Miércoles 22.04.2009
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Toda la tarde se oyeron pasar los bombos. Luego, en cosa de unos minutos, esos bombos parieron su sorpresa, como una piñata de cumpleaños. Nos encantan los bombos, y más en diciembre. Esperar qué equipos le pueden tocar a la selección de fútbol para el Mundial de Sudáfrica es una actividad de riesgo. La gente se empecina en adivinarlo todo, y, claro, no acierta. Luego siempre aparece uno que dice esta frase: "ya os lo decía yo". Son los visionarios a posteriori. Las radios y las televisiones cubrieron el evento, sobre todo Cuatro, que tenía programado un seguimiento especial. Hubo música y fiesta, documentales y elogio (justo y necesario) de África. Un Mundial no puede ser sólo un campeonato de fútbol. Pero lo que importaba de verdad era el bombo. Y las bolas. El suspense quedó colgado de la tarde como un pájaro, o cosa así, mientras se demoraba la suerte, como suele hacer. No fue un sorteo puro, que dicen los clásicos, sino un sorteo dirigido: en el buen sentido de la palabra. No nos tocó lo mejor posible, ni lo peor posible, sino todo lo contrario. O sea, lo habitual. Estos vértigos televisados nunca están muy justificados, pero sirven para llenar el día con la masa de la adivinación. Se pasa el rato.
Lo mismo ocurrirá el día 22. Claro que ahí nos jugamos cosas más personales. Una pasta gansa, en realidad. Un Mundial está bien, queda bonito, emociona mucho, crea altas dosis de tiki-taka y las envasa para nosotros al vacío. Sin embargo, conocidos los equipos, la tarde del viernes se pliega y se mete en la funda de la semana. La gente se va de puente sabiendo que nos ha tocado Chile, pero eso no va a amargar a nadie. Ahora bien: el 22 es el día del fragor de los bombos. El día de la gran revuelta numerológica. El estallido de la música del azar. Bombos de diciembre, ese alimento nutritivo.
