Lunes 22.12.2008
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Me entero por terceros de que ha terminado la décima edición de Gran hermano (GH) con más éxito de audiencia que la anterior. Yo, que hace tiempo que me quité del morbazo del caseto que monta Telecinco, comprendo al personal enganchado a esas vidas de los otros televisadas. Tal y como está la realidad, esta ficción, ese teatrillo de sofá, me parece una manera cómoda de huir. Hay incluso un canal dedicado íntegramente a GH en la televisión digital, y a veces pasaba por allí, mientras veía alguna película de madrugada, para comprobar que todos estaban dormiditos en sus lindas camitas. Mucho mejor que durante el día, cuando se desataban las pasiones, los celos, los enfados domésticos y los morbos cutres. Pero son bastantes los programas que ganarían con menos verborrea. En medio de las parrillas con escasa imaginación, Gran hermano viene a ser una ensalada de vidas cruzadas en las que una gallina, una fregona o unos huevos fritos pueden resultar decisivos. Supongo que el personal apuesta en la intimidad de su hogar por alguno de los concursantes, y, si ese concursante gana, se dará un homenaje y se sentirá realizado. Contemplar la vida de los otros, aunque sea a través de una telerrealidad irreal y teatrera, sigue dando mucho morbo.
No es por comparar, pero la vida interior de la Casa Blanca también levanta pasiones. Vi en alguna parte todo lo que no vimos el día de la toma de posesión de Obama. Algo así como el making of. Antes estas cosas no se mostraban, pero la televisión adora las tomas falsas, los descartes (siempre tan filosóficos), y en este plan. Muchos programas emiten también lo que no incluyeron en la versión final: hasta lo hace José Mota, en su nuevo espacio de humor. A menudo me hace más gracia la toma fallida que la correcta. También en lo de Obama noté más realismo en el making of: aparecía Obama preparando el discurso, calzando zapatillas de deporte y corbata, simultáneamente. O practicando con su mujer la escena del juramento (que luego solo salió regular?) Encantador. Nos entusiasma la intrahistoria: porque a menudo, nos parece menos contaminada, más auténtica. La Historia suele depender de un guión férreo. O de un teleprompter.
