El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

¿Existen los partidos?

17.02.2007 
A- A+

O lo sabían y no podían hacer nada, o ignoraban de verdad lo que estaba sucediendo. Sólo caben esas dos explicaciones, para entender las reacciones de los partidos cuando salta un caso de corrupción. Sus dirigentes balbucean argumentos improvisados, o atacan al rival, pero siempre dan la sensación de estar a merced del acontecimiento. Es como si fuesen los últimos en enterarse de lo que pasa dentro.

El principio del problema está en el reclutamiento de los candidatos. ¿Qué se busca en la mayoría de los municipios pequeños? ¿Gente afín a los principios del partido, o individuos que garantizan votos y poder municipal? Más bien lo segundo. En realidad, muchas veces no es la organización la que ficha al candidato, sino el candidato el que busca un sponsor para presentarse. Por lo general, cada sitio tiene uno o dos líderes naturales, y gana el partido que anda más rápido a la hora de contratarlo.

Una vez realizada la transacción y pasado el trámite electoral, el fichaje se convierte en un alcalde libre, asociado a una sigla, o sea un puertorriqueño municipal. Para mantener las apariencias, participa en los festejos del partido y colabora en las campañas, si bien en la práctica goza de una total independencia, que refuerza copando la organización local de la sigla, condenada a ser su apéndice. Con una dirección partidaria que no osa inmiscuirse en sus asuntos, y el partido local supeditado, nuestro hombre queda perfectamente blindado.

Es el modelo vigente en Gondomar y en Cabañas. En ambos casos, resulta inexacto hablar de un concello del PPdeG o del PSdeG porque se trata de poderes que andan a su aire. Sus regidores actúan a sus anchas, confiados en que la dirección del partido sólo actuará cuando recaiga una sentencia y el daño político sea irremediable.

El secretario general, presidente, o como se llame en cada organización el jefe supremo, tiene los pies de barro. En el supuesto de que sepa que en tal lugar hay un olor sospechoso, preferirá no hacer nada por miedo a perder los apoyos que el notable puede prestarle en comités y ejecutivas. Mejor ponerle una vela al santo adecuado para que no salte ningún escándalo. Pero también puede ocurrir que no sepa nada, y se vea obligado a reaccionar sin saber si está poniendo la cara por un inocente víctima de persecución política, o un perfecto indeseable.

Esas interioridades consistoriales son para él un agujero negro. Como Pompeya y Herculano, el poder de las direcciones de los partidos se asienta en la ladera de volcanes con erupciones periódicas e imprevisibles. Ni siquiera sabe cuántos cráteres son. Carece de información sobre lo que pasa en el subsuelo, o no quiere tenerla.

De ahí la pregunta sobre la existencia de los partidos. Muchos suponen que hay una estructura, una disciplina, jerarquía y suficiente información para saber lo que ocurre en las administraciones que controla. Acontecimientos como los de Gondomar o Cabanas, revelan que esa visión es demasiado optimista. Son atisbos de una realidad en la que ciertos barones locales son reyes absolutos en su territorio, que cuando se aproximan las elecciones ponen a los partidos en una cruda tesitura: o yo o la derrota.

Ahora mismo, en las factorías donde se fabrican las candidaturas, se estará repitiendo el debate de siempre entre los que prefieren sanearlas, y quienes optan por la realpolitik. Salvo excepciones, ganarán los segundos, y así se perpetuarán Gondomares y Cabanas. ¿Existen los partidos? Sí, aunque son bastante menos que un club.