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María, el drama de una colombiana que no quería recolectar café

Llegó a España hace 17 años con el gancho de un contrato de trabajo que no existía // Vive en Santiago y asiste a las clases de alfabetización de Cruz Roja

María, de espaldas, con Madalena, la voluntaria que imparte las clases de alfabetización en la sede de Cruz Vermella en Compostela - FOTO: RAMÓN ESCUREDO
María, de espaldas, con Madalena, la voluntaria que imparte las clases de alfabetización en la sede de Cruz Vermella en Compostela - FOTO: RAMÓN ESCUREDO

ELVA OTERO. SANTIAGO  | 09.03.2017 
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Hoy toca la t. En mayúscula, en minúscula y también bailando con otras letras. El lápiz no se desvía. Los trazos son perfectos. Encima de la mesa hay varias fichas de caligrafía para adultos. María (nombre ficticio) es la alumna aventajada de las clases de alfabetización que Cruz Roja Santiago organiza para inmigrantes que quieren regularizar su situación en España. “Es un caso asombroso. Mi objetivo es que el año que viene vaya al instituto”, cuenta Madalena. Farmacéutica de profesión y funcionaria de la Xunta, hace ya algún tiempo que decidió compartir su tiempo libre con los demás y se convirtió en voluntaria de la organización humanitaria. “Aunque no sabe leer, María es muy culta. Por eso soy muy exigente con ella. No quiero que nadie la humille nunca más”, continúa. Es su protegida y, para que siga sumando progresos, desde el pasado otoño Madalena queda con ella cada martes por la tarde, fuera del calendario de clase. María limpia en una casa y su horario de trabajo le impide asistir a las sesiones de grupo.

“Me da mucha vergüenza reconocer que no sé leer. Madalena me motiva”, celebra la joven. De origen colombiano y madre de una adolescente de 16 años, tiene una meta clara: superar el examen que le permita obtener la nacionalidad y agrupar a su hija. Ganas no le faltan. Repasa el abecedario hasta la madrugada, echa mano de Internet para corregir errores y convierte cualquiera de sus tareas cotidianas en un juego de aprendizaje. Cuando cultiva la huerta, hace y deshace pequeños montones de tierra para sumar y restar. “No creo que tenga ningún problema con el cálculo”, añade la voluntaria.

María sonríe. Mira al futuro con optimismo. Es un ejemplo de superación y de fuerza. Las lágrimas asoman en su rostro con los malos recuerdos del pasado. En Colombia vivía sometida a las órdenes de una tía autoritaria. Mientras sus hermanos y sus primos iban al colegio y aprendían a leer, a ella la obligaban a recolectar café en el campo. “No me gustaba nada, pero en casa me decían que no servía para otra cosa”, relata. Alguien del barrio que trabajaba en España la convenció para cruzar el Atlántico en busca de nuevas oportunidades. “Me mandaron una oferta de empleo y me dijeron que no hacía falta visado”, recuerda. Tenía 20 años. Hizo las maletas y se instaló en Palencia. María ignoraba que se había metido en un callejón sin salida. El contrato que le habían prometido no existía. No tenía papeles y además no sabía leer. En aquella casa estuvo interna 17 años. “Solo me dejaban descansar el domingo por la tarde”, narra con cabizbaja. Las cosas empeoraron cuando se puso enferma. “Me querían cobrar la hospitalización y descontármela del precio del pasaje”, continúa. Le pagaban una cantidad muy inferior al salario mínimo interprofesional. “Ganaba 15.000 pesetas y era feliz. Lo enviaba casi todo para mi país para que cuidaran a mi hija”.

Una joven ecuatoriana que conoció durante su convalecencia le abrió los ojos. “Me dijo que, en España, la sanidad pública no cobraba ni por el ingreso hospitalario ni por las medicinas”, lamenta. Fue su salvadora. Le dio cobijo mientras se recuperaba y buscaba otras alternativas. “He dado con todo tipo de gente. Lo único malo es que nunca quieren pagar la Seguridad Social”, prosigue.

Hace una década llegó a Compostela para cuidar a una persona mayor. Venía con una carta de recomendación de alguien de Palencia. Conoció a su actual pareja y por fin pudo traer a su hija. Estabilizada su situación, decidió que era el momento de afrontar sus miedos y aprender a leer y a escribir. Desde el pasado octubre acude cada semana al edificio que Cruz Roja Santiago tiene en la avenida de Lugo 42 para participar en los cursos de alfabetización. “El primer día me dio mucha vergüenza. Quería salir y no volver a entrar”, recalca. Pero Madalena no la abandona y le inyecta motivación en cada clase. “Le faltaba autoestima. A los 15 días de empezar conmigo conseguimos que leyera una frase entera”, explica la voluntaria. Lo achaca al método y a esa medicina que le receta cada día: “Siempre le digo tú puedes, vas bastante rápido. Venga vamos a meter ya otra letra”.