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Corina Alina Ochiosu

"Las telenovelas y la imagen de España por TV me trajeron aquí"

17.11.2008  Inmigrante rumana afincada en Compostela. Cuando cursaba el primer año en una universidad de su país y con sólo 20 años se subió a un autobús rumbo a España. "Decepcionada y a punto de hacer las maletas de vuelta a casa, encontré a mi príncipe azul"

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MÓNICA NOGUEIRA • SANTIAGO

Una sonrisa permamente ilumina a diario el semblante de Corina Alina Ochiosu, inalterable entre el ir y venir de compostelanos y foráneos en la panadería que A Tafona tiene en O Preguntoiro. Sólo un dulce deje cantarín delata un origen ciertamente desconocido, que deja a "todos sorprendidos" cuando desvela su procedencia: su Rumanía natal.

La historia de Alina –como gustan llamarla sus amigos– bien podría servir de guión a un cuento de antiguas princesas, pero adaptado al siglo XXI. Comienza con una niñez sumida en el "terror" de la dictadura comunista de Nicolae Ceaucescu. Entre los recuerdos que guarda de aquella época, hasta los siete años –entonces "mataron" al dictador–, alguno imborrable: "No podías andar por la calle con falda, y si un mayor iba por la calle y no llevaba el carné del trabajo encima, lo metían en la cárcel". Desde sus vivencias en el seno de una familia de clase media, con "mi padre trabajando y mi madre cuidando de mi y de mis tres hermanos", evoca aquellos días en que la comida estaba racionada: "tanto de leche, tanto de azúcar .... y no había más". Eran años duros.

Alina creció en RM Vâlcea como tantas otras niñas, en medio de revueltas y cambios políticos y sociales, y andando el tiempo llegó a la universidad. Empezó a cursar lo que "aquí llamarías negocios", explica, estudios que además compaginaba con el trabajo por la noche "en una discoteca, pero muy distinta a las de aquí, porque tenía varios restaurantes de mucho lujo a los que sólo se accedía con reserva de mesa". Así se financió el curso.

Entretanto, el hermano mayor de Alina decidió hacer las maletas y buscar un futuro mejor en tierras italianas. Los frutos no se hicieron esperar y pronto "comenzó a llegar a casa dinero desde Italia". Además, esta rumana afincada en Compostela, veía que todos los que se habían marchado "volvían con coche y compraban pisos".

Corría el año 2003 y Rumanía comenzaba a abrir su frontera para los de dentro. Desde la caída del régimen dictactorial y hasta esa fecha, los rumanos sólo podían abandonar el país portando la correspondiente "visa para marchar a trabajar".

Animada por las "imágenes que se veían de España por la televisión", que dejaban apreciar lo "bien que se vivía" en este país, recuerda, junto con su afición por las telenovelas, que "seguía muchísimo y ya las entendía perfectamente", Alina no se lo pensó dos veces y, junto a una amiga, puso rumbo a España, entendiendo el idioma, aunque sin hablarlo, y "así llegué aquí". Tomó un autobús que partía "una vez por semana" desde su ciudad natal hasta Madrid y una vez en la capital española, sin más dilación, otro autocar hasta Santiago, donde estaba el hermano de su amiga de viaje y otros pocos compatriotas. "Éramos pocos rumanos aquí", porque todavía era el principio de la apertura de sus fronteras.

"Sólo venía a probar, a ver cómo me iba durante tres meses", y la primera experiencia "no fue muy positiva", reconoce. "Mis amigos me buscaron trabajo, de limpiadora, pero no tenía papeles y me pagaban mal", relata, y en esto, "decepcionada y a punto de volver" a Rumanía, "apareció mi príncipe azul". Lo suyo fue "amor a primera vista", reconoce aunque pueda parecer cursi, y añade que él –su Toño– también "me dijo: eres la chica de mi vida". Desde entonces ya no se han separado.

La familia de Toño abrió las puertas de par en par a Alina, que encontró en ella "todo el apoyo del mundo". Dejó de ser una "sin papeles" para convertirse en una trabajadora igual que cualquier gallega.

Aunque cuando Alina llegó a Santiago, los rumanos eran desconocidos para la mayoría, su condición de extranjera y, especialmente, su estatus de ilegalidad hizo que no siempre la mirasen con buenos ojos. "Mi situación cambió radicalmente cuando tuve los papeles", afirma esta joven rumana de 24 años, que mantiene contacto "semanalmente" con su familia en Rumanía. Ahora, dice, "me da pena" que sus compatriotas sean famosos por formar bandas de delincuentes y confía en que "esto pase". Entre los rumanos, como en todas partes, "hay buenos y malos, aunque yo soy de los buenos", bromea.

Como en todos los cuentos de princesas, Alina es hoy "muy feliz" junto a Toño y su "preciosa Irene", que llegó este año. La historia sigue con un: y comieron perdices, que puede ser. Lo que sí es seguro es que pan no faltará para seguir alimentando este relato de hoy.

 

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