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Woody Allen el psicoanálisis de una generación

05.12.2010 Con Woody Allen, toda una generación se ha tumbado en el diván del psicoanalista. El sexo, la muerte, Dios y Maniatan forman la neurosis de este intelectual judío, inmaduro e incondicionalmente urbano

S. OTERO

Woody Allen es un personaje pintoresco. Encontrándose lejos de la calidad de otros cómicos clásicos, hay que reconocer que ha logrado las simpatías mayoritarias del público. Es cierto que Allen comunica con una generación que ha nacido con la esperanza y ha terminado en el escepticismo. Allen ofrece una imagen de perdedor nato, muy similar, salvando las distancias, a lo que ocurría con Búster Keaton y Charles Chaplin. Y es la sensación de soledad, impotencia y derrota lo que sitúa las películas de Allen como un homenaje a su época. La crisis de los sentimientos, la parodia de los valores en decadencia, de los intelectuales en continua ruptura consigo mismos y con los demás, la metáfora de la cultura contemporánea y la inmadurez emocional y afectiva son los temas centrales de algunas de sus mejores películas, especialmente , pero no sólo, Annie Hall (1977) y Manhattan (1979). Esta última es un hermoso y paradisíaco homenaje a la ciudad, a través de amores basados en el temor y la incertidumbre. Con una fotografía preciosista de Gordon Willis en blanco y negro, Manhattan nos invita a vivir porque nos hace soñar.

Aleen Stewart Konisberg, que es el verdadero nombre de Woody Allen, nació en Nueva York el 1 de diciembre de 1935. Fue un mal estudiante en la New York University y el City Collage. En un principio trabajó ofreciendo ideas a una empresa de publicidad y escribió sketches en TV, con un típico humor judío (hay que recordar el episodio del rabino en la posterior Todo lo que usted quería saber sobre el sexo). Su gesto más significativo consistió en no acudir a recoger el óscar por Annie Hall. Pero ese día Allen estaba muy ocupado… tocando el clarinete.
Woody Allen ha tenido la suerte de que sus obsesiones se han traducido en constantes estilísticas. El sexo, la política, la muerte, la existencia de Dios, el fracaso de la pareja han llenado su filmografía, por no hablar del psicoanálisis, que Allen frecuenta desde hace más de cuarenta años.

Efectivamente, pocos fenómenos cinematográficos han tenido tanto impacto en los últimos años como Woody Allen. Ensalzando sin límites con Annie Hall y Manhattan (aunque entre ellas hiciera la extrañísima Interiores, 1978, un claro homenaje a su idolatrado Bergman), pasó luego al olvido con Stardust Memories (1980), para recuperar valor con La rosa púrpura del Cairo (1985).

Beneficiado por la ausencia de competencia, Allen especuló al principio con una obra irregular, repetitiva e inconstante. Toma el dinero y corre (1969), Bananas (1971), Todo lo que usted quería saber sobre el sexo’, ‘El dormilón (1973), La última nochede Boris Grushenko (1975) parecían más ejercicios de aprendizaje que películas acabadas.

En esa época, Woody Allen mostró que era mejor actor que director, mejor guionista que actor y mejor creador de gags que guionista. Cuando Allen no dirigía (Sueños de un seductor,The front), la contención era una norma y no una excepción; el ritmo monocorde y plausible permitía un acercamiento más relajado que en las películas posteriores.

Para la inmensa mayoría de la gente, Woody Allen es el personaje desgarbado y soñador que idealiza el valor de Bogart para abandonar a Ingrid Bergman al final de Casablanca. Sueños de un seductor (1972) arranca con ese plano final para mostrarnos un hombrecillo que añora el éxito en la vida y sólo conoce el fracaso, filtrado y paliado a base de mitos y ensoñaciones imposibles. En una época de antihéroes y pérdida de valores eternos, la imagen de Allen conectaba plenamente con unos espectadores que admiraban más la ternura que el valor, su miedo, su torpeza, su escaso éxito con las mujeres y su timidez son los rasgos más atractivos de su personalidad.

Entre 1969 y 1973, Allen se debatía entre el sexo y la amargura, aunque la ubicación de los temas tuviesen que ver con la marginación social (Toma el dinero y corre), los golpes de estado en Latinoamérica (Bananas), los misterios del orgasmo (Todo lo que usted quería…) o el futuro (El dormilón).

Woody Allen estaba divorciado cuando conoció a Diane Keaton en el rodaje de Sueños de un seductor. A partir de ahí nació una relación (autobiografíaza en Annie Hall) que concluye en Manhattan, profesional y sentimentalmente. Un día habría que estudiar con más detenimiento la influencia que tiene en Allen la pareja. Lo cierto es que se unió luego con Mia Farrow, protagonista de todas sus siguientes películas.

Tras La comedia sexual de una noche de verano (1982), que recordaba todos los tópicos y peores momentos de su autor, realiza Zelig (1983), una película extrañísima sobre un camaleón que se transforma en las personas que le rodean, con un presupuesto descomunal (diez millones de dólares y dos años de trabajo), una ambientación nacida con procedimientos chocantes (pisotenado y bañando el original) y cuyo mejor elogio es una definición que Allen brinda en el film : "Es una pesadilla inútil". La búsqueda de un nuevo estilo, tras el aparente callejón sin salida en que se sitúa su filmografía, redunda en una nueva recreación biográfica, Broadway Danny Rose (1984), que pasa sin pena ni gloria y que reincide en muchos de los defectos apuntados anteriormente.

Sin embargo, la sorpresa reaparece algún tiempo después. La rosa púrpura del Cairo es más difícil todavía, casi la experiencia máxima de su autor (si exceptuamos la atípica Zelig), un filme donde la realidad y la ficción se yuxtaponen. La historia es tan hermosa que cala en lo más profundo, con todo y que se obvien los límites de la credibilidad. La rosa púrpura sintetiza ya la ternura, el desenfado, la ausencia de vergüenza ajena, el cariño y la pasión por el medio. No es sólo el cine en el cine, es también una lección de amor por una forma de vivir, de actuar y de ser. El protagonista que abandona la pantalla en busca de sentir el contacto con los demás evoca los mejores instantes que los sueños nos han hecho pasar: el vértigo de lo inalcanzable.

 
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