El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

El santuario de Reganosa

26.09.2007 
A- A+

Puede estar naciendo un nuevo santuario. No nace bajo la advocación de ningún santo conocido, ni sus devotos son parecidos a los que van de romería a las ermitas milagrosas que tenemos repartidas por la geografía del país. Es un culto profano, contestatario, fomentado por druidas que están de vuelta de creencias políticas que ellos consideran marchitas por haberse adaptado a la normalidad democrática.

Como un contrapunto a Chamorro, está Reganosa. A una respetable protesta vecinal se han ido adhiriendo como parásitos grupos radicales en busca de una causa perdida, líderes otoñales con mono de popularidad, siglas que necesitan paliar su anemia con migajas de conflictos y hasta intelectuales dispuestos a ir a Mugardos como los misioneros al Africa negra.

A ese abigarrado peregrinaje se unen ahora los amigos de la bomba. Antes de que alguien se queje por mezclar protestas pacíficas, bloqueos ilegales de la ría y artefactos explosivos, hagamos hincapié en que son tres distintas maneras de practicar esta devoción anti-gasera, merecedoras desde luego de un trato también diferente.

Sin embargo, es innegable que ha habido voces que suministraron argumentos a los violentos al decir que por encima de las autorizaciones administrativas, los requisitos legales, las garantías comprobadas, existe una legalidad superior que sólo encarnan los iluminados. En todos los terrorismos grandes, pequeños o medianos que hostigan a las democracias, se encuentra siempre esta espoleta, esta descalificación del ordenamiento vigente, para poner en su lugar una justicia poco menos que divina.

Ya instalados en ese razonamiento, no valen los recursos, las alegaciones o las denuncias porque se ven como mecanismos tramposos. La planta no es segura, lo diga quien lo diga. La planta contamina, sea cual fuere el organismo que sostiene lo contrario. El accidente es inexorable, por más que se cumplan las medidas exigidas en el ordenamiento. ¿Adónde lleva esto?

En el mejor de los casos, este discurso lleva a la frustración, y en el peor, alimenta los instintos violentos de ciertos grupos. Si la legalidad es embaucadora, la única respuesta es la intimidación mediante la bomba. Qué paradoja, por cierto, que se quiera denunciar la peligrosidad de la instalación con un explosivo que causa desperfectos en las viviendas cercanas.

Hay evidentes parecidos entre el santuario de Reganosa y aquél que tantas devociones movilizó en torno a la Autopista, sólo que entre uno y otro episodio han pasado veintitantos años, suficientes para que se produzca una maduración de los fervores contestatarios. Pero la irracionalidad de entonces se reproduce ahora. La incapacidad para ver la importancia de una vía que articulaba una Galicia archipiélaga es hoy la miopía para entender que la planta de gas hace al país más fuerte.

Se dirá que en esa lejana lucha, la sensatez carecía de respaldo institucional. Galicia andaba desnuda de autonomía, y el poder central estaba encantado con paralizar la obra y llevarse la inversión a otra parte. En la actualidad, existen instituciones potentes, todas ellas están a favor del complejo y ninguna apuesta por un traslado que saben que es sinónimo de cierre.

Aun así, persiste el miedo a hablar claro, se adoptan a veces posiciones ambiguas y se tiende a contemporizar. La bomba es un aviso de a dónde puede llevar esta actitud. El santuario crece, el culto se afianza y la procesión se ameniza con pirotecnia.