Viernes 06.03.2009
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Bruselas, sede de la OTAN, salita de los desplantes, un minuto después de haber entrado salen los dos mandatarios españoles: extraviado el más viejo en su estoica sonrisa, visiblemente nervioso el más joven, a juzgar por lo azaroso de sus gestos y su hablar atropellado. Arrebatados ambos por la emoción del fugaz encuentro. Al fondo se desdibuja la atlética silueta de un hombre de color. Pasillo adelante se oye al más joven interpelar vehemente al más viejo:
-¡Moratinos, Moratinos!, ¿sabías que mi amigo Obama es negro?
El más viejo lo mira confuso, no obstante, la ingenuidad de la pregunta le hace recelar, teme que esconda alguna maldad que le predisponga a perder su favor, no en vano media entre ellos, siempre arbitraria, la jerarquía; en ese temor responde calculador.
-¡Pues claro que sí, José Luis, claro que lo sé!
-Pos yo no. -Contesta el otro colgado de su sonrisa de oreja a oreja.
Se maldice el viejo para sus adentros, sabiéndose derrotado. Quiso mostrarse más que perplejo, como era lo lógico, natural, como le dictaba la oportunidad, y lo fue hasta que advirtió que su jefe ni en eso había reparado.
La diplomacia española se rompe el alma buscando para el presidente un minuto con Obama, demostrando que no repugna el imperio sino el emperador, de ahí mi desconsuelo.
De ahí también el plagiar ese magnífico espacio publicitario de una marca de vehículos, y que en este caso cerraría, remedando el broche de denominación de origen con que lo hacen los que promueve este Gobierno: la Moncloa, Clase C, Parvulario de España.

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