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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Otra verdad incómoda

05.06.2007 
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Es en conflictos como el de Reganosa donde se pone a prueba la madurez de las instituciones, los partidos y las organizaciones sociales de un país. En un país maduro, la relación de esas instituciones con la gente se basa en la verdad por dura que sea, mientras que en otro adolescente, la realidad de las cosas se escamotea, y los líderes políticos y sociales actúan como veletas.

Galicia parece encontrarse en mitad del camino. Ni es madura del todo, ni está anclada en la adolescencia. Junto a políticos que han optado por plantear las cosas como son, hay otros que están prefiriendo abandonar su condición de dirigentes para convertirse en meros seguidores de los manifestantes. Por poner nombres de una misma sigla, tenemos al conselleiro de Innovación y a Xosé Manuel Beiras.

Uno defiende la planta del gas, aunque hubiera preferido otro emplazamiento, el otro participa en la protesta contra el complejo, y ambos comparten militancia en el BNG. Francisco Rodríguez encarna en esta ocasión una tercera vía, ya que simpatiza con la movilización, si bien no puede acudir por culpa de otros compromisos.

Extrapolemos estas posturas a cualquier otra instalación industrial presente o futura, cuyo funcionamiento provoque alguna molestia, perjuicio o incomodidad. Es decir, todas. Basta con que aparezca en escena un Bastida en Cerceda, As Pontes o San Cibrao, para que se genere un movimiento de protesta, seguido de algún altercado y rodeado del consabido debate.

Si prevalece la postura de Fernando Blanco, los manifestantes serás tratados con la corrección que se merecen, pero no lograrán torcer un modelo industrial galaico en el que esos tres complejos son fundamentales. Si gana el ex portavoz del BNG, habría que cerrarlos y leer a Proust. En cuanto a Francisco Rodríguez, todo depende de si en ese momento puede sumarse a las protestas o está ocupado en otras cosas.

Aunque tenga que pasar unos días a la sombra, y el juez lo acuse de varios delitos, Bastida ya ha obtenido un gran éxito. Ha demostrado lo coherentes que son los que se oponen a la planta de Mugardos, y lo endebles que resultan sus defensores. Un nacionalista inaugura la planta y otro quiere cerrarla, uno nos dice que es estratégica y otro que maléfica. Incluso algunos de los reganosistas tienen cuidado en subrayar que no está en el mejor sitio.

Ellos saben que no es ésa la cuestión. Si lo fuese, habría que replantearse la ubicación de otras industrias que en su día se establecieron en lugares no del todo idóneos. El dilema no es si Reganosa debe estar donde está, o en el puerto exterior, sino si Reganosa sigue ahí o desaparece. A estas alturas, trasladar la instalación como si fuera una tienda de campaña es inviable, además de que le proporcionaría una ventaja insuperable a plantas vecinas que compiten con la gallega. No será eso lo que se quiere...

Esa valentía para decirle a la gente la verdad es lo que caracteriza a los dirigentes de un país maduro y formado. La verdad de este asunto es que se pueden mejorar los sistemas de seguridad y ser más generosos en las compensaciones destinadas a los mariscadores. También es posible clausurar la instalación. No existe, sin embargo, posibilidad alguna de traslado.

Mientras eso no se diga con claridad, el número de manifestantes irá en aumento, Bastida tendrá más alto el pedestal y las contradicciones de los Blancos y los Beiras serán mayores. Y, sobre todo, se estará creando otro precedente.