El Correo Gallego

Opinión | opinion@elcorreogallego.es  |   RSS - Opinión RSS

a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Galicia no se jubila

19.02.2008 
A- A+

Muy ricos deben vernos los manifestantes de Galicia non se vende para rechazar todo lo que rechazan. Según ellos, nos sobra el plan acuícola, el minero y el eólico, hay que cerrar Reganosa, Elnosa y las centrales térmicas, parar las obras del AVE y las nuevas autovías, impedir que se hagan depuradoras, cortar el paso a nuevas plantas de tratamiento de residuos, paralizar cualquier proyecto inmobiliario...

En resumen, éste es un país que, como los viejos aristócratas de antaño, puede retirarse al campo a vivir de rentas. Que fabriquen otros, que sean otros los que monten industrias porque la nazón de Breogán se jubila. No será en el futuro un territorio dependiente, autónomo ni independiente como Kosovo, sino jubilado.

Tal vez no se hayan dado cuenta los defensores de la jubilación hippie de Galicia de que ese modelo con el que sueñan ya existió. En realidad fue el único que hubo hasta hace muy poco. Históricamente hablando, la Galicia industrial es una excepción que ocupa un capítulo muy pequeño en nuestra larga andadura por el tiempo.

El aislamiento, el desamparo de los poderes centrales y también el interés de nuestras propias clases dirigentes absentistas condenó al país a lo mismo que ahora se reivindica, algo muy parecido a la Galicia del marqués de Bradomín, feo, católico, sentimental y, sobre todo, alérgico a fábricas y carreteras que afeasen su paisaje galaico.

Ocupado quizá en su pazo de Brandeso, no estaba el marqués en la manifestación de Galicia non se vende, pero no desentonaría porque cierto progresismo de hoy se parece mucho a cierta aristocracia rural de ayer. Coinciden en un panteísmo vehemente que se olvida de explicar de qué va a vivir el hombre que no sea funcionario en esa tierra idílica, liberada de fábricas, acuiculturas, trenes y urbanizaciones noxentas.

Cuando estuvo en vigor ese modelo que se proclamó el domingo en Compostela, muchos gallegos sobraron y, como sobraban, se esparcieron por países industriales donde escurrieron sus sudores. Aquí quedó el señor de Bradomín y las viudas de vivos haciendo guardia en una Galicia de espectros, contra la que se rebeló otro tipo de progresismo, un progresismo no aristocrático, que soñó con burguesías autóctonas que invirtieran en su tierra y desarrollos industriales que hicieran de nosotros una potencia.

Con su marqués de Bradomín, Valle-Inclán no sólo retrató en sus sonatas a un aristócrata romántico, sino que se anticipó en la descripción del progresista desconcertado de hoy en día que, decepcionado con el realismo de los suyos, se refugia en resistencias conservadoras al progreso. A fin de cuentas, su no a todo es el mismo que resonó en el norte de Lugo contra aquella incipiente revolución industrial impulsada por otro marqués, el de Sargadelos.

No hay un solo en la manifestación. Fue una larga suma de negaciones que, de aplicarse, nos meterían en el túnel del tiempo para encontrarnos de nuevo en la Galicia impoluta, virginal, preciosa para el visitante, que no exportaba otra cosa que carne humana. Sin embargo, no es ese negativismo lo más criticable, sino la enorme soberbia de los que tachan de vendedores del país a los que no piensan como ellos.

He ahí otro rasgo de la rancia aristocracia que también se creía que cualquier desarrollo era una maquinación perversa. Costó apartarla del camino de la historia, pero ahora tiene continuadores que salen a la calle con el no por bandera. Su ideal es un país con jubilación anticipada.