Martes 09.02.2010
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Actualizado 20.56
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Esta semana los políticos han introducido un nuevo recurso dialéctico: el conejo y la propina. Es como una toma de conciencia, una postura ante el miedo. Introducir el conejo en la dialéctica política navideña es mentar la jaima de Gadafi y sus vírgenes guardaespaldas. El presidente de Libia mientras estuvo en España no comió conejo sino cordero que le ataron a la puerta de la jaima en Sevilla y en El Pardo, donde Franco cenaba lacón con grelos en Nochebuena.
Gadafi llevó su cordero no se sabe si por las noticias alarmantes de la subida de la cesta de la compra en España o por si los menús de la Zarzuela, y de la Moncloa, fuesen escasos. La Reina es vegetariana como todo el mundo sabe y Zapatero prueba platos de la cocina árabe por lo de la Alianza de Civilizaciones, aunque a él y a Sonsoles en la intimidad les gusta la cecina ahumada de León.
No sé si en Zarzuela se come bien o mal, la verdad. He tenido el honor de comer con los Reyes en ágapes colectivos y he compartido con ellos cócteles y vinos menores, pero ahí está doña Letizia, nada sobrada de carnes, que no es la mejor propaganda de abundancia regia. En Moncloa lo mismo.
He contado por aquí que Helmut Köhl, canciller alemán, después de cenar con Felipe González en la Moncloa, salió con hambre y se fue a la Cava Baja a despachar un buen cochinillo asado. Enterado Felipe, le enviaba todos los años a Bonn, para desagraviarle, un par de buenos jabugos.
Otra cosa es la propina de un euro que según dijo Pedro Solbes, vicepresidente económico, dábamos los españoles con el café. Me dice mi mujer que yo, excesivo, hago lo mismo. Hombre, según. La propina, como el amor, hay que trabajarlo.
Si el camarero, o camarera, te lo monta con vacile y adorno, le sueltas el euro o los diez que esta semana le dejamos al asturiano que nos sirvió fabes con almejas, cabrales y lomos geniales de merluza en celebración prenavideña. Así que poco hablamos de política, y sí de caza, Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez-Martin, Izarra, Ansuátegui, San Nicolás, Ramos, Beamud, Yuste y yo, que formamos equipo de trabajo con Jaime Mayor.
La mitomanía política cede ante un buen plato como cedió José María Aznar y Ana Botella en la comida sevillana con Gadafi, que está siendo analizada con lupa por los analistas de Pepe Blanco. Aznar les saca de sus casillas y por eso le llaman de todo. Pero lo que quería decir es que el conejo y la propina son malabares para entretener.
Mientras se habla del conejo no se cuentan los euros, ni se comenta la crisis económica, ni se piensa en los inmigrantes sin trabajo, ni en las hipotecas, ni el separatismo, ni la ETA, ni las clínicas abortivas triturando niños como chorizos, ni la reprobación de la ministra Maleni en el Senado. Otros sacan conejos de la chistera.
El conejo, lagomorfo, crepuscular y nocturno, ya trincaba sembrados en la última glaciación, los romanos lo llevaron a Italia en el siglo III, y en el XVI los frailes los tenían en jaulas en los conventos. España, país de conejos. De ahí viene el nombre, dicen, de Hispania, de origen fenicio, por los muchos conejos que había. Cátulo llamaba a la península Cuniculosa Celtiberia y un conejo figuraba en las monedas de Adriano. En Cataluña y Euskadi andan los soberanistas mohínos porque creían que el nombre de España venía de Franco. La única queja que no han presentado Carod-Rovira, Artur Mas e Ibarretxe es la de la lotería nacional.
Los conejos son como los políticos: gregarios y territoriales, pasan el día en las madrigueras, salen de noche a comer, chillan cuando se ven en peligro y contraen la mixomatosis que se contagian unos a otros. Ahora mismo, a la subespecie de los cuneros, y otros que no lo son, les tiembla el culo porque no saben si van en las listas electorales. Tienen un chip debajo de la mesa del jefe, como el Agente 007, para detectar los hurones.
La política, conejil y atípica, es familia que se lleva a matar y en periodo electoral celebra torneos cruentos eliminando al contrario. Recuerdan la caza del conejo. Amigos cazadores me regalan todos los años conejos y alguna liebre. En Zamora incluso salía yo a cazar invitado por alcaldes y deheseros. Una mañana soleada, entrando el hurón en la madriguera, salió el conejo disparado friéndole los colegas a tiros, y yo en medio, que nunca creí morir acribillado hasta entonces.
Peor fue lo de Manuel Fraga, siendo ministro, que le largó perdigonada en las nalgas a Carmencita, la hija de Franco, en una cacería. Cuando Fraga pidió disculpas al Caudillo, éste le dijo secamente: "Quién no sepa manejar un arma, que se quede en casa".
La caza tiene semejanza con la política y de ahí vienen expresiones cinegéticas que hablan de cazar al adversario o de darle matarile político. Con Franco la política se hacía entre astas de ciervos y gamos recentales; el conejo era desayuno de furtivos y aldeanos. Ya los reyes castellanos tenían cetreros en nómina y los austrias y borbones padecían de gota por el ácido úrico. Felipe V, devorado por el sexo y la religión, cazando en El Pardo, vio pasar, impertérrito, el séquito que llevaba al Escorial el cadáver de su esposa María Luisa, muerta de tuberculosis.
En Zamora comía yo liebre con patatas con mi colega portugués, en una tasca de Bermillo de Sayago, a dos pasos de la frontera. Los políticos, en fin, se cazan unos a otros: con Franco cazaban gamos, venados y jabalíes y ahora en democracia, conejos y alguna liebre.
La otra novedad fueron las vírgenes de Gadafi. En la tele aparecían apiñadas, detrás del jefe, con uniformes negros de milicianas, lo cual tiene su morbo. Gadafi, además de iluminado, es un actor. Con la jaima hace política, lo mismo que Chávez en Venezuela hace demagogia con el petróleo y Evo Morales, en Bolivia, con los collares indios.
El libio, además de petróleo, tiene inmigrantes y no tuvo inconveniente en entregarle a la ex de Sarkozy las enfermeras búlgaras. En tiempos ponía bombas terroristas hasta que Reagan le paró los pies con aviones. Ahora Gadafi recorre el mundo con la jaima, cordero lechal balando a la puerta, vírgenes milicianas, petróleo de rebajas a los amigos, gafas enormes de boutique, túnica del desierto y gorro árabe de piel de camello. Mucho dictador pero a los políticos de este país les gustaría tener también una jaima, un corderito, una escolta de vírgenes y un pozo en el desierto.
Ahí está Ignacio (Nacho) González, el segundo de Esperanza Aguirre, en vísperas electorales, diciendo que el alcalde Alberto Ruiz-Gallardón no puede ir de número dos por Madrid. No se entiende o se entiende demasiado. Hay una parte del PP a la que Gallardón les da alergia. Dicen que no sabe latín, es un decir, o que sabe demasiado.
Tomás de Aquino, como la mayoría de los teólogos escolásticos, no sabía griego ni hebreo y poco de Historia, pero reconcilió el racionalismo científico de Aristóteles con las doctrinas cristianas y refundó la teología. Torpeza infinita es sacar agravios, vírgenes y conejos de la chistera a dos meses de las elecciones. Están ciegos.