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desde ladainas

La guerra del Chaco. Por Víctor Fagilde

17.05.2009

El pasado 27 de abril, los presidentes de Bolivia (Evo Morales) y Paraguay (Fernando Lugo) santificaban, en Buenos Aires y en presencia de la primera mandataria argentina, Cristina Fernández, el Acta Final de la Comisión Mixta Demarcadora de Límites que desde 1938 desarrolló su trabajo sobre la base del Tratado de Paz y Límites (por cierto, sin fijarlos), de 21-7-1938, y del laudo arbitral, de 10-10-1938. La Memoria, en tres tomos, contiene los detalles de la situación de 11 hitos principales y los secundarios que los acompañan, a lo largo de 700 km de frontera terrestre y de 37,5 de limite fluvial, el primero de los cuales se puso en 1940, y cuyo trabajo de campo concluyó en 2007. Formalmente terminaba así la guerra del Chaco boreal, entre Paraguay y Bolivia, que desde el 18-7-1932 al 14-6-1935, supuso el mayor de los enfrentamientos bélicos habido en América Latina durante el S. XX. La confrontación, cruel y heroica como todas las guerras, se saldó con 50.000 muertos y 20.000 prisioneros bolivianos, y con 40.000 muertos y 2.500 prisioneros paraguayos, todos ellos a caballo de las balas y la malaria.

Son muchas las peculiaridades de esta guerra, porque en ella participaron dos pueblos llenos de similitudes, que van desde el hecho de ser los dos únicos países mediterráneos de América, al de disponer de ingentes recursos naturales —Paraguay tiene el Acuífero Guaraní, la más grande de las reservas mundiales de agua dulce, y Bolivia, en el salar de Uyuni, las mayores de litio—, pasando por ser ambos el sostén energético de Brasil y Argentina —Paraguay por la hidroeléctricas de Itaipu, con Brasil, y Yaciretá, con Argentina, Bolivia por su gas—; por la resistencia de los dos países ante la agresión territorial de sus vecinos, Argentina, Brasil y Uruguay, en el caso de Paraguay, y Chile, en el de Bolivia, que supusieron en un siglo perdidas notables de territorio —160.000 km2 en el caso del primero y 120.000 en el del segundo—; y por la paradoja, dramática, de que a principios del S. XX Bolivia y Paraguay fuesen los países más desarrollados del cono sur, mientras que treinta años después se habían convertido en los más pobres.

El territorio en litigio era un triángulo delimitado por tres ríos, el Parapetí al norte, el Pilcomayo al oeste, y el Paraguay al este, y estaba casi deshabitado, salvo pequeños fortines de cada uno de los países que, históricamente, trataron de resolver las disputas, aunque los cuatro acuerdos alcanzados entre 1879 y 1913, nunca se firmaron.

En ese contexto, ¿qué desencadenó la guerra?. Quizás esté ahí la mayor de las paradojas. El conflicto es consecuencia del imperialismo, en un escenario que enfrentaba a la norteamericana Standard Oil, que operaba en Bolivia, con la anglo-holandesa Royal Dutch Shell, cuya subsidiaria, Union Oil Co. iba a operar en el Chaco boreal paraguayo. La exportación de la Standard estaba bloqueada por el control paraguayo del río Paraguay. ¿Dónde está la paradoja?, en que en el Chaco se hace una guerra por el petróleo, cuando allí no lo hay, ni se ha descubierto desde entonces. Sí hay gas, pero por ser historia reciente, no formó parte de aquel conflicto.

Bolivia golpeó primero, y llevo la iniciativa al principio; Paraguay, que siempre contó con la interesada ayuda de los fuertes intereses argentinos en el Chaco, se impuso a continuación, posiblemente porque los políticos dejaron a los militares conducir la guerra, bajo el mando único de José Félix Estigarribia, mientras que Bolivia sufría la constante intromisión, por razones de oportunidad interna, de los políticos en las decisiones militares. Los soldados bolivianos, fundamentalmente indígenas aymaras y quechuas, libraron batallas a 2.500 km de distancia de su entorno natural, frío y en la altura, mientras que los paraguayos lo hacían a 350, y habituados al caluroso escenario del conflicto.

El Acta firmada en Buenos Aires, cierra un largo y cruento capítulo de la historia de América, que me pareció importante explicar.

 
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