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La ecuación afinada

01.08.2010 Román Conde ensayó una desordinaria arquitectura en Galicia a través de la ejecución de dos templos cristianos

TEXTO Y FOTOS: PABLO COSTA FRAIZ

El rural también puede ser soporte de lo experimental. Aquí la capilla de San Paio de Navia
El rural también puede ser soporte de lo experimental. Aquí la capilla de San Paio de Navia
Disfrutar de la plasticidad "cincuentera" de las obras de Candela y Saarinen entre otros, como más tarde de las membranas estructurales del alemán Frei Otto, ha sido hasta el día de hoy una delicia imperecedera de lo ingrávido, como placer ajeno a los límites absolutistas de otras arquitecturas que priman trabajar con estándares constructivos.

Sin saberlo, estas creaciones rupturistas de vanguardia fueron la antesala formal de parte de nuevos métodos de proyección contemporáneos. Me refiero a las denominadas hoy comúnmente arquitecturas paramétricas o algorítmicas, en donde el software sustituye al lápiz, y el sistema diédrico de representación se rinde a un pensamiento único tridimensional basado en la programación orientada a objetos.

Siempre ha existido una arquitectura de amplia base algebraica y trigonométrica; se ha utilizado la técnica del momento para construir geometrías complejas lógicas, desde el hipódromo de Madrid de Torroja, hasta la definición aeronáutica del Guggenheim de Bilbao, de la misma manera que actualmente numerosas oficinas de arquitectura trabajan con complejas aplicaciones informáticas que democratizan de alguna forma la dificultad de enfrentarse a tales manipulaciones.

Pero no por ello debemos de pensar que son arquitecturas mal llamadas "formalistas". Y es que como ejemplo nuestro, debemos reconocer en la iglesia de los Picos de Vigo, no el carácter papirofléxico de su volumen, no, sino la ecuación o planteamiento formular que hace que su resultado se defina de una determinada manera. Porque la arquitectura se enriquece en cuanto existe una fuerte base conceptual, independiente de su consecuencia.

En el este de Vigo, la iglesia de los Picos
En el este de Vigo, la iglesia de los Picos
En estas arquitecturas, una vez más lo importante no es el resultado, sino el propio ejercicio, o lo que es lo mismo, la ecuación que lo define. Tal metodología ha sido corroborada en otras disciplinas y escuelas, como antaño lo hizo parte del personal de la ejemplar Bauhaus.

Porque tirando del hilo, hayamos que uno de los primeros que habló de ecuaciones aplicadas a métodos compositivos fue Paul Kandinsky. La línea se forma según éste, por la acción de fuerzas sobre el punto, distinguiéndose así dos tipos de líneas resultantes: las que la acción de la fuerza lo lleva a lo recto, y las que, por la acción de dos fuerzas, pueden formarse quebradas o curvas.

Antón Román Conde construye a finales de los años sesenta un par de iglesias pensadas de manera similar, y como consecuencia de la búsqueda de una solución óptima a un mismo sistema estructural. Cada templo se define por senda lámina de hormigón, siendo en este caso estructura y cerramiento al mismo tiempo, generada a partir de pliegues meticulosamente estudiados para albergar un interior con la energía necesaria para sentir la espiritualidad que un edificio que estas características requiere. Nada que ver tienen sin embargo, con la capilla de Sol Madrileños y Sancho Osinaga en Castilla la Mancha, en donde se pone de manifiesto de manera radical la particular "Teoría del Pliegue" estipulada por estos arquitectos.

La fórmula, el paraboloide hiperbólico, de igualdad geométrica y2/b2– x2/a2= z/c, resume la idea global de esta pareja de edificaciones en Vigo. Es insuficiente paliativo para dejar de ser una arquitectura corriente, pero magnífica raíz lógica para desarrollar una familia de diseños con una genética trigonométrica común.

En 1968 se erige la primera de las dos iglesias, la I.P. de la Inmaculada Concepción, de casi 1000 m2 se superficie, a la cual le sigue un año más tarde la Iglesia de San Pelayo de Navia, de menor dimensión y presupuesto, pero que releva un conocimiento más exhaustivo y simplificado de lo que anteriormente se había hecho. Todo esto dentro de un contexto histórico coincidente con momentos de ilusión y de anhelos de evasión internacional organicista, reflejados en otras tesis aparecidas en la urbe viguesa.

Las dos concepciones de Antón Román pasan directamente de la forma a la construcción, descentralizando la importancia del lugar, sin que por ello desconociese la diferencia de sus entornos urbanos. Si bien el templo de la Concepción o de Los Picos está introducido en la trama alta de la ciudad, la iglesia de Navia se encuentra en un pequeño núcleo rural que poco a poco ha sido absorbido por la metrópoli, actualmente a poca distancia de la avenida monumental de nueva construcción que cose esta aldea con el barrio de Coia.

Llamada popularmente de Los Picos por su consecución en sección de uves invertidas, se distingue de la segunda entre otras cosas por el tratamiento de la luz. Si bien en Navia la entrada lumínica es tamizada en la parte superior, aquí se deja pasar de manera directa y natural, aunque en ambos interiores se reconoce una iluminación que resbala superficialmente. Es fluida y suave, dotando de un fuerte carácter e intensidad a un espacio imponente, capaz de jerarquizar la relación con el creyente y acentuado por el encofrado rugoso de tablas.

La intención de perturbar la superpie alabeada de hormigón, recae en la necesidad de conseguir la apertura de ventanales necesarios, así como alcanzar la distancia de apoyos máxima capaz de sostener la gran luz de la nave, librándola así de pilares, y de la falta de correspondencia visual entre el sacerdote y sus feligreses. Será en la iglesia de San Pelayo, donde este envoltorio claro de aspecto textil se disminuya al mínimo grosor, llegando a una dimensión de tan solo cuatro centímetros, que añade al templo un semblante de lo más sutil y que consigue escapar a cualquier percepción matemática o logarítmica.

 
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