Martes 17.06.2008
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| Suárez, centro, con A. Sánchez Gijón, izq., Alberto Jiménez, Bárbara Goenaga, Carmelo Gómez y Verdú FOTO: Nacho Gallego/Efe |
En un tiempo en el cual cada jornada de un festival suele medirse en el grado superlativo de aburrimiento o cabreo, esta Seminci da sus primeros pasos malacotumbrándonos a cine elegante, bañado en inteligencia, en sutileza, en reconciliación con el hecho de disfrutar desde la butaca en uno de estos certámenes cada día más temibles.
Como esta bonanza resulta algo tan inhabitual, se notaba este sábado cierto grado de euforia contenida entre la crítica aquí presente después de asistir a la exquisita extensión del universo de Won Kar-wai a los Estados Unidos y su star-system en My blueberry nights y, acto seguido, al renacer de un cineasta español largo tiempo aletargado y que nos sorprendió con un golpe de vitalidad, de mala leche, de bagaje de autor, el de Gonzalo Suárez en su ácida, ditirámbica, divertidísima farsa Oviedo Express.Después de haber visto el celuloide semimuerto, amojamado, bañado en
corrección política que el Festival de San Sebastián seleccionó este año de la producción nacional (las anodinas mataharis, las mustias mesas de billar francés), presenciar la valentía, el sentido del riesgo que un veterano como Gonzalo Suárez despliega en Oviedo Express, frente a las jóvenes y ya taimadas Icíar Bollaín o Gracia Querejeta, es toda una lección de puntos. Con un guión escrito por el propio director, Oviedo Express se plantea como un vodevil, una comedia de enredo que casi siempre sale con bien de los intrincados vericuetos en los que se va metiendo.Los líos de alcoba de Aitana Sánchez-Gijón, Carmelo Gómez, Maribel Verdú, Bárbara Goenaga o Jorge Sanz, todos ellos eminentes, se desarrollan con el trasfondo de una representación de La regenta que Suárez utiliza para su juego de espejos entre diferentes magnitudes, la del teatro, la de la seducción galante, la de la política, en una vorágine que sabe ir a más y adelantarse muchas veces al propio espectador, en la línea de la alta comedia.
Armonía y trabajo coral
No todo es redondo en ese tiovivo de fingimientos, pero los momentos de altibajo o los golpes de humor resueltos con menor acierto son los menos y no empañan la armonía de este acto de cine coral con una dificultad de elaboración insólita en nuestro cine. Es, en este sentido, Oviedo Express un círculo casi perfecto que irradia casi continuas ráfagas de humor certero, con sabor incontaminado a cine, sin el contagio de la epidemia de las comedias de situación. Y al tiempo que con ella se celebra el retorno de Gonzalo Suárez, hay que pensar que su película deberá estar en el palmarés.Muy esperada en este festival era la traslación de Won Kar-wai y su intransferible universo estético-emocional a los Estados Unidos en My blueberry nights, estrenada en Cannes en medio de despiadadas valoraciones de la crítica. Unos palos en modo alguno justificados cuando lo que el realizador chino ofrece en su película es un acto de ceñida fidelidad a sí mismo. Si se quiere, fidelidad en exceso porque My blueberry nights está preñada de autohomenajes, de concesiones a sí mismo y a su grada (ese exceso de utilización de la cámara lenta, o de guiños complacientes), pero a ellos se sobrepone el arrebatador poderío de composición de secuencias, de dominio de una estética propia que posee Won Kar-wai y que aquí vuelve a estallar en un encadenado de cuatro historias de desamor, con Norah Jones y su elección por la tarta de arándanos como actriz puente entre los corazones rotos de Jude Law, Rachel Weisz, Rachel Portman, David Stratahirn y ella misma. Y la suerte de viaje a ninguna parte de este personaje femenino, de huida hacia adelante, de road-movie de puro azar musicado por Ry Cooder va llevándonos por las curvas de estos desgarros del querer, sublimes en algún caso, superficiales en otros pero siempre con la marca de la casa de uno de los más grandes narradores de la pasión en una pantalla de este siglo.
También a concurso
Ha competido también en esta primera jornada de proyecciones del festival de Valladolid la cinta Bushi no ichibun (Amor y honor), donde el japonés Yoji Yamada presenta una dolorosa historia de amor ambientada en el Japón feudal que mezcla los valores propios de los samuráis como la defensa de su honor, la integridad y la fidelidad a sus principios, con el más fiel reflejo de la tradición japonesa. Bushi no ichibun, última entrega de una trilogía que completan El ocaso del samurái (2002) y la Espada oculta (2004), relata la vida de un samurái al servicio de un señor feudal en el Japón medieval.
