Sábado 20.03.2010
| Actualizado 13.30
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Delia Lorenzo es miembro de Alcer Lugo. Ha recibido dos trasplantes de riñón y desde la Alcer trabaja en el asesoramiento de otros enfermos renales y en la promoción de la donación de órganos. Tiene claro que "el trasplante es un tratamiento paliativo, no curativo ni definitivo". No en vano, dice, son muchas las personas retrasplantadas.
La vida de una persona trasplantada sigue estrechamente ligada a su equipo médico. Tras la operación, explica, llegan las "revisiones médicas continuas" y el tratamiento con inmunosupresores, que hay que recoger cada 20-30 días en el centro hospitalario y que provocan efectos secundarios importantes. De hecho, señala Delia Lorenzo, estos fármacos "no se utilizan en otras enfermedades, como la psoriasis, donde sólo se reservan para los casos más graves".
Delia Lorenzo indica que durante la diálisis la mayor parte de las personas se ven obligadas a dejar de trabajar. "Entre que entras y sales son cinco horas, cinco horas cada 48 horas. Cuando sales tienes la tensión por los suelos y una sensación de agotamiento terrible. Eso no lo aguantan muchos puestos de trabajo", apunta.
Aun así, Alcer aconseja a los pacientes atrasar lo más posible el abandono del mundo laboral. "Les decimos que aguanten el mayor tiempo posible, que intenten pedir reducciones de horario... Es muy duro para las personas perder, además de su salud, su vida laboral. El entorno laboral tiene un papel fundamental en la autoestima, te proporciona un motivo para levantarte y te permite, al menos por unas horas, olvidarte de tu dependencia de la diálisis".