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David del Águila, realizador y guionista cinematográfico

La luz del sur y la vida de José Ángel Valente en Almería

Son muchos los estudios críticos que se han publicado en torno a la obra fundamental del poeta ourensano José Ángel Valente. Pero quizás este documental, producido este año, sea el que mejor resume en imágenes la profunda relación que existió entre el paisaje de Almería y el escritor.

JOSÉ MIGUEL A. GIRÁLDEZ  | 09.12.2007 
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29 Letras / El Correo
Una fotografía casi juvenil de José Ángel Valente, con María Zambrano observando al fondo
FOTO: 29 Letras / El Correo

Valente es uno de los grandes. Y su fulgor llega a todas partes. Pero no todos los valentes son igualmente conocidos. Sus años de Oxford, o de Ginebra, tal vez han trascendido más que su lado andaluz. Y sus vínculos con Galicia, claro, inevitables. Valente, mineral, pegado a la tierra, al útero vegetal (como Heaney en Mossbawn), o a la piel de lagarto del desierto. Valente, conocido y desconocido al mismo tiempo, sigue aún bajo el fulgor del desierto, bajo la mirada azul del cabo de Gata. Ese otro Valente del sur. Ese que ahora David del Águila acaba de rescatar en un magnífico documental, El lugar del poeta, desde la productora 29 Letras. Un Valente en primera persona, y en la de sus amigos, y en la de los que le conocieron en este viaje al sur. Una vida rozando el cielo magrebí. Una vida próxima a Juan Goytisolo, gran amigo, que como se escucha en el documental le sugirió un día que buscase acomodo en la Alpujarra, porque sabía que el poeta andaba buscando la luz. Al final, encontró la luz atrapada en la piel tersa del desierto, bajo el azul desmesurado y necesario de Almería. Encontró el paisaje que se identificaba con su poesía última.

David del Águila ha obtenido ya varios premios por esta pieza cinematográfica, que, por cierto, acaba de mostrarse en el Festival de Ourense. "Hemos tenido algunas ayudas, dice, como la de la Junta de Andalucía, y las de aquí de Almería, la Diputación, el Ayuntamiento, también el de Níjar, y Canal Sur. Pero el documental ha sido trabajoso, porque repasa toda la vida de Valente, sobre todo su vida en Almería, y las opiniones de todos los que estuvieron cerca de él en esta ciudad y en otras. Creo que el resultado será muy válido para todos aquellos que quieran profundizar en la obra de este extraordinario poeta".

El documental, en efecto, es denso, pero es maravillosamente lírico. Aparece el propio Valente, con sus propias palabras, con su mirada ya habitada por el sur, sin dejar el suelo del norte. Y aparecen personajes fundamentales para entenderlo, y para amarlo. Como Claudio Rodríguez Fer, cuyas frases salpican el metraje. El documental está dedicado al lugar del poeta, porque Almería fue al fin ese enclave mágico y tranquilo. Y porque una de sus grandes obras, Al dios de lugar, está preñada de esa visión pétrea y mineral de la existencia.

Fue Goytisolo, en efecto, uno de los grandes amantes del Magreb, quien aconsejó a Valente el sur, para buscar la luz. Así lo dice en el documental de David del Águila. Almería fue el lugar elegido, a pesar de la lejanía con respecto a sus orígenes, una vez que renunció a instalarse en Málaga, "donde había al menos veinte poetas por metro cuadrado". Claudio Rodríguez Fer reivindica en sus intervenciones, recogidas en la película, la búsqueda de la luz y de la casa. La búsqueda hospitalaria de Valente, que halló en un hogar con sótano y con terraza, más allá de la cual, cayendo hacia poniente, se erguía como un gigante macizo y formidable la sombra dorada de la Alcazaba. "A veces no sé quien eligió a quién / si yo a ella, o la casa a mí", dice Valente. La casa como raíz, como simiente, la casa como útero en contacto con la madre tierra, con el suelo: y en el sótano, entre estratos de culturas precedentes, entre los sueños de los restos, la biblioteca. El documental invita a ascender desde la profundidad oscura y nutricia donde el poeta trabajaba hasta la altura, dominando el corazón de la ciudad vieja. Azotea del sur y de la sal, mirada "a la miseria del cerro de San Cristóbal", y todo ese festival de casas cúbicas, de raras geometrías, agavilladas a la sombra del monte, bajo el ojo gigante de la Alcazaba y el "rápido vuelo cruzado de los vencejos". Y allá, al otro lado del azul, el aire ardiente del Magreb. Esa es la atmósfera de la película. Ese es el perfume.

"Pero lo que le gustaba a Valente era vivir al lado de un convento", escuchamos. Cuenta Rodríguez Fer que Valente no es propiamente un poeta místico, pero sí es alguien que emplea los caminos y las técnicas de la mística para ascender, para subir a por aire. Goytisolo habla de esa misma búsqueda mística, "aunque yo he sido agnóstico toda mi vida. No sé si se podría decir lo mismo de Valente...". La abadesa y la secretaria acudían a casa de Valente de vez en cuando, y él las recogía con alegría hospitalaria, la suya y la de Coral, su mujer, "y nos invitaba a un vinillo, que eso, hermana, es también santo... nos decía, y a unos dátiles, y a unas tapillas", dice una de las monjas de entonces. "Le encantaba vivir en un sitio en el que la Edad Media había tenido una gran pujanza" y, sobre todo, dice Goytisolo, "le atrajo un lugar como éste, en el que se había desarrollado tanto la mística sufí". Mientras, los versos de Valente pasan: "Cómo ascender si antes no hemos descendido...". O: "Apurar mi luminosa copa de sombra". Sombra y ceniza, como Quevedo. Pero también como Gamoneda, que lo ha glosado a veces. Y como el leonés, ceniza y piedra, y desierto y luces minerales, y la muerte. Y la luz.

Porque el desierto de Almería fue un gran descubrimiento para Valente. "Para él, lo fundamental era la traducción literaria de la tradición mística. Eso es lo que realmente le importaba". Y en el desierto va a encontrar el paisaje en el que se dibuja su poesía última. Es el lugar adecuado para la purificación del espíritu, para escuchar las voces y los ecos. Es el lugar en el que el silencio vale mucho, y más la piedra dura: "el corazón tiene la sequedad de la piedra...", dice Valente. Es el fulgor del aire, el eco de África, la llamada del Magreb, la gran bendición del azul y del sol. La suya es una poesía de recarga sacra, escucho. No necesariamente religiosa, sino sacra. La búsqueda de los mitos y los dioses, las fuerzas terrenales, la energía telúrica. Y así, los elementos minerales, los restos del día, se proclaman como materia sagrada: "aunque sea ceniza lo proclamo".

Sin duda, Almería es un escenario perfecto. "Es el espacio creativo que él buscaba, el espacio cero", dice Claudio Rodríguez Fer. Toda la belleza mística y misteriosa de las adaptaciones animales al desierto, a la roca, al polvo. Las piruetas naturales, y los milagros de la superviviencia: todo eso fascinaba a Valente, que "quizás estaba ya un poco cansado de tantas humedades de centroeuropa". La desnudez del paisaje de Almería se identifica con las cuadernas óseas de la poesía de Valente, que se hace a la mar como un animal prehistórico. El desierto será decisivo en él, y los pueblos olvidados, y la ceniza. Y Al Dios del lugar, una de sus grandes obras, será el fruto de su traslado a Almería. "El sur, como una larga, lenta demolición", escribe Valente en su descenso hacia el sol, "se desmorona el aire desde el aire". Versos que construyen la arquitectura del magnífico documental de David del Águila, y que explican el hallazgo final del poeta de Ourense.

Un documento preñado de voces y paisaje
David del Águila (1973), un realizador y guionista de larga trayectoria, perteneciente a la productora almeriense 29 Letras, se muestra encantado con el resultado del documental. Y, sobre todo, de haber tenido la oportunidad de contar con José Sacristán para la lectura de los poemas.

Todas las voces que deberían estar, están. Incluyendo el propio Valente, que aparece cargado de nostalgia en las fotografías, pero muy vivo y muy sonriente en algunas imágenes. Para algunos poemas, en cambio, se utilizó la propia voz del poeta, gracias a las grabaciones del Archivo sonoro del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Pero el documental es también un viaje al paisaje. Fue Almería la que construyó buena parte de la poética de Valente. Así, el desierto de Tabernas, el cabo de Gata-Níjar y las ciudades viejas de Almería y Ourense están muy presentes en el trabajo de David del Águila. Y están, claro, los amigos. La película está llena de voces, de declaraciones, de comentarios de los que conocieron a Valente de cerca, de los que compartieron su casa y su amistad.

Andrés Sánchez Robayna, albacea del poeta y poeta él mismo, fue uno de sus grandes amigos. Junto a él, el documental cuenta con los análisis de uno de los grandes conocedores de su obra, Claudio Rodríguez Fer, de la Universidade de Santiago de Compostela. Y Fernando García Lara, y Juan Goytisolo, ambos muy amigos de José Ángel Valente. Goytisolo compartió con él varias inquietudes sociales, como el desarrollo del barrio almeriense de La Chanca. Y, por último, el documental de Del Águila cuenta con el lado familiar de Eduardo López, pariente del poeta y ourensano, que añade a esta visión sureña y almeriense de El lugar del poeta el imprescindible recuerdo de la comunión de Valente con su ciudad natal, Ourense. Se trata, sin duda, de un viaje hacia el Valente menos conocido desde Galicia, lo que convierte a este documental en un trabajo imprescindible, necesario para entender los años almerienses del poeta. Y, además, está brillantemente realizado.