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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Si Pepiño fuese americano

20.01.2008 
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Que un rico entre en las listas y que un Pepiño pueda entrar en un Gobierno ha hecho que brotasen complejos ancestrales que serían incomprensibles en la democracia que tanto admiró a Tocqueville. En aquellos Estados Unidos que recorrió el francés y en los de hoy, que un Pizarro salte a la política o que un Blanco aspire a un cargo ministerial sería algo normal.

Sin embargo, aquí son más fuertes los tópicos izquierdistas que incapacitan a priori a un tipo con fortuna, y los prejuicios conservadores que requieren un amplio currículum académico o un lustroso apellido para hacerse un sitio en el poder. Estamos ante una muestra de hipocresía que contrasta con los deseos de que la política abra sus puertas, y el poder no se sea un círculo reservado a una aristocracia.

Pizarro. El tiempo dirá si la llegada del ex de Endesa a las filas del PP es un acierto, o una medida efectista que no cala en el electorado. De cualquier forma, que alguien así dé el paso debiera ser recibido como una novedad esperanzadora. Tiene dinero, una vanidad colmada, podría seguir dando guerra en el mundo empresarial, y aún así se embarca en una nave incierta.

César Ant0no Molina carece de esa clase de fortuna pizarrera, pero tiene otra de prestigio literario que le hubiera permitido residir en un parnaso cultural sin mancharse las manos. Lo hace siendo ministro y candidato, un candidato atípico y casi byroniano que el otro día confesaba su deseo de una muerte romántica como la de Sir John Moore en la batalla de Elviña.

Bienvenidos los dos. Ojalá que fueran muchos más los empresarios millonarios y los poetas encumbrados que traspasan las puertas blindadas de la política. Significaría que empezaba a haber grietas en el grueso muro que separa la política de la vida civil. ¿Por qué empeñarse en cerrar ese resquicio, en vez de agrandarlo?

José Blanco. Pepiño, Blanquiño, Pepín. El conservadurismo matritense más rancio hace esfuerzos por subrayar el carácter vulgar de un personaje llegado de provincias que pone a punto la maquinaria del PSOE y se saca un presidente de la boina. Tan tonto no parece. Algo tendrá para lograr semejantes proezas, y ese algo quizá haría de él un excelente ministro de Fomento, seguro que mejor que una doña Magdalena Álvarez que es doctora cum laude y fue profesora de varias cosas en su tierra.

El poder tiene muchos misterios, entre los cuales el más fascinante es el de no poder prever de antemano quién lo ejercerá bien. Son tantos los ingredientes que combina, los requisitos que exige, las habilidades que reclama, que a veces sale un gran gobernante de un profesional mediocre, y viceversa. Ahorremos los ejemplos porque están en la mente de todos.

Quedémonos sólo con uno que ya reposa en un hermoso cementerio parroquial de Lalín. El otro Pepe soportó también las chanzas de personas que en el fondo se creen que la democracia es un mero disfraz de una meritocracia que sólo permitiría mandar a los preparados. Y sin embargo, pocos le han negado el mérito póstumo de haber sido un político y gestor con más luces que sombras en el balance.

El pensador francés Bernard-Henri Levy siguió hace poco los pasos de su paisano Tocqueville para inspirar un libro que tituló American Vertigo. Retrata el estilo americano y dentro de él una política abierta a millonarios, actores, predicadores, donde no caben los complejos y ser Pizarro o Pepiño no es ningún problema.