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La Rosa de los Vientos

Barbudo, de Peñaranda de Bracamonte

20.08.2007

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POR XURXO FERNÁNDEZ

Pepín Liria, tras una de esas faenas magníficas que le valieron dos orejas, en la de Pontevedra el pasado 12 de agosto. Tras clavar el estoque hasta el mango, recurre, muy a su pesar, al descabello
Pepín Liria, tras una de esas faenas magníficas que le valieron dos orejas, en la de Pontevedra el pasado 12 de agosto. Tras clavar el estoque hasta el mango, recurre, muy a su pesar, al descabello
El riquísimo, casi infinito mundo del toreo, tiene la virtud de recordar todos los nombres. No sólo de los toreros, que han ejercido y ejercen uno de los artes mayores que el hombre pueda acometer. También se guardan en los archivos de esa memoria avisada de los espectadores, de los críticos o de los cronistas, los apelativos por los que se dieron a conocer los grandes, épicos y hermosos toros que triunfaron, al mismo nivel que sus oponentes, en todas las plazas conocidas.

Camilo José Cela comentaba, en su tomo autobiográfico La Rosa, publicado originalmente en Áncora y Delfín, de Destino, que él había nacido un siglo y un día después de que el toro Barbudo, de una ganadería de Peñaranda de Bracamonte –posiblemente la de los Peña, que hace años ejercen de mandatarios mayores en campos tan complejos como el del jamón, pero que siguen con sus dehesas viento en popa y a toda vela–, acabase con la vida de Pepe Hillo, torero mayor de la época, al que Francisco de Goya y Lucientes dedicó parte de sus mejores planchas de la Tauromaquia. Entre otras cosas, porque el bueno de Goya tenía en Pepe a un gran amigo, y porque, además, perteneció a su cuadrilla.

En el grabado F de esa obra magistral, que Don Francisco, que era muy maniático, descartó de la primera edición de la Tauromaquia porque no acababa de convencerle el mordido de la plancha, se ve perfectamente cómo, en un detalle que no habrá de medir más de un par de centímetros cuadrados, el propio Goya está autorretratado, detrás de la barrera, mirando pasmado cómo el hermoso animal salmantino cercena la vida de su colega, maestro y amigo. Cómo lo iza; en ese momento, su cuerpo es como un guiñapo o una marioneta; acaba con él, tras dos volteretas, doblemente empitonado y desmembrado, en tierra.Lo sé. Es terrible. Por algo así es por lo que tenemos la certeza de que el toreo es, exactamente, el antiguo ritual que nos queda. Nos une a Creta, y, por extensión, a todas las culturas del Mediterráneo. Siendo atlánticos, no podemos dejar de ser parientes de esos pueblos con una riqueza cultural trufada de los sabores magníficos y antiguos de Grecia, de Arabia –somos una extensión de Al-Ándalus; y si no se lo creen, háganme el favor de leer a

Ibn-Arabí de Murcia–, de la antigua Roma.

También nos sabemos deudores de la máxima del Panem et Circenses. En la época más cruenta del circo romano, reinaba la Paz Octaviana. Pero eso sería entrar en una discusión prolija y, tal vez, inútil.

 

v PONTEVEDRA, HOY. Galicia siempre ha sido taurina. A Coruña tenía una plaza magnífica. Por aquellas cosas de la especulación, acabó desapareciendo. Uno la recuerda de muy pequeño. Mi abuela nos llevaba a los críos a los toros. El Coliseum actual es producto de la indecisión. Creo recordar que iba a tener la posibilidad de una cubierta móvil. No fue así.

Pontevedra es nuestro coso emblemático. Uno ha visto ahí alguna de las mejores faenas de una vida entera. Tiene un ambiente consolidado, producto de un buen hacer centenario. Y eso, queridos amigos, se nota.

En estos últimos años, he tenido la posibilidad de asistir con cierta frecuencia a las tardes de la capital del Lérez. Siempre fue grato ver a las peñas inocular alegría a un público visitante que podía proceder de cualquier parte del planeta (uno recuerda con especial cariño a Anthony Quinn y a su hijo Lorenzo, justo cuando nos enteramos de que la primera escultura que iba a adornar la Luna era suya).

Lo de este último año, como lo de los anteriores, ha sido notabilísimo. Por segunda vez en esta plaza, Pepín Liria se coronó, como lo hicieron los Victorinos que salieron al ruedo. Por cierto: me gustó Director, que se portó como debe ser: con garbo, con elegancia, con salero, con dignidad. Qué duda cabe: él es de la casta de Avispado, desde luego; pero también de Barbudo, el de Peñaranda de Bracamonte.

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