Martes 02.10.2007
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La octogenaria de San Xoán do Campo, cuyo hijo, un disminuido físico encamado, falleció probablemente de inanición al no recibir atención tras llevar ella varios días muerta en casa, nunca solicitó la ayuda de los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Lugo, según aseguraron ayer fuentes municipales.
Ángela Pozo González, de 81 años de edad, y su hijo Antonio Pozo Pozo, de 57, que llevaba años postrado en cama sin poder moverse debido a una enfermedad degenerativa, fueron enterrados ayer en el cementerio parroquial de San Xoán do Campo, una parroquia del rural del municipio de Lugo.
El director general del Imserso, Ángel Rodríguez Castedo, que ofreció ayer en Lugo una conferencia para explicar la legislación sobre autonomía personal y atención a personas con dependencia, aseguró que casos tan "tristes" como el de esta madre y su hijo se podrán evitar cuando se desarrolle la nueva ley porque habrá un profesional que pasará todos los días por aquellos domicilios en los que se precise ayuda.
Tenían dinero
Los cadáveres de Ángela Pozo y su hijo fueron hallados, en estado de descomposición, el pasado viernes en su casa de San Xoán do Campo. Fuentes policiales apuntan a que la anciana podría llevar muerta desde hace una semana por causas naturales y que su primogénito falleció por inanición al no poder valerse por sí mismo y no hacerse nadie cargo de su cuidado.
Contrariamente a lo que pudiera suponerse, la familia Pozo no tenía problemas económicos, ya que madre e hijo contaban con una pensión de asistencia cada uno que les cubría algo más que sus necesidades básicas y fundamentales.
Varios vecinos sospecharon que algo podía haber ocurrido al llevar días sin ver a la mujer salir de casa y sin ver el humo de la chimenea. Entonces alertaron a un sobrino de ésta, que fue quien entró en casa y halló ambos cadáveres.
Antonio Pozo Pozo había iniciado el servicio militar como voluntario, pero fue entonces cuando una enfermedad neurodegenerativa le obligó a volver a casa y con el tiempo a encontrarse en la situación en la que estaba en la actualidad.
Vivían al margen del mundo
Los vecinos de la desafortunada familia aseguran que Ángela era una mujer muy extraña. Afirman que desde que murió su marido, hará unos siete años, se encerró en su casa, levantó unos muros muy altos para aislarse del mundo y no dejaba entrar a nadie.
También señalaron estos vecinos que durante un tiempo, Ángela contó con una asistente social para que cuidara a su hijo, pero ésta le encomendaba otras tareas que no tuvieran nada que ver con la atención que precisaba su único hijo, Antonio Pozo Pozo.
Los únicos sobrinos con los que tenían relación tanto Ángela como Antonio le habían pedido a la mujer en varias ocasiones que se fuera con ellos a vivir a Lugo y que ingresara a su hijo en una residencia, oferta que la octogenaria siempre rechazó.
Ángela fue vista por última vez hará unos quince días, cuando acudió a Lugo, como hacía regularmente, para recoger las medicinas .
