Martes 17.06.2008
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| Carlos Bardem, izq., Maribel Verdú y Rodrigo Plá, ayer en la Seminci FOTO: Nacho Gallego/Efe |
Viene sucediendo desde que esta sobrecogedora película de Rodrigo Plá, La zona, arrasó en Venecia. Allí, surgiendo de la nada, se llevó el valioso León del Futuro para jóvenes realizadores. Y la ola continuó creciendo en Toronto, donde este filme mexicano con participación española recogió el Premio del Jurado. La onda expansiva de esta película produjo ayer aquí, en su pase de prensa en el Teatro Calderón, una nueva convulsión de la misma manera que, seguramente, lo hará cuando inaugure Cineuropa el próximo día 6 de noviembre. Estamos en presencia de una de esas obras ante la que no hace falta una elevada perspectiva de futuro para saber que va a convertirse, en breve, en un film sobre el cual habrá que volver una y otra vez cuando se hable del cine que mejor expresa la brutalidad de la sociedad dual, la crueldad de la autodefensa, especialmente en países en donde el desfase entre las jaulas de oro en donde habitan las clases pudientes y la miseria que anida justo bajo sus muros electrificados es tan intolerable que hace quimérica, ficticia, la posibilidad de la convivencia, de la vida normalizada.
Una vuelta al calcetín
La zona, a partir de un cuento de Laura Santillo, propone una perversa vuelta del calcetín a la situación habitual del ciudadano en peligro ante el delincuente. Aquí es un marginal el que, en un varapalo del azar, acaba metido en la ratonera de los hombres ricos, atrapado en una urbanización de lujo que se rige por sus propias normas y no duda en organizar su cacería al margen de la ley. La forma en la cual Rodrigo Plá va mostrando como algo normal una razzia en la cual familias enteras devienen jauría humana, dispuesta a linchar con premeditación a un adolescente, está ajustada de tal forma que el horror creciente va reservando a cada paso un nuevo crimen social (la corrupción policial, la conversión de la clase alta en masa homicida) que atrapa en la butaca por el cuello y sacude las conciencias sin necesidad de efectismos, con medida frialdad (recuerden Furia, de Fritz Lang), hasta desembocar en uno de esos estallidos de salvajismo que conmociona y deja inyectadas en la retina sus imágenes hasta que, seguramente por mucho tiempo, se aposenten en la mente. Estamos, pues, ante un cine con categoría de inmanente que, y es una lástima, no podrá optar en la Seminci a premio alguno porque la bola de nieve de La zona comenzó a rodar hace tan poco tiempo que en este festival aparecía primero relegada a una sección secundaria, y sólo la fuerza del eco que comenzó a llegar de Venecia, acabó por llevarla aquí a la sección oficial pero incomprensiblemente fuera de concurso.
Una buena racha
La buena racha de esta 52 Seminci continúa porque la jornada nos deparó además, esta vez en competición, la buena noticia del retorno de Ermanno Olmi, el mítico autor de El árbol de los zuecos quien, con Cien clavos, retoma ese mundo que con tan singular sensibilidad maneja, el de la Italia profunda, campesina, esta vez un grupo de gente que vive en la ribera del Po y está a punto de ser desalojada.
Olmi filma como lo hacía hace treinta años, con un estilo si se quiere algo tosco pero que, en su desnudez encierra un lirismo depurado, un tono arcádico que destila cine de una belleza epatante, que desarma y que hace olvidar algunas flaquezas narrativas del film.
Excelente acogida a "The band"s visit"
También pasó con excelente acogida, de forma que suena también para algún premio, la israelí The Band"s visit, en la que Eran Kolirin describe, en tono de comedia, el ajetreado viaje de una banda de música egipcia hasta una remota población del desierto israelí .
