Martes 17.06.2008
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| El director Mario Camus, izquierda, con los protagonistas de su película ‘El prado de las estrellas’ FOTO: Nacho Gallego/EFE |
Desde hace seis años no se ponía Mario Camus delante de la cámara y lo que entonces nos ofreció, La playa de los galgos, es tan merecedor de olvido como lo visto ayer en esta 52ª Seminci en su nueva película,El prado de las estrellas, una muestra de toda la sintomatología de un cineasta agotado. El tono recargado de sus diálogos, el discurso marcadamente moral de sus historias, presente en algunas de sus mejores obras, se va acentuando con el tiempo hasta devenir aquí insoportable. El prado de las estrellas es un cargante ejercicio de "buenismo", apoyado en unos personajes que parecen adornados con un halo de santidad.
El maniqueísmo de esta película coral, en la cual sus diferentes elementos nunca casan y parecen fluir por libre es tal que el discurso de fondo, remarcado una y otra vez por si el espectador tiene un día mental perezoso, es el de que habitamos en una sociedad donde abundan los depredadores, los ambiciosos, los especuladores de la tierra y las almas. Y frente a eso, Camus opone su batallón de buenas personas (Álvaro de Luna, José María Cervino, Rodolfo Sancho...), sus seres puros, arcádicos, tan inverosímiles como sus fraseos absurdos, sus conversaciones impostadas, sus crónicas de un pueblo que llegan a la butaca como revenidas, como celuloide hijo de un realizador que ha envejecido fatal, que ha perdido, seguramente sin retorno, el control del pulso narrativo.
La acidez del Camus cronista de las penumbras de la Transición en películas del interés de Después del sueño, Sombras en una batalla o Adosados se transforma aquí en algo peor que la inocencia, en mala retórica con sabor a morajela que se enardece avisando de la importancia de los valores inmanentes de la gente sencilla del rural frente a los "tiburones de ciudad". Sólo con evitar que sus personajes no se repitiese en sus intercambios de diálogos hasta tres veces las mismas cosas, las duras dos horas de El prado de las estrellas gozarían cuando menos del atenuante de la brevedad.
Si Camus se refugia en su Cantabria patria querida, Hou-Hsiao-hsien viaja de China a París para homenajear a Albert Lamorisse y a su mítico mediometraje de niño con globo Le ballon rouge.
Algo de diletante, de autocomplaciente
Hay algo de diletante, de autocomplaciente, en este ejercicio de afrancesamiento de Hou-Hsiao-Hsien. Uno echa de menos que, además de la perspectiva caballera del globo rojo, otras miradas se filtren de manera más clara en la historia .
