El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Santiago | santiago@elcorreogallego.es  |   RSS - Santiago RSS

TRIBUNA LIBRE

Fantasmas de San Xerome

JOSÉ RAMÓN GARCÍA MENÉNDEZ  | 08.05.2017 
A- A+

Iker Jiménez, director de Cuarto Milenio, ha negado en los últimos días haber pedido permiso al Rectorado para investigar las supuestas psicofonías que afectan al ático del pazo San Xerome, y sospecha que algún periodista ajeno a su programa quiso aprovecharse de su fama para poder realizar dicho análisis. No debe sorprender dicho interés, pues el noble edificio posee una trayectoria que surca el pasado a través de acontecimientos y personajes históricos que bien pudieran dejar huella sonora en una dimensión desconocida. Además, existen innumerables testimonios de funcionarios y trabajadores de mantenimiento (aunque no quieran suscribirlos por temor al ridículo o a perder el empleo) que aseguran que en las dependencias existentes en el ático suceden cosas muy extrañas.
Personalmente, siempre me resistí a caer en este tipo de fabulaciones que atentan a la razón analítica de la que hacemos gala quienes nos resistimos a las supersticiones más atávicas. Hasta que, por motivos de un período de asesor rectoral, padecí varias experiencias (algunas de ellas espeluznantes) que me hicieron cambiar de opinión. Durante varios meses tuve despacho en el bajo techo de San Xerome, con un tragaluz en el que divisaba la Catedral, y en el que pasaba jornadas completas de trabajo (incluso hasta altas horas de la madrugada) como apoyo en la organización de varios eventos institucionales de proyección internacional.
En el ático de San Xerome las restantes dependencias permanecían intactas todo el día con muebles de oficina y archivo pero sin personal, como los camarotes del Titanic sumergido. A partir de las 14 horas el recinto quedaba completamente desierto por lo que cualquier ruido nocturno (susurros imperceptibles, pasos arrastrados) sobresaltaban hasta al más incrédulo y valiente.
Una noche descubrí el origen de los extraños fenómenos. En el largo y siniestro pasillo que discurría a través de armarios en el que se archivaban expedientes y documentos de todo tipo, se distinguía el ectoplasma nebuloso pero con forma definida de un anciano flaco y manco, de larga y descuidada barba, con sombrías ojeras bajo sus redondas lentes, que caminaba en levitación (a un palmo del suelo) y lentamente (como arrastrando una penosa carga). “Mi nombre es Ramón y este pasillo es mi cárcel”, dijo. La fantasmagórica aparición me dejó paralizado pero fui recuperando la calma según relataba su increíble historia.
Liberal y masónico, aficionado a la alquimia, reputado ajedrecista y respetado profesor de Filosofía Moral, admirador de Voltaire y Locke, fue despojado, a finales del siglo XIX, de una cátedra universitaria y de sus tribunas periodísticas por una maldición caciquil. Víctima de un complejo proceso de ostracismo intelectual y de paulatina desmaterialización corpórea, alcanzó el punto astral en que su visibilidad antropomórfica se perfilaba debido a su anterior talento en la papiroflexia. Un talento, por lo demás, que le permitió ir modelando el ectoplasma residual, después de una vida de servicio público dedicada a la enseñanza libre y laica, con la silueta de su escritor favorito.
Condenado eternamente a vagar por el pasillo del ático de San Xerome todas las noches, me confesó que su tormento era ya insoportable y el aburrimiento mortal (¡mortal, qué paradoja!). El único entretenimiento de don Ramón era desordenar expedientes de los armarios, leerlos, volver a archivarlos... y así noche tras noche. “Estoy hastiado”, me confesó, “de tanta literatura sobre inexcrutables pliegos de concurso, la calidad, la innovación, la excelencia, el emprendimiento, la responsabilidad corporativa... y yo aquí encerrado y sin poder ni tan siquiera fumar un cigarro”. Después de aquella noche, no conseguí concentrarme debidamente en mi trabajo y, aprovechando cambios en el Rectorado, cesé en mi responsabiblidad.
Esta experiencia solamente la conté a una señora de limpieza del Rectorado. “No fallado pasan cousiñas do demo”, sentenció. Desde entonces mantuve un prudente silencio pero quizás los imitadores de Iker Jiménez logren penetrar en la dimensión precisa del ático y verificar que existen voces y pasos misteriosos que se desempeñan en otra realidad paralela. Quizás, también, se animen a poner su grabadora de alta sensibilidad en los pisos inferiores de San Xerome y descubran, para sorpresa general, que los fantasmas también rondan por otros despachos y salones más nobles que el ático. Fantasmas casi invisibles que molestan al eficiente personal de administracion: comisarios de variado pelaje, amiguetes chantajistas con contratos blindados, comerciales con bultos raros en bolsas de papel, docentes fósiles buscando su habitual canongía... Pero niguno de ellos poseen la entidad y el talento de don Ramón, el residente de ultratumba del ático de San Xerome que, ahora que lo pienso y como el prisionero de Zenda, tenía un gran parecido con Valle-Inclán.
Y, después de dicha visita, deberíamos llamar a los cazafantasmas.
(*)Profesor USC