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fin de trayecto

Fernández Mallo entrega la última ración de Nocilla

01.11.2009 El escritor coruñés publica en Alfaguara ‘Nocilla Lab’, último tranco del proyecto

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Agustín Fernández Mallo, el éxito más experimental. FOTO: Ramón Escuredo
Agustín Fernández Mallo, el éxito más experimental.
FOTO: Ramón Escuredo
Tercer y último tranco del Proyecto Nocilla. Y con expresivas gracias a Nutrexpa en el propio libro: "Si no te dejan usar el nombre, Nocilla, te pueden fastidiar uno de los proyectos más importantes de tu vida, así que yo se lo agradezco de veras…", me dice Agustín, en esta mañana de glorioso estreno. Estoy, de nuevo, ante uno de los iconos de la última literatura. Un hombre al que aprecio, que siempre está ahí, al otro lado, dispuesto a hablar de todo esto que el misterioso Proyecto Nocilla nos ha traído, de este río de palabras, de el desfile de las frases heridas, de fragmentos amarillos de sueños .

Agustín Fernández Mallo ha crecido en popularidad, no ha parado de crecer en popularidad desde el sueño de Nocilla Dream, valga la redundancia, aquella novela que nos electrizó en Candaya, aquella ruptura, aquella sorpresa. Etcétera. Y ahora, tras la consagración con Nocilla Experience aquí llega de nuevo, con la tercera entrega, con una road movie, porque lo que importa es el viaje, ya decía Kavafis. He entrevistado varias veces a Fernández Mallo, siempre un placer, ya digo, un placer de dioses, siempre atento. Una vez le llamé y estaba en su trabajo, en el hospital, no sé si saben, bueno, el caso es que lo suyo tiene que ver con la física nuclear, de esto hace un montón de tiempo, fue con lo de Candaya, vaya explosión literaria, y allí estaba yo, alucinando con Mallo, que ya iba para un escritor fulgurante, tímido, al teléfono. Y yo sorprendido. Y luego, ya en casa, se convierte en otro hombre, aunque no del todo, porque Agustín lleva la química y la física en el corazón, o en el cerebro, y no hay libro suyo en el que no aflore la ciencia, de una manera u otra. Mallo es un poeta, sobre todo es un poeta, no cuando empezaba, también ahora, pero no entremos en eso. Mallo es un poeta y entonces él crea unas novelas postpoéticas, una cosa que puede tener su lado pop, que lo puedes llamar vanguardista, o quizás postvanguardista, que lo puedes llamar discurso surreal, a veces no, a veces es totalmente real, y puede ser borgiano o joyceano, o lo que sea. Ha dado un nuevo impulso a la narrativa, hace un arte lleno de epifanías, de frases que son animales agazapados, de frases que son seres de otro planeta, de frases de metacrilato, de frases que quedan por ahí, en los esquinas de las catedrales, en los servicios públicos, frases que tejen la vida, el viaje, frases que lo llenan todo, un tupido graffiti escrito en el aire.

Entonces le digo a Mallo, a Agustín Fernández Mallo, la verdad, Agustín, hay que ver con la Nocilla, la que has montado. Hay que ver qué redondo el proyecto, qué delicada coherencia estética en tres actos . Agustín tiene esta pose de hombre sorprendido con el mundo, pero es un tipo tranquilo, ahora lo veo en la tele unos segundos, en los anuncios post/post de El País, hace un blog que se llama El hombre que salió de la tarta y ahí se monta videoarte y lo que sea, todo trendy, pero eso sucede porque está lleno de energía literaria, lo veo muy en la pomada, lo veo en la Nocilla, haciendo una novela atrevida, tres novelas atrevidas, volviendo a reinventar el lenguaje y las atmósferas. No nos han faltado experimentos literarios, Julián Ríos o Luis Martín Santos, pongamos por caso, pero Mallo ha dado con cierta clave, con ciertos secretos de la escritura, con ciertos senderos que se bifurcan. Con la Nocilla.

Pero tiene la historia en la cabeza. Y el cine, que gira. Y muchas imágenes. El proyecto obsesivo, que aparece en la primera parte de esta novela, llega ahora a su fin. Es un magno proyecto, algo que los protagonistas de la historia quieren hacer, algo fundamental para sus vidas. Él dice que la acogida es estupenda, que está sorprendido. "La verdad es que me encuentro satisfecho, tenía cosas que decir, lo he complementado con un vídeo de sesenta minutos que está en mi blog, y bueno, se cierra un ciclo que para mí era importante. Estoy contento, sí". Le digo, porque yo también tengo mis obsesiones, que se parece a James Joyce. Está vez sí Agustín, no digas que no, esta vez si, todas estas páginas sin un solo punto… páginas y páginas, me recuerda el monólogo del capítulo 18 de Ulysses, ya sabes, el de Molly. Y así. Y Agustín asiente. Lo escucho ahí, al otro lado, produce leves sonidos, leves sonidos aprobatorios, puedo escuchar su respiración. Agustín no dice totalmente que sí ni que no. Dice a ver. Dice puede ser. Agustín está muy joyceano en la primera parte de esta novela: léanla (está en Alfaguara) y luego hablamos. También le digo que se ha alejado de su mundo frío, de los quantas, de la atmósfera amarilla de los que buscan el amparo imposible del mundo. Que se ha alejado de esos paisajes descarnados y que se ha vuelto un sentimental. Habla de si mismo. De aquel día en Tailandia. Si tuviera tiempo les explicaría ahora lo de aquel día en Tailandia, el accidente, el reposo, pero no quiero dar más detalles. Agustín lo cuenta mejor que yo porque le pasó a él, no a mí. De hecho, yo ni siquiera estuve en Tailandia, que yo sepa. Allí nació todo. La idea de este proyecto que ha producido tres historias de gran fuerza estética. No es la primera vez que se escribe una novela después de un reposo, después de días en un hospital o en un balneario. No será la última. Pero Fernández Mallo tenía un proyecto en la cabeza, algo innovador de verdad, y a lo mejor fue necesario tener el accidente en Tailandia para que las cosas se pusieran en marcha. Nunca se sabe quién o qué pone las cosas en marcha. Ni quién o qué las detiene. Es un misterio insondable, verdaderamente.

"El protagonista de la novela tiene mi nombre y mis apellidos, pero no siempre soy yo. Cuando habla de mí soy yo. Pero en otras muchas ocasiones no. La verdad es que yo siempre he sido sentimental, a pesar de lo que parece, en mis novelas hay sentimentalismo, pero a lo mejor está disimulado. Lo que siempre hay es amor. El amor es para mí el gran tema".

Le digo más cosas. Le digo que es un gran disimulador literario, un disimulador científico técnico, etcétera. Su pasión por esas densas atmósferas donde los objetos importan es notable. Y por toda esa gente, yendo de aquí para allá. Lo que me sorprendió es que en Nocilla Lab, que así es como se titula esta novela, creo que ya deberíamos haberlo dicho, sale el bar Bergantiños. Pero yo no esperaría encontrar el bar Bergantiños en una novela de Fernández Mallo, la verdad. Le digo: "Es como una desconstrucción del bar Bergantiños. Después de pasar por ese bar con tu literatura, el bar, que a buen seguro no sería el colmo de la modernidad, queda convertido en un icono de última generación. Y además ahí, Agustín, en ese párrafo, se produce la sublimación de la cocacola, que pasa a ser algo así como el líquido universal. "Sí, porque la cocacola es un líquido que no se parece a nada, salvo a sí mismo", dice Agustín, que, con todas estas cosas, con lo del bar Bergantiños, ríe de vez en cuando.

También se habla de la ley de la mnémesis. Es decir. si miramos de cerca, o con detenimiento, casi todo es igual: el lugar de Cerdeña donde el autor se encuentra cuando narra se parece a las islas de las Azores, y cosas así. Hay detalles que no, pero en general, cuando vemos algo, en realidad estamos viendo lo que ya hemos visto, tenemos en cuenta lo conocido a la hora de construir la nueva realidad. Creo que es esto: más o menos. Y la cocacola ha triunfado porque no entra en esa regla, en ese principio de mnémesis. "la cocacola no se parece a nada salvo a sí misma", insiste Fernández Mallo. "Si te alejas demasiado de las cosas, como cuando vas en un avión, la tierra parece muy cuadriculada y muy simple, exactamente igual que cuando miras por un microscopio". Tal vez, Agustín, le digo, lo que sucede es que estamos a la distancia adecuada, y gracias a eso sufrimos menos. Si no estuviéramos a la distancia adecuada para mirar, estaríamos tristes. "Es lo que le pasa a mi protagonista, que se llama como yo, cuando encuentra a su doble exacto: siempre encontramos cosas parecidas a otra en cualquier parte". Pero Mallo asegura que "es necesario encontrar cosas similares, porque si no, no se entendería el mundo. Reconocemos una hoja de pino de Alaska porque hemos visto otra hoja de pino en Galicia. Y esas asociaciones nos dan cierta tranquilidad, nos relajan". "También dices eso de que ‘El Mediterraneo es un mar que está muy sobrevalorado’, le digo. Y Agustín se ríe. Pero asegura que es verdad.

‘Nocilla Lab’, dividida en tres partes, supone un cierto cambio de registro literario con respecto a las novelas anteriores. Sin embargo, la segunda parte, más fragmentaria, recupera parte de la estética más reconocible de Mallo. "Te despojas a veces un poco de lo más vanguardista, creo que esta última novela tiene elementos más clásicos… quizás no debería decirlo….", me atrevo. "No, no, si puedes decirlo, es verdad… es la más literaria, bueno, lo que conocemos por literario", admite Mallo, "pero lo vi necesario, tenía una intuición que me decía que tenía que hacer eso. Yo la veo muy experimental, pero se distancia de otras por la estructura…". Ayala-Dip, el crítico, dice que Mallo se parece a Tomas Bernhard. Y están las epifanías, algo tan joyceano, que Mallo hace sin parar. "F. M. intuyó el peligro de la reiteración", dice también Ayala-Dip, tratando de demostrar que hay un viraje en la prosa de Mallo. "La verdad es que no la corregí casi, la escribí muy compulsivamente, en unos díez días…", cuenta Agustín Fernández Mallo. Ahora, yo no veo el viraje que decís, yo no creo que sea verdad... la novela sale así porque las novelas salen del estado de ánimo, no se puede decir que yo quisiera cambiar el estilo a propósito…, eso no es posible. No. Sale, y punto. Nada intencionado."

Hay una línea roja que va recorriendo la novela, que va del bar Bergantiños a Blade Runner… "Y sale mucho Enrique Vila Matas, no sé que te habrá dicho él", ("bien, a Enrique le ha parecido bien…"), me dice. "Tú calificas esta novela de road movie: es volver al viaje, al movimiento, pero casi todo es una road movie, porque el Quijote es muy vanguardista… y es una road movie, también. Y tú eres muy cervantino en esta novela…", teorizo. "Claro, en esta novela está el viaje, la aventura, el amor, el humor, el absurdo… y ellos, los protagonistas, quieren hacer un magno proyecto, que es algo absurdo, quijotesco…. Yo siempre digo que la literatura se hace a base de errores y el Quijote tiene muchos errores, y eso la hace universal y muy humana", explica Agustín.

"Ernesto Ayala-Dip dice que te diriges al lector del futuro, independientemente de que esa literatura exista en el futuro. Qué hacer ahora. Qué hacer. ¿No está agotado todo? ¿Cómo poder salir de este laberinto…?, le pregunto. "Yo no lo veo tan dramático…", replica envuelto en una tranquilidad absoluta. "La creación es algo muy orgánico, así que lo surja... Yo estoy trabajando en cosas de poesía, con imágenes, y si no sale nada, pues nada, creo que ya he hecho bastante con estas tres obras… ¿no? Pero la literatura no se planea, nada debe planearse… así es como funciona esto… y yo tranquilo, de verdad. Si no sale nada más, pues nada…".

 
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