Lunes 20.04.2009
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"A raíz de la muerte de mi marido necesitaba desconectar, tener una vía de escape y no pensar siempre en lo mismo", recuerda Carmen Sendón sobre lo ocurrido hace ya una década. La conmoción por la pérdida de su compañero sólo pudo suavizarse ante un lienzo en blanco: "Únicamente dejaba de pensar cuando pintaba, me venía bien". Recuperaba además su pasión de la infancia: "De pequeña era muy apañada y el profesor nos premiaba con excursiones cuando hacíamos un dibujo bonito. ¡Cuánto viajé gracias a él!".
Con la pintura se iniciaba una nueva etapa en su vida: "Hasta entonces sólo me dedicaba a mis hijos y a mi casa, pero empecé a ir a clases de pintura con Elena Piñeiro o con Ladislao da Regueira, una persona especial y entrañable". Su gran duelo empezó a desahogarse a través de paisajes, dibujos, bodegones. Pero también tuvo que compaginar la creación con el duro trabajo, para sacar adelante a sus hijos, Geray y Adrián. Horas y horas de empleo, sobre todo en cocinas o en residencias universitarias junto a muchas otras mujeres trabajadoras.
Siempre tenía un hueco para la experimentación: "Logré compaginar el trabajo con la pintura, busqué tiempo donde no lo había, dejaba de echar la siesta o de ver la tele con tal de pintar". Se tiró épocas "trabajando sin vacaciones", hasta que por fin ha encontrado un equilibrio "para dedicarme a mis hijos y a la pintura". Armada con óleos, plumilla y carboncillo conecta con "aquellos paisajes que me dicen algo: Narahío, el coto de Segade, Covas...". Y sus retratos buscan constantemente la emoción: su hijo Geray con los cabellos confundidos con las olas, la señora Ángela inmortalizada en malvas poco antes de fallecer "y que se emocionó tanto con el cuadro que lo veía como un reconocimiento".
Viaja a todas partes portando su caballete y sus pinceles. "La queimada del coto de Segade surgió en una excursión con mis amigos y mis hijos, en una cabaña y con un otoño lluvioso", rememora. Y regresa a los horizontes vividos hace años, "con mi marido y los niños de pequeños, porque me traen paz y necesito visitarlos todos los años para oxigenarme". Cuando empezó a pintar, los niños se volcaron con ella: "Todos los cuadros les parecían obras de arte, eran mis mayores admiradores aunque de chicos se volvieron un poquito críticos". Incluso el pequeño, Adrián, que ahora tiene 22 años, la ayudaba en las primeras noches de insomnio: "Nos tirábamos los fines de semana hasta las cuatro de la madrugada, yo pintaba y él dibujaba motos con mucho volumen
y movimiento".
Con el tiempo aquellos óleos, que pueden verse ahora en el Toxos e Froles, adormecieron el terrible dolor: "Me ayudaron mucho, yo venía de un matrimonio muy bonito con mi familia como proyecto". También le dieron sabiduría: "Tengo nuevas ilusiones y aspiro a aprender cada día más". Y con la creación, ya no necesita nada más: "Vivir de esto es imposible, pero te da muchas compensaciones". Sólo quiere regresar a Navarra, "a dibujar aquellos paisajes que me impactaron cuando viajaba con mi marido". Quien sabe de dolor todo lo sabe. Y Carmen ama la vida a través de una pintura con la que regresa a los momentos más felices.
