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Cuando Compostela cosía a mano

En la década de los 50, cuando aún no existía Zara, solo en las inmediaciones de Bonaval se contaban hasta un centenar de modistas que vestían a la sociedad de la época // Aunque el 'prêt-à-porter' se ha llevado el gremio por delante, la asociación impulsada por Mª Carmen Lavandeira hace medio siglo mantiene vivo el espíritu del colectivo

Mª Carmen Lavandeira sostiene dos planchas antiguas en el cuarto de costura de su piso de la avenida de Lugo - FOTO: Fernando Blanco
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Mª Carmen Lavandeira sostiene dos planchas antiguas en el cuarto de costura de su piso de la avenida de Lugo - FOTO: Fernando Blanco

ELVA OTERO. SANTIAGO   | 27.03.2017 
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La de Mª Carmen Lavandeira es una casa de modas como las de antes. Bocetos de vestidos de otras épocas se encogen en las paredes del salón de su pequeño piso de la avenida de Lugo. También en el pasillo, en el cuarto de costura y en el que tiene habilitado para probar. Colecciona dedales y conserva artilugios antiguos como una plancha de carbón o una máquina de coser. “Vino Zara y lo estropeó todo”, lamenta sin ocultar su nostalgia por aquellos tiempos de la confección a medida. Esa morriña es la que la lleva a sentarse cada viernes con las integrantes de Modistas Unidas, un grupo que ella misma impulsó hace medio siglo junto a otras profesionales. 

Mª Carmen nació en el Pexigo de Abaixo y a los tres años se trasladó a Bonaval. Muy cerca, en la rúa das Rodas, tuvo su primer empleo. Era recadera en el taller de Nicolasa, modista con solera en la Compostela de la época. Allí se esfumó su infancia. “Éramos dos y hacíamos turnos: una semana te tocaba ir a la fuente y a la siguiente, a planchar”, recuerda. “Hoy tenemos la luz muy cara, pero por aquel entonces también. Había que tener mucho cuidado para no quemarse con la plancha de hierro. Tenía un pequeño orificio detrás que dejaba escapar fácilmente el carbón caliente”, explica. Corría la década de los 50 y Mª Carmen solo tenía 11 años. A los 12 dejó el colegio.

Ya de niña se mostraba reacia a dedicarse a la costura. “Tenía dos tías modistas y estaba harta de coser”, cuenta. Con el mercado laboral vetado a la mujer, no le quedaba alternativa. Su familia la forzaba a buscarse un sustento y, aunque tímidamente empezaban a asomar puestos en peluquerías y comercios, lo de dedicarse a hilvanar aguja e hilo era lo más extendido. “No nos dejaban jugar”, comenta con tristeza mientras describe aquellos primeros contactos con la profesión. “Con Nicolasa aprendí cómo funciona un taller”, relata. A Mª Carmen aún se le ilumina el rostro cuando rememora los preparativos de una boda de alto copete. Se casaba la hija del propietario de un conocido hotel. “Se hicieron unos trajes de baile preciosos. Pero para Nicolasa fue un gran disgusto que el de la novia lo hiciera Balenciaga”, continúa. “Cuando lo vi,me dio la sensación de que era como de monja. Fue una pena. Porque allí se hacían unos vestidos espectaculares”, añade.

Fernando Blanco
Lavandeira mostrando revistas de moda de otra época en el salón de su casa
FOTO: Fernando Blanco

De niña de los recados dio el salto a una fábrica de camisas que había en Eduardo Pondal. Pero no fue capaz de adaptarse y la única salida era hacerse modista. Solo en las inmediaciones de Bonaval se contaban entonces medio centenar de talleres. Mª Carmen se formó con Consuelo Bar García, una profesora de corte muy acreditada en la época. A coser le enseñó Lucía. “Por aquel entonces se hacía toda la ropa. Hasta los años 60 no llegaron a Santiago las tiendas de confección”, advierte. En cuanto dominó mínimamente la técnica,  comenzó a ofrecer sus servicios de casa en casa hasta que, a los 20 años, se montó su propio taller en el mismo piso de la avenida de Lugo que hoy sigue siendo su domicilio. Siguió formándose. Se matriculó en Moda Gal, en la rúa do Hórreo, y después se especializó a través de cursos de formación a distancia. Pasaron 15 años hasta que se hizo autónoma. “Eran 50 pesetas al mes. Cuando me jubilé, se habían transformado en 180 euros”, recalca.

Los de la confección a medida eran otros tiempos. Nada que ver con el prêt-à-porter. “Teníamos tiendas de tela de superlujo”, añora Mª Carmen. Para los abrigos, lo mejor en lanas, pelo de camello, angoras, alpacas o telas de chanel. Y en los vestidos, sedas de ensueño. “La seda no se puede lavar y, para proteger las axilas, se ponía una sobaquera de algodón de quita y pon”, describe. La inspiración venía de los figurines. La promotora de Modistas Unidas conserva decenas de revistas descatalogadas. En sus páginas atesoran diseños que hoy siguen siendo auténticas joyas. Mª Carmen las despliega encima de la mesa del salón, esa misma que le sirve para cortar los tejidos cuando llegan encargos. Solo atiende los de la familia y los de clientas de toda la vida. Lo hace por hobby, sin ánimo de lucro. “El de novia es el traje por excelencia”, señala. De sus manos habrán salido unos cien. “No tienen nada que ver con los que se compran en tienda. Daba gusto porque son trabajos hechos a mano”, celebra mientras enseña un bloc en el que colecciona bocetos dibujados por ella misma.

Hasta la década de los 80 el gremio de las modistas de Santiago superaba el centenar. Pero la producción textil en cadena fue descomponiendo el oficio. “Alguna queda. Pero no son como las de antes. Tristemente se fue una generación que hacía muy bien la confección pero que no se benefició en absoluto del negocio. Las más favorecidas fueron las clientas”, sentencia. 

F.Blanco
Una de las planchas antiguas que conserva la modista en el cuarto de costura
FOTO: F.Blanco