Lunes 22.12.2008
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La peculiar narrativa de Antonia J. Corrales alcanza en esta novela su lado más intimista, quizás el terreno en el que mejor se desenvuelve. Bien es cierto que su anterior novela, La décima clave (MR), escrita bajo unos parámetros totalmente diferentes a esta obra, alcanzó una notable difusión: pero Antonia J. Corrales es una autora de personajes, inspirados, probablemente, en su propia realidad. Hay un gusto especial por aprehender los sentimientos, por capturar las sensaciones y por extender, como si fuera el alimento de los días, la pasión de la vida sobre la hoja en blanco.
Es verdad que la autora, a la ahora de perseguir este propósito, se muestra más intensa y decidida en unos capítulos que en otros, pero, en conjunto, los personajes crecen con ella, o han llegado ya crecidos al inicio de la narración. Esta es una novela de mujeres, si queremos ponerle una etiqueta: mujeres con sus vidas cruzadas y encontradas, que, como se ha apuntado también, parecen reunirse dentro del espíritu de una sola mujer. Corrales parece creer en el destino, en la energía que nos arrastra. Pero también cree en el gran poder femenino, que aflora sin cesar en un texto en el que, sin embargo, no falta el lado trágico. Uno tiene la sensación de que, en ocasiones, la narradora se preocupa demasiado de la construcción psicológica de los personajes, sin duda su máximo interés. Con todo, no faltan las pinceladas de humor, y algunos momentos de lirismo bien conseguidos. La desventura, la soledad, el destino, y, por supuesto, la muerte, forman el tejido de esta novela, cuyo argumento parece tener la autora a flor de piel. Un poso de amargura acompaña su lectura, quizás porque la vida es una historia que, inexorablemente, siempre termina mal. / M. Giráldez
