poco más de escepticismo, tal vez porque los tiempos han cambiado más de lo que creíamos. Nuestra cita es en el restaurante José Luis, templo de lo de siempre. Hemos compartido una cena que ya es otoñal, por estación y por tiempos de recuerdo. De amabilidad ligeramente desafiante y desconfiada, como la del boxeador antes del combate, ha fatigado las tablas interpretando a personajes como la doña Inés de Don Juan Tenorio. Ha trabajado a las órdenes de directores como Imanol Uribe o Steven Spielberg. Su popularidad le viene de series como Hospital Central o La que se avecina. La chica que pasó de las gafas gordinflonas al mármol de Canova, me gusta por su naturalidad y por esa inteligencia de no conceder demasiada importancia a la magia de la vocación. Su tributo es al saber hacer. Pese a su aparente dureza e imperturbabilidad, destila una fragilidad perfectamente domesticada. Creo que las curvas del largo y tortuoso camino del “cómico” la han hecho aprender que ser demasiado sensible tiene un alto precio en este “mondo cane”. Sin embargo, sólo hay que fijarse en cómo conmueve la mirada y cómo se le quiebra la voz al recordar a su padre…
“En La torre de los siete jorobados, una “peli” mágica, mi padre es el ejemplo vivo del actor dúctil, del perfecto tragicómico”.
Pero eso hay que sabérselo arrancar al actor…
Es cierto, tiene que pillarte un director como Edgard Neville.
Tu padre interpretó como nadie al hombre de posguerra…
Fotogénicamente hablando, tenía una cara que no se podía aguantar… Iba más allá… Te hacía reír y llorar en la misma frase… El secreto estaba en la mirada. De hecho, en él fue más importante que la palabra. Era un actor increíble…
Y un gran improvisador...
Me ha contado Mingote la anécdota de cuando llegó tarde a una obra suya. Según entró en el patio de butacas, él le soltó, en plena representación: “Bueno, vamos a empezar otra vez que ya ha llegado el señor Mingote”. Y comenzaron de nuevo la función... El bueno de Mingote me dijo que tuvo esa doble sensación de no saber si reír o llorar…
¿Por qué optó?
Por ponerse rojo como un tomate…
No paras de hablar de tu padre…
Es que de él aprendí mucho pese a que murió tan pronto... Me enseñó a ser persona, que es lo más importante que hay. Mi padre era boa xente y tenía hombría de bien, que es lo que caracteriza a quien es hombre de verdad.
Eso es algo que está en el recuerdo del colectivo común…
Muchos años después de su muerte, se me sigue acercando gente para contarme que le había dado de comer o que le había prestado un traje para hacer una prueba. Todo eso lo vimos con su ejemplo. Es algo fundamental en la vida de mi hermano y mía.
¿Y de tu madre?
Su alegría de vivir. Fue una mujer sin miedo. En eso me habría gustado salir un poco más a ella…
¡Pero si tú eres una fiera...!
Sostiene mi amigo Nacho Iglesias que soy como una leona, que sólo salgo a buscar trabajo cuando tengo hambre... Quizá me ha faltado un poco de ambición profesional…
¿Y eso…?
Me encanta mi trabajo, pero siempre he pensado que lo de ser actriz no es algo trascendente. Te hablo de una profesión superflua, como casi todo el arte. Quizá en ello es donde, en buena parte, radica su encanto.
¿Lo sabrías definir en dos palabras?
Algo efímero que, sin embargo, permanece…
¿Cómo andas de timidez?
Bastante bien, gracias. Creo que es mi obsesión por no molestar a los demás… Jamás me verás pedir algo para mí, aunque me prodigo bastante en hacerlo para otros.
¿Lloras?
Para nada, y no creas que por fortaleza, es que no me alivia. Lo veo completamente inútil.
¿Ni siquiera por rabia?
Quizá alguna vez, pero por dolor nunca.
¿Si te digo que me encanta cuando ríes?
¿No te estás poniendo un poco cursi?
Oye, que el que pregunta soy yo, princesa…
Casi todo me hace reír, hasta cuando me dices esas cosas...
¿No te gusta mi humor?
Me encanta, pero ten cuidado, que el sentido del humor está infravalorado en estos tiempos.
Pues he llegado a la conclusión de que para conquistarte tengo que sorprenderte y hacer que sonrías…
No está mal, pero sin ser “gracioso”. El sentido del humor es lo que nos ayuda en ocasiones a sobrellevar las cosas feas de la vida.
¿En qué crees?
En amigos como tú...
¿Ni siquiera en la familia?
A veces es más importante un amigo que un familiar. A los amigos los elegimos… Eso sí, debo reconocerte que a mi hermano, de no haberlo sido, le habría escogido… Estamos muy cerca el uno del otro…
¿Qué buscas en la vida?
La felicidad.
¿Qué es?
Tener un objetivo.
¿Cuál es el tuyo?
Tengo varios y ninguno muy definido... En el fondo, nada es tan importante…
¿Crees en María Casal?
Es en lo que menos creo…
Entonces…
Me encantaría tener una fe religiosa.
¿Vives al día?
El día a día es muy duro. Está lleno de pequeños obstáculos. La vida ahora no es fácil. Si se te ocurre leer un periódico cada cien años, te das cuenta de que el mundo evoluciona, pero, si lo lees cada día, te convences de que vamos para atrás.
¿Cometerías los mismos errores ahora?
¿Los mismos errores…?
¡Claro! El de no casarte conmigo… Por ejemplo…
Quizá no los mismos, pero sí parecidos. Me dedicaría a escribir más, me gusta mucho…
¿Y el amor, chica implacable…?
Creo que tiene que ver con el compañerismo…
¡Carallo! Algo es algo…
Mira que eres pertinaz, Beotas… El verdadero amor es cuando sientes la necesidad de que otra persona trascienda el momento, que vaya más allá de lo inmediato.
¿Lo que más te habría gustado?
Ser uno de esos psiquiatras que ven cómo los demás evolucionan mientras los contemplas.
¿De dónde tanto coraje para seguir en pie?
De ser como los tentetieso, esos muñequillos de las ferias que siempre se levantan si los tumbas. Es mi parte más gallega.
¿Y cada día, cuando te levantas...?
Me miro al espejo y me digo: “Hoy tampoco van a poder contigo”.
¿Galicia?
Es un sentimiento, un esfuerzo y, sobre todo, coraje.
También es supervivencia…
Por suerte, en nuestra tierra, cuando no puedes ir por una corredoria, siempre puedes tomar otra.
¿Y el pragmatismo?
Tiene que ver con la inteligencia. Los gallegos sabemos vivir la vida.
A veces, Galicia es ingrata con sus hijos.
Esa imagen es de toda España.
¿Algún sueño por cumplir?
Una secuencia con Anthony Hopkins. Imagínate: Yo, trayéndole la ropa de la tintorería y diciéndole: “Señor Hopkins, aquí está el traje azul marino”… ¡Sería fantástico!
Quien no entienda que los actores son quienes nos hacen más interesante la vida, es porque no sabe que, con su interpretación, también nos cuentan la nuestra. Allá ellos, se pierden lo más importante... Puede que María Casal, la niña que pasó de elfo a Paulina Borghese, haya entendido que la vida es interpretación: tanto firmando en el notario, como acodada en la barra de un bar… Consciente de que lo complicado está en saber dónde empieza el personaje y acaba la persona, se limita a vivir… Y no es mal papel...
Por cierto, al salir del restaurante la acompañé hasta mi coche. Tras abrir su puerta cortésmente, para que tomase asiento, vi de nuevo sus piernas… Está claro: los sueños son otra de las muchas formas que Dios tiene de hablar con nosotros… En efecto, es algo tan raro como maravilloso…
Para leer.
‘La conjura de los necios’.
Para ver.
‘Blade Runner’.
Para escuchar.
‘Träumerei’ (Schumann).
Para contemplar.
‘El jardín de las delicias’ (El Bosco).
Para admirar.
Anthony Hopkins y Amparo Rivelles.
Para cocinar.
Cocidito madrileño.
Para soñar.
Poder dedicarme a la escritura.
