Jueves 18.03.2010
| Actualizado 10.51
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Lúcido de mente y extenuado por el dolor, acaba de írsenos fray José Gómez, el obispo franciscano de la Ciudad del Sacramento. Su trayectoria pastoral se ilumina y aclara con el saludo seráfico "Paz y Bien". Así, su largo pontificado de 27 años, quedará enmarcado en el episcopologio lucense como un largo periodo de paz y de bondad fructuosa, como un prolongado regalo para su clero humilde, fraterno y generoso.
Hace pocos días aún, la ciudad de Lugo lo homenajeaba, nombrándolo hijo adoptivo y predilecto. Y oímos conmovidos su discurso, -firme la voz, serena la mirada- , impregnado de las mejores esencias franciscanas y, por supuesto, de la más pura "galeguidade"... Fueron sus palabras de despedida, "puesto ya un pie en el estribo, con las ansias de la muerte".
Tiene pleno sentido la palabra descanso cuando es punto final de un caminar largo y fatigoso. Aquí a la fatiga vino a sumarse el dolor, acrisolando su espíritu en los últimos tramos. Por eso, el fraile llegado a Lugo con las manos vacías y los pies descalzos, parte más ligero que nunca de equipaje, disminuido físicamente hasta el extremo.
La muerte aviva siempre los mejores recuerdos, y bueno será que alguna mano solícita se apresure a tomar nota de las flores concretas que al pasar, se le fueron cayendo de las manos. También en Compostela reviven los recuerdos del fraile cercano que acudía al momento a cualquier llamada. La dulzura le resbalaba por el semblante y su voz resultaba estimulante y amiga.
En sus últimos años en Santiago, se vio incluido en el organigrama de la Curia Arzobispal como Vicario Episcopal de Religiosos. Atendió especialmente a los conventos de clausura, con tacto y delicadeza verdaderamente impresionantes. Como capellán de las Mercedarias, hube de acompañarlo en su visita canónica a este convento, inspeccionando él todas las estancias de la clausura. Desde el silencio yo iba admirando su tino observador y su palabra oportuna en cada momento, lleno de señorío y humildad. Al final lo tenía bien claro: ¡Qué buen obispo haría este fraile! Estaba entonces vacante el obispado de Lugo (tardaría todavía varios meses en cubrirse), y ya fuera del convento, hablando de unas cosas y otras, me preguntó con sencillez: ¿Y qué nombres suenan para Lugo? Mi respuesta fue instantánea: Tú harías un buen obispo de Lugo. Llegado el nombramiento, respondió a mi felicitación alabándome de "profeta".