Jueves 26.02.2009
Hemeroteca web
|
RSS
Por lo demás, extraña que un móvil no tenga cobertura en mi garaje y la tenga dentro de un ataúd en mitad del desierto, pero esto ya es ponerse puñetero, porque mi móvil es una mierda, en el desierto y aquí, y mi garaje una pequeña catacumba, y porque ni siquiera he visto la película de Rodrigo Cortés, por lo que existe un elevado porcentaje de probabilidades de que me esté columpiando y de que cualquier cosa que diga pueda ser utilizada en mi contra en una página web, al igual que cualquier otra cosa que no diga, con la suerte que tengo. Las páginas web son estupendas, amigos míos. Sirven, entre otras muchas cosas, para poner a la gente de vuelta y media por lo que es y por lo que no es, por lo que opina y por lo que no opina, porque está a favor y porque está en contra, y no hay mejor escuela que esa para aprender a quererse a uno mismo. Para aprender a quererse a uno mismo o para saltar por la ventana, lo que pase primero.
Pero hablábamos de ataúdes, valga la redundancia. Ya los fabrican, seguro que saben, con timbre y línea interior, por si apetece salir un rato, se esperan llamadas o a uno lo entierran vivo, que era la posibilidad que tenía aterrado a Wilkie Collins, el escritor británico amigo de Dickens, a ratos mejor que él, que por eso llevaba siempre en el bolsillo una nota en la que suplicaba a cualquiera que lo encontrase con aparentes signos de fallecimiento que antes de tomar ninguna decisión precipitada, como buscarle piso a dos metros bajo tierra e instalarlo allí, consultase, por favor, a un médico.
La historia de Buried es distinta. Se entiende que al protagonista lo entierran vivo a propósito, para que vaya muriendo, y por eso el mechero, para que lo vea, y por eso el móvil: para que llame a cualquier servicio de atención al cliente, si quiere acelerarlo.
