Miércoles 22.04.2009
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Javier Corcobado sólo esquía inviernos de papel. No hay foto suya zigzagueando sobre la espalda de una montaña pero sabe mucho de pelearse con la oscuridad aunque su esgrima salga de una mirada mascarada de canciones. Ignoro qué música escuchan Jon Santacana y Miguel Galindo pero comparten algo con Corcobado, asumen idéntico riesgo aunque su invierno sea otro. Todos ellos agarran los bastones del empeño para dejar atrás túneles imprevistos, practicando un deporte que nunca será olímpico.
El ministro de Industria, Miguel Sebastián, bien podría recibir a Santacana y Molina. Aparte de traerse una medalla de los recientes juegos Paralímpicos de Vancouver (Canadá), son un gran ejemplo de eficacia en I + D en el país de Europa que menos euros destina a esquiar esa ladera presupuestaria.
Miguel desciende como guía y los demonios de Jon, que no son otra cosa que ojos viendo menos de que lo pide su deseo... acaban convertidos en ángeles de vuelo blanco que traducen el querer en poder. La magia de ese fenómeno no es ningún renglón escrito en el aire, es un logro compartido hijo de dos mil diez horas de trabajo a cuatro manos, labor afianzada por la tecnología.
Según explicaron en un informativo, empezaron usando una técnica que permitía que Miguel hablase y Jon escuchase mientras bajaban como rayos serpenteando puertas abiertas con llave de esfuerzo pero su anhelo se emperró un poco más. Investigaron desde su modestia hasta incorporar un sistema bluetooth con radio de alcance suficiente para permitirles conversar a dos voces tocados con sendos micrófonos y pinganillos.
Tras probar con solvencia su sistema, el noventa por ciento de los participantes lo fue secundando poco a poco. Es otra demostración de cómo se perpetúa la quijotesca línea de investigación en este sur europeo, aquí donde van naciendo brotes verdes de creatividad regada en medio del jardín de los imposibles.
En la reciente retransmisión de la gala de los galardones musicales de la SGAE, Corbobado recibió un trofeo que casi logra quebrar su clásico escepticismo.Detrás de un rictus algo estupefacto, al abrirse el micro, dijo... "Es el primer premio que me dan".
Su frase es un modo como cualquier otro de maldecir que... ¡demonios!, nadie se acostumbra a estar años y años cantando o esquiando en el desierto.
