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[Noticia 1 de 1] Gente y comunicación| sociedad@elcorreogallego.es

RODRIGO CORTÉS, director de cine

“Mejor estar haciendo ataúdes que rellenándolos”

05.03.2010 

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ESTA BOCA ES MÍA POR ROBERTO G. MÉNDEZ

Sin duda. Sin duda, o qué duda cabe, que diría Arsenio Iglesias. Sin duda, qué duda cabe, que diría Arsenio Iglesias, o nos ha jodío, que decía don Felipe, mi profesor de Filosofía, pero no como taco coloquializado, sino como línea de pensamiento. Mejor estar haciendo ataúdes que rellenándolos, en los tres casos. Lo que ocurre es que una cosa no quita la otra. Más bien la precede. Uno empieza haciendo ataúdes y termina ocupando uno, casi indefectiblemente. Uno empieza no haciendo ataúdes y termina ocupando otro, de la misma manera. Amenábar acaba de gastarse 50 millones de euros para explicar esto mismo, pero en la Alejandría del siglo IV: hay más cosas que nos unen de las que nos separan. Por ejemplo, el ataúd hacia el que nos dirigimos. Estaría bien tener 50 millones de euros para entretener el trayecto, como Amenábar para hacer su película, pero esa ya es otra cuestión. A la que estamos es a que Rodrigo Cortés, que nació en Pazos Hermos, Ourense, hace 37 años, triunfó en la última edición del Festival de Sundance con Buried, una película sobre un contratista que trabaja en Irak y que se despierta dentro de un ataúd con un mechero, un móvil y una cuenta atrás de 90 minutos antes de que se agote el oxígeno, así que cuando Paula Bouzas, en el El País, hizo notar a Cortés la coincidencia de que O Ribeiro, su comarca natal, sea una de las más tradicionales de España en la producción, precisamente, de ataúdes, el director se rió, leo que sorprendido, y dijo lo que les decía: mejor estar haciéndolos que rellenándolos. Y no es que una cosa aplace la otra, no les quiero insistir: es que por lo menos, mientras dura, la imposibilita, que es también el motivo por el que escribe más de un escritor, por el que canta más de un cantante, por el que corre más de un idiota, a lo mejor yo mismo, si me he levantado pronto: porque mientras se escribe, se canta, se echan las tripas por la boca, no se puede estar muerto.

Por lo demás, extraña que un móvil no tenga cobertura en mi garaje y la tenga dentro de un ataúd en mitad del desierto, pero esto ya es ponerse puñetero, porque mi móvil es una mierda, en el desierto y aquí, y mi garaje una pequeña catacumba, y porque ni siquiera he visto la película de Rodrigo Cortés, por lo que existe un elevado porcentaje de probabilidades de que me esté columpiando y de que cualquier cosa que diga pueda ser utilizada en mi contra en una página web, al igual que cualquier otra cosa que no diga, con la suerte que tengo. Las páginas web son estupendas, amigos míos. Sirven, entre otras muchas cosas, para poner a la gente de vuelta y media por lo que es y por lo que no es, por lo que opina y por lo que no opina, porque está a favor y porque está en contra, y no hay mejor escuela que esa para aprender a quererse a uno mismo. Para aprender a quererse a uno mismo o para saltar por la ventana, lo que pase primero.

Pero hablábamos de ataúdes, valga la redundancia. Ya los fabrican, seguro que saben, con timbre y línea interior, por si apetece salir un rato, se esperan llamadas o a uno lo entierran vivo, que era la posibilidad que tenía aterrado a Wilkie Collins, el escritor británico amigo de Dickens, a ratos mejor que él, que por eso llevaba siempre en el bolsillo una nota en la que suplicaba a cualquiera que lo encontrase con aparentes signos de fallecimiento que antes de tomar ninguna decisión precipitada, como buscarle piso a dos metros bajo tierra e instalarlo allí, consultase, por favor, a un médico.

La historia de Buried es distinta. Se entiende que al protagonista lo entierran vivo a propósito, para que vaya muriendo, y por eso el mechero, para que lo vea, y por eso el móvil: para que llame a cualquier servicio de atención al cliente, si quiere acelerarlo.

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