Martes 09.02.2010
|
Actualizado 20.56
Hemeroteca web
|
RSS
![]() |
Siempre camina con Maite de la mano. Llevan nueve años como pareja, y más de uno sin hogar. "Aínda que antes tiven dúas recaídas, deixando o traballo e quedándome sen nada", comenta él: un hombre de 45 años curtido por la pena. Se conocieron en Catalunya, donde él trabajaba limpiando las vías del tren. Y unieron sus vidas retando a un destino siempre incierto. Maite sufre esquizofrenia a raíz de una terrible relación anterior, cuando un hombre convirtió su vida en un infierno. Su enfermedad ha provocado una mayor dedicación de José: "Nos centros de día non lle prestan a Maite a atención axeitada, ela colleu pánico e eu non podo deixala soa".
Las cosas se torcieron por última vez hace más de un año. Él trabajaba para una señora en Lugo. "Estaba explotado, limpaba os montes e facía de todo pero sen asegurar. A cambio dun pequeno soldo e manutención, marchei enfadado", recuerda. De vez en cuando surgía un parche, como un empleo de seis meses en una bodega: "Ata que a miña muller ingresou e recibiu un tratamento moi forte, ela ten recaídas e tampouco pode estar todo o tempo nun centro".
Juntos deambularon por Lugo durante un tiempo. Y hace unos meses que llegaron a Ferrol, con el único sustento de una pensión no contributiva de 320 euros por parte de ella. Aquellos que se quedan sin hogar deciden marcharse de su ciudad, para que sus familias no conozcan su terrible situación. José y Maite pasan el día recorriendo las calles, mientras él busca algún trabajo. "Comemos na Cociña Económica, alí tamén te dan leite e un bocadillo. E podes pasarte un día enteiro na biblioteca, tamén tes o centro de Cáritas aberto dende as nove ata as doce", explica José sobre su ruta diaria.
Cuando llueve, se guarecen en la estación del tren "ata que chega o guardia xurado para botarte". Al caer la noche, se dirigen al albergue de Caranza. No pueden compartir habitación, "e perdes intimidade". Pero solo les queda este techo para guarecerse: el refugio del hospital Cardona, con 42 plazas diarias. Por aquí pasan 3.000 personas sin hogar cada año. Incluso hay lista de espera para pernoctar en el albergue. Si no llegas a tiempo, te quedas fuera.
El paro o la ruptura familiar puede obligar a un ciudadano cualquiera a convertirse en transeúnte. En torno a la plaza de Armas pasan la tarde hombres solteros, de entre 45 y 64 años, que llevan más de diez años en la calle. La mayoría no tiene problemas de adicción, pero en su vida solo han encontrado trabajos temporales. En el mundo de la calle, José busca relacionarse "unicamente coa xente que non é conflitiva".
En los momentos más complicados, este hombre tranquilo contó con la ayuda de su entorno. "As nosas familias non coñecen a nosa situación, nin o queremos. Eu falo cos meus irmáns, e digo que vou traballando por aquí e por alí. Pero non os quero preocupar", explica José. Su vida se rompió cuando perdió a su madre y a su abuela, fallecidas de cáncer: "En pouco tempo me vin solo, sen o apoio familiar. A xente nota esa debilidade e se aproveita de ti".
Con ellos y con otros transeúntes trabaja el equipo municipal de Ferrol, formado por la educadora social Mónica Gavín y la trabajadora social Cristina González. El Ayuntamiento proyecta para ellos un centro de inclusión social. José solo desea lo esencial: "Un pequeno traballo e vivir nunha casa coa miña compañeira". Que tengan suerte.