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josefa buján rodríguez

"La soledad es el peor mal que le puede tocar a uno en esta vida"

04.11.2008  Jubilada, madre de familia emigrante en Venezuela y Suiza. Ayudó en el Hogar San José durante años a cuidar a los ancianos para dar y recibir el cariño que le negó la vida. "Vivir sin compañía te enferma, no tener a nadie con quien compartir penas y alegrías es angustioso"

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A.ARNÁIZ • LUGO

La vida no ha tratado bien a Josefa, una jubilada monfortina que pasó buena parte de su vida trabajando en la emigración, en Venezuela y Suiza.

Hoy, a sus 74 años, se lamenta de la situación de soledad en que vive. Un mal que afecta, cada día más, a un alto porcentaje de nuestros mayores. Josefa no duda en asegurar que "vivir solo es lo peor que hay, te acaba cambiando el carácter". "El cariño de los seres queridos, de otras personas, vale más que todo el dinero del mundo, sin amor no eres nadie", comenta con voz triste mientras charlamos con ella frente a un ventanal en un día lluvioso y gris.

Josefa cuenta que, de joven, ya casada y con dos hijas, allá por los años 50 del pasado siglo, su marido se fue a Venezuela a buscar trabajo. Eran años difíciles y logró salir adelante en la capital venezolana. "Al poco tiempo me reclamó y marché para allá a trabajar, sin mis hijas, que quedaron aquí con los abuelos", explica. "Montamos un bar y las cosas nos iban bastante bien y me quedé embarazada de mi tercera hija", continúa. En esa circunstancia decidió volver a España para dar a luz y con la intención de volver más adelante a Caracas con sus niñas para establecerse con su esposo.

Pero sus planes se vinieron abajo por la ruptura de la relación con su marido. "Me quedé en Monforte con mis hijas y con la ayuda de mis padres monté una frutería e iba resistiendo", apunta.

Josefa no tiró la toalla y luchó por recuperar a su marido. "Se me metió en la cabeza que si volvía a Venezuela, se quedaría conmigo", cuenta. Pero las cosas no salieron como ella esperaba. "No quiso saber nada de mí y, pese a ello, decidí quedarme allí a trabajar", cuenta, con un tono triste en su voz.

Trabajó en una empresa textil y como cocinera en la casa de una familia adinerada. Fueron tiempos duros. Finalmente, explica, "decidí volver para España y lo hice como repatriada, para que quedase constancia del abandono de hogar de mi marido". En su cabeza quedó grabado el nombre del barco en el que se vino de una tierra en la que no pudo ver cumplidos sus deseos. "Se llamaba Monserrat", rememora.

En su casa la relación con sus hijas y con su madre no marchaba todo lo bien que desearía. "Estaba aburrida de la vida", asevera. "Al final –prosigue– opté por marcharme a Suiza a trabajar y estuve desde 1970 a 1992 empleada en el hospital cantonal de Ginebra".

Aunque su hija mayor se fue para allá a trabajar y aún sigue residiendo en el país helvético, Josefa recuerda con amargura que "estaba allí sola, aburrida y decidí venirme para Monforte". "Desde el año 1993 vivo sin compañía, con ansiedad y un poco deprimida", comenta completando el curso de su historia.

"Lo peor de la soledad son las noches, te sientes angustiada y piensas que, en caso de que te pase algo, no tienes quien te eche una mano. Aunque dispongo del servicio de teleasistencia para urgencias, no es lo mismo", subraya, reflejando esa preocupación que la atenaza en un sinvivir.

Por si el destino no hubiera castigado bastante a Josefa, hace un par de años, justo el día de su cumpleaños, la atropelló un coche en un paso de peatones, causándole importantes lesiones en una pierna, de las que afortunadamente se ha recuperado.

Su vía de escape, para tratar de salir del pozo de soledad en que se encontraba, fue ayudar en el Asilo de Ancianos San José a las personas mayores. "Iba por la mañana y por la tarde a echar una mano a las monjas con los ancianos, ayudaba a darles la comida, la cena, los acostaba, cosía para ellos y los acompañaba al médico", explica con una sonrisa en la cara. "Ayudando a los ancianos te sientes útil, das cariño a personas que están solas, abandonadas y muy maltratadas por la vida y al mismo tiempo recibes su cariño y compañía, es gente muy agradecida", asegura.

De hecho, su ilusión sería irse a vivir al asilo, "pero la superiora, sor Isabel, me dice que todavía soy muy joven y que me valgo por mí misma y me anima a que viva y disfrute de la vida que tengo", dice Josefa.

En la actualidad, para estar ocupada y favorecer la relación con otras personas, participa en varias de las actividades que promueve el Centro Social de Caixa Galicia en la capital de Lemos. "Hago cestería, pintura, talleres de memoria, taichi...", relata, sin expresar mucho entusiasmo por este tipo de actividades de ocio.

Buenos deseos

El fantasma de la soledad y la falta del cariño de sus seres queridos, propiciada por las circunstancias que tuvo que pasar Josefa, como tantas otras mujeres emigradas, son dos losas pesadas que oprimen y angustian su corazón y su vida en la complicada etapa de la vejez.

No duda en afirmar que "echas de menos el cariño de la familia". "La soledad te enferma, no tener con quien hablar, compartir penas y alegrías, todo... es algo muy triste para una persona", añade Josefa.

Pese a todo, a los continuos reveses de la vida que le tocó en suerte, solo desea lo mejor para los suyos y toda la felicidad que ella no pudo tener.

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