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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

¿A quién beneficia?

07.06.2007 
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No hay que dudar de las sanas intenciones de los manifestantes que salieron a las calles de Ferrol en contra de Reganosa. Seguro que todos estaban animados por un espíritu ecologista que les hace ver que la ría está en peligro, pero eso no debe hacernos olvidar una larga guerra fría en torno al gas, que nada tiene que ver con las preservación del medio natural.

Reganosa nació como un desafío al establishment gasista. En un principio fue Enagás, empresa pública entonces, la que impulsa la idea de una planta ferrolana y adquiere terrenos en donde hoy se ubica el puerto exterior. Sin embargo, la compañía se privatiza, cae bajo el control de Gas Natural y deja de interesarse por su aventura en el noroeste, pensando que así se frustraba cualquier posibilidad de instalar en Galicia una gasificadora. Se equivoca.

Aparece Reganosa en escena, pero los nuevos patronos de Enagás se comportan como el perro del hortelano, ya que no le permiten a los recién llegados ocupar el lugar donde estaba prevista la planta original. Sería la primera de otras muchas zancadillas políticas y administrativas, que culminan con el proyecto de otro complejo similar en el puerto de Gijón.

Curiosamente, la planta asturiana sortea sin problemas todos los requisitos, logra las bendiciones institucionales y no ha de enfrentarse a protestas ciudadanas, a pesar de su proximidad a barrios populosos. La cuestión es que el desarrollo de la planta de El Musel necesita que la de Mugardos se quede en algo casi simbólico.

Ni qué decir tiene que el conflicto encabezado por este preso político llamado Bastida es un auténtico regalo para Enagás. En el mejor de los casos, la presión de los manifestantes, unida a la falta de criterio de los líderes políticos, clausuraría la planta con un gaseoso compromiso de traslado que por supuesto no se cumpliría.

Aunque no se llegara a tanto, las protestas y bloqueos darían una excusa perfecta a los que luchan en los despachos madrileños por darle prioridad a Gijón. Se repetiría un argumento muy parecido al que permitió a aquel Gobierno de UCD paralizar las obras de la Autopista del Atlántico y dedicar los recursos a otros territorios. En ambos casos, protestas de signo medioambiental se utilizan en la sombra con fines que tienen que ver con luchas políticas, económicas y empresariales de gran calado.

A propósito de esta pugna soterrada entre Reganosa y Enagás, es llamativo que las movilizaciones hagan más hincapié en el cierre de la planta que en las indemnizaciones por los perjuicios que pudiera ocasionar. Los promotores de las protestas saben que, a estas alturas, el traslado es ilusorio y seguramente no ignoran que muchas plantas de este tipo por el mundo adelante se sitúan en puertos interiores. Y a pesar de todo, no dirigen sus esfuerzos a lograr compensaciones, sino a la clausura.

De forma consciente o inconsciente, los patrocinadores de este movimiento son una pieza más en el largo pulso que mantienen Reganosa y Enagás. De forma deliberada o casual, la planta de Gijón es la gran beneficiaria de este episodio. Se trata de arrinconar a Reganosa como sea, de impedir que una compañía gallega que desafió al establishment se salga con la suya.

En esa estrategia, Enagás y el Ministerio han encontrado a dos estupendos aliados: un patrón mayor que se cree que la ría es suya, y un poder político que olvida su modelo industrial en cuanto aparece una manifestación en el horizonte.