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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

País a medio gas

09.03.2007 
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Industrialmente hablando, Galicia limita al norte con la americana Alcoa, y al sur con la francesa Citroën. Como ni la una ni la otra dependen de decisiones autonómicas, hay que admitir que la capitalidad de la industria gallega se reparte entre Nueva York y París. Es allí, en las sedes respectivas de ambas multinacionales, donde se juega gran parte del futuro fabril, con cartas que escapan a las competencias autonómicas, en una mesa a la que no estamos invitados.

De ahí que esté naciendo entre nosotros una vertiente de la información económica consistente en escrutar los estados de ánimo de los altos ejecutivos de cuya voluntad dependemos. Cada mohín del nuevo director de la planta de Vigo se disecciona para ser anotada como indicio positivo o negativo. Cada movimiento de los directivos del aluminio se sopesa en busca de alguna pista que nos permita estar tranquilos. ¿Tranquilos por cuánto tiempo?

Quien nos trajo a estas dos industrias fue la deslocalización, y es también la deslocalización la que puede acabar llevándoselas. Los mismos factores, que hicieron de Galicia un destino atractivo, operan ahora a favor de otros territorios que son lo que Galicia era hace algunos años.

Lo ideal sería que la Xunta tuviera una silla en los consejos de administración de esas multinacionales, pero tal cosa no es posible, y por lo tanto hay que conformarse con una política industrial que ayude, facilite, estimule, coopere con los proyectos que aquí nazcan o que aquí lleguen.

Se ha intentado hacer con Reganosa y Navantia-Fene. Al margen del debate sobre la idoneidad del emplazamiento, la planta de gas supone, o suponía, un reclamo para las iniciativas industriales. No establecía una independencia energética, nadie la tiene, pero sí le proporcionaba a Galicia un margen de autonomía. Así lo entendió al menos el Gobierno gallego de antes, y el de ahora, que se mantiene en el accionariado y hace que socialistas y nacionalistas ferrolanos cambien el rechazo por la aceptación.

Utilizamos el pretérito porque esos planes gasísticos reciben un varapalo. El complejo de Mugardos tendrá un mercado restringido, y habrá de plegarse a la estrategia de otra sigla que se cruza en el camino de la política industrial galaica: Enagás. Es como si a Tojeiro le obligara la Administración central a abrir los Gadis en lugares donde no perjudique a Alcampo, y sólo para vender al cliente cantidades tasadas.

Como decimos, Enagás viene a hacerle compañía a otro ente tan poderoso como difuso, que finalmente ha frustrado el plan para revitalizar los astilleros de Fene. Si Don Quijote confundía molinos con gigantes, en este caso son gigantes con apariencia de molinos, cuyos aspavientos hacen que Galicia pierda dos de las pocas bazas que le quedan para influir en lo industrial.

La Sepi, Enagás. La cultura política del país está entrenada para enfrentarse al centralismo tradicional, que era administrativo y personalizado, pero le falta rodaje para lidiar con otro de tipo económico, que opera con siglas de apariencia venerable, mediante decisiones siempre técnicas y guiadas por una supuesta asepsia.

A este nuevo adversario no se le puede censurar en un Parlamento, ya que es extraparlamentario, ni pedírsele que transfiera competencias, dado que no es un órgano político. Tampoco cabe convocar una movilización social. ¿Dónde? ¿Contra quién? Galicia limita al norte con Alcoa, al sur con Citroën, al este con Enagás y al oeste con la Sepi. No son molinos, sino gigantes.