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EL FUTURO YA NO ES LO QUE ERA

El destino de los genes

Es ésta ciencia ficción en puridad, ya que acomete una trama apoyada en una suposición científica, imposible de desarrollar si no es basada en esa suposición científica. ‘Gattaca’ se sitúa en un ‘no muy distante futuro’ para hablarnos de una vieja pero actual discusión filosófica

ALEJANDRA JUNO  | 14.01.2007 
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Cartel promocional de la película

En este filme, Andrew Niccol, guionista y director de Gattaca, retrata a una sociedad en la que la investigación ha dado lugar a transhumanos, cuya configuración genética es alterada desde el momento mismo de su concepción con el objeto de crear superhombres y supermujeres. Son los válidos. No tienen cualidades suprahumanas, pero poseen lo mejor de los humanos: inteligencias superdotadas y físicos perfectos. Además de ello, toda tara como enfermedades hereditarias, obesidad, calvicie y otras muchas son eliminadas de raíz en la cocina genética. Frente a ellos se encuentran los no válidos, también conocidos como Hijos de Dios o Nacidos por fe, aquellos miembros cuya configuración biológica aún ha dependido del azar (único cauce existente hasta hace muy poco), y que conforman una nueva clase baja en la que un redefinido componente de la sangre vuelve a serlo todo. El genoma se convierte así en una especie de currículum vítae que abre y cierra puertas por igual. No es ésta una idea nueva, pues en nuestro mundo actual y no tan actual el mismo físico cualifica o descarta tajantemente para muy diferentes profesiones, independientemente de la voluntad, la ilusión o el esfuerzo. La diferencia con lo que nos propone Niccol es que en este caso la posibilidad no nacería de la aceptada casualidad.

Lo primero que nos propone esta película es el debate identitario primario, presente incluso en la infancia: ¿qué es el yo? y, ¿dónde se establecen los límites del yo? ¿Yo resido en mi pensamiento o por el contrario yo soy la suma de mi psique y de mi cuerpo? ¿Es mi entendimiento una consecuencia de mi materia o está por encima de ella? ¿En caso de perder parte de mis atributos físicos o mentales sigo siendo yo, o esa realidad cambia? (cuestión sustancial ésta última muy en boga y base de debates contemporáneos como el de la eutanasia). Al hilo de esta consideración sobre quién soy yo, lo que también define cómo nos juzga el mundo, surge la clásica discusión entre monistas y dualistas, piedra angular de Gattaca. Para los monistas existe una única sustancia, un único principio que compone el universo, mientras que los dualistas propugnan la existencia de dos o más principios. Referido al tema cuerpo- mente, ya Platón se configura como un dualista que distingue como realidades independientes estas dos entidades, mientras que Aristóteles se decanta por una única sustancia inspiradora. Ahora bien, es un conocimiento básico en todo ser humano distinguir de forma intuitiva los diferentes procesos del cuerpo y de la mente, y es por ello que el dualismo ha sido canónico en nuestra cultura hasta hace bien poco (ayudado sin lugar a dudas por el cristianismo, que establece una clara distinción entre ambos, y que crea nuestro tradicional concepto de yo basado en la supuesta existencia de un alma inmaterial). Es justamente la investigación biológica, psiquiátrica y, sobre todo, genética, la que empieza a empujar nuestra filosofía hacia un monismo materialista. Todo en el mundo, también el ser humano, estaría conformado únicamente por materia resultando por lo tanto todo un proceso material, incluidos los estados mentales.

El mundo de Gattaca es claramente monista. La materia es reina y señora de la creación, y no hay lugar para la vivencia inmaterial. El límite está marcado por los dictados genéticos y cada individuo está predestinado a ocupar el lugar que esos mismos dictados imponen. Pero en este panorama aparece Vincent, un hijo de Dios, poseedor de un físico muy limitado, aunque dotado de una voluntad férrea. Vincent quiere ser astronauta, pero no importa cuanto estudie o entrene, su genoma le impide automáticamente la entrada en los procesos de adiestramiento, enclaustrándole en los servicios de limpieza. Por ello, Vincent asume la identidad genética de un válido (confinado a una silla de ruedas a causa de un accidente), y se convierte en un escalón prestado, expresión referida al ascenso social que implica tener la configuración genética correcta. Una vez dentro de Gattaca, esta ficcional NASA, Vincent demuestra que es mejor y más capaz que el resto de los aspirantes. Niccol se decanta claramente a favor del dualismo mente-cuerpo, porque según su visión solamente en él puede perdurar el concepto de libre albedrío que nos es tan propio y que defiende que los seres humanos tienen el poder de elegir y de tomar sus propias decisiones. Esta capacidad está basada en gran parte en la existencia de la incertidumbre sobre lo que podemos dar de nosotros mismos, y en la creencia en que no existen límites para ello, experiencias que alimentan nuestra esperanza. Si Dios representaba hasta este momento la codificación de ese azar inexpugnable a la hora de conformar la realidad humana, los posibles avances en investigación genética podrían sustituir esa idea de armonía y potencialidad indescifrable, y desde el momento mismo del nacimiento determinar en gran parte cuáles serían las únicas posibles decisiones del individuo. Ante este posible futuro presentado en Gattaca, preferimos seguir pensando, como sostiene esta excelente película, que "no hay un gen para el espíritu humano" y que "no hay un gen del destino".