BENITO GARCÍA - SANTIAGO
Las olas que azotaron muelles, malecones y paseos marítimos de la costa norte y noroeste de la península ibérica la pasada semana son todo menos inéditas, ni siquiera extraordinarias, si acaso propias de la cíclica coincidencia de una serie de factores (bajas presiones, mareas vivas, marea alta, viento norte-noroeste y mar de fondo). La suma de estos produce el indeseado efecto del que todos fuimos testigos, una vez más. Sólo en la última década hemos vivido varias situaciones similares, así ocurrió unos días después del hundimiento del Prestige, cuando los días 22 y 23 de noviembre grandes masas de chapapote aparecían “depositadas” en lo alto de los acantilados de nuestra costa como consecuencia de una situación análoga. En cuanto a los desperfectos en el estético, pero poco resistente paseo marítimo, llevamos al menos media docena de sucesos que incluyeron además heridos graves.
Si a las condiciones arriba indicadas le añadimos lluvias, más o menos persistentes, las consecuencias suelen ser las cada vez más habituales inundaciones que se producen en núcleos urbanos ubicados en la costa y que son “atravesados” por ríos cuyo cauce ha sido modificado o limitado en su desembocadura (Cee, Vilagarcía, Padrón, etc…). En ambos casos lo extraordinario no es el clima (lo fácil es acordarse del “niño”, la “niña” o el cambio climático), lo extraordinario es la mano del hombre. El urbanismo de las últimas décadas ha destacado, en las grandes urbes costeras, por la modificación de los cursos de agua, por los rellenos, por ganar terreno al mar, por unir islas o penínsulas mediante la acumulación de tierras entre ellas. La fisonomía de las ciudades ha cambiado cuando sus habitantes quisieron vivir hacia el mar y no de espaldas a él; de esta forma llegó la pasión por los paseos marítimos, alguno de ellos tan endebles y carentes de resistencia como el de las citadas playas coruñesas y a unas alturas que parecen más desafiar a Neptuno que proteger a la ciudad que provocó su construcción. Llegados a la situación actual la solución pasa por la imposible utopía de volver al estado anterior o poner los medios para paliar los efectos de lo hecho por el hombre. En el caso de las inundaciones se están tomando (aunque demasiado despacio) medidas efectivas. En el de los temporales en ciudades con playas urbanas como A Coruña la solución pasa (única y desafortunadamente) por poner “tierra de por medio”, es decir, imitar la situación anterior de la línea de costa, acrecentando la playa e incluso prolongando y elevando ligeramente el lecho marino para que la ola vaya perdiendo fuerza y altura y no “reviente” contra un muro, con las consecuencias de destrucción que conlleva.
Para limitar las consecuencias de las olas, que se producen en circunstancias como las citadas, no es suficiente con levantar una duna con arena sacada de la línea de agua de la propia playa. En el caso coruñés los técnicos estiman en treinta metros de “zona seca” (media de los ciclos verano- invierno) el mínimo necesario para “aportar seguridad” al paseo coruñés. Eso supondrá una acción tan artificial (tanto para el lugar en el que se extrae como en el que se vierte) y alteradora del medio como es la importación de muchos miles de toneladas de arena procedente de otro lugar, pero es eso o el riesgo de que la próxima vez el suceso no quede en un susto y unos daños económicos.
La obra ya fue sometida hace tiempo a información pública, pero sigue sin salir a licitación. Esperemos que se ejecute antes del próximo temporal.