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TRIBUNA LIBRE

MANUEL POMBO ARIAS

Sucasas en mi memoria

22.07.2012 
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EL 27 DE JUNIO murió el pintor Alfonso Sucasas, lo que es un decir. Algunos hombres nacen destinado a quedarse para siempre, y él vino al mundo con ese sello. Sucasas formará parte de la historia de Galicia, aunque solo fuera porque cuando contemplamos su pintura nos encontramos con ella, con nuestra tierra, con la razón de lo que somos como pueblo, con el ser y el alma de nuestros paisanos, que conducirá a recordarles a las generaciones futuras de dónde venimos.

Nuestro hombre, Sucasas, tenía un talento especial que emergía de una forma de ser inconfundible y que se encuadraba en una amalgama indefinida, la de un hombre con frecuencia profundamente sentimental, atrabiliario en ocasiones, enrevesado también, de los de sustentar en lo que creía con razón o sin ella. De izquierdas cuando tuvo que serlo y después, con los años, que estos sí amainan mucho, hasta creo que llegué a percibir que se podría catalogar cómo de derechas, entiéndase a su manera, algo no impropio de los genios; con harta frecuencia ni ellos mismos saben dónde están realmente o, no sé, quizás lo finjan, que en eso les va lo de hacerse los interesantes.

Íntimamente ligado a su tierra. Para Alfonso Sucasas Galicia lo era todo, era lo más suyo, lo importante, que para eso había nacido, para buscarla, para tratar de encontrar su esencia más íntima.

Tenía amigos Alfonso, que lo querían más por lo que sabían que valía que por su capacidad de amoldarse. Pero era un hombre solo, necesitado de amistad. Aquel día de navidad que caminaba con su soledad por la calle, lo invité a comer a mi casa y hablamos de tiempos pasados y de amigos comunes.

Era vulnerable, muy vulnerable. Buscaba insistente la belleza, también en las mujeres, por supuesto en la de sus cuadros, a su manera. Todo lo pintaba de ocres-pardos-negros, siempre siempre, porque nunca vio a su tierra desde el verde, no era esa la belleza que buscaba.

Eso es absolutamente cierto. Tú, Alfonso Sucasas, necesitabas que tu tierra gritara desde las profundidades del color de sus entrañas, esa que tu gente mancillada removió tantas veces.

Un día me llamaste como médico para que atendiese a tu última niña de pocos meses. Estabas preocupado, creo que por encima de lo necesario, ya que me parece recordar que no se trataba de nada importante. Yo tuve por ello, tiempo después, una compensación inesperada. Me regalaste un boceto de lo que sé acabaría siendo un cuadro definitivo, "Lusindita na Lanzada". Y para mi página Web de literatura (www.manuelpombo.com) tuviste también el inolvidable detalle de pintarme desinteresadamente un dibujo emblemático, un pombo, una paloma que figura como elemento inaugural en ella. Mi suegro Enrique Suárez, el dueño del Alameda, otro gran hombre, el mejor que conocí, que como nos recordó todavía no hace mucho en este mismo periódico Xurxo Fernández le cambiaba pintura por sustento, me dejó el mejor recuerdo tuyo, un hermoso cuadro. Siempre me acompañará desde un lugar privilegiado, con sus hombres, esos inconfundibles hombres de nuestra tierra, que, bien mirado, hasta se me parecen a ti.